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Cirugía estética y mental

Da vértigo. Y un poco de vergüenza. Bueno, bastante más de vergüenza. Han pasado más de doce años desde que abrí esta oficina. Qué creído era. Qué inocente, qué ignorante, qué pretencioso. Quién sabe, igual de aquí doce años mire 2016 y vuelva a pensar lo mismo de mi mismo. De ese yo del pasado. Lo confieso, muy de vez en cuando, releo alguno de mis artículos antiguos y me quedo abochornado. Suenan cursis, edulcorados. Y sin estilo. Menuda imagen daba de mi mismo. O doy. Porque igual todo sigue igual.

La cuestión es que he cambiado un poco el diseño de todo esto.

Que no digan que no nos ponemos al día.

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Palabrerías

Ando un par de días barruntando qué salida darle a unos poemas que me he topado de mis alumnos. Son piezas precoces, rápidas y aun con rasgos infantiles, pero también intuitivas, frescas y naturales. Están llenas de contrastes. Son como un espejo de su vida actual. Plasman su belleza temprana.

En muchos casos (y es lo que me ha motivado a querer editarlos de alguna forma), he percibido una clara necesidad de expresarse, de sacar de dentro hacia afuera. Y eso me fascina. Es una buena noticia que, en un mundo tan acelerado, con una tecnología u otra, en el ser humano aun perviva la necesidad innata de exteriorizar sus sentimientos.

Para mi, al menos, es una cuestión vital. Desde que tengo uso de razón (no hará de eso más que unos diez años), he buscado todas las fórmulas posibles para expulsar lo que circula por mi interior. De una manera torpe y vergonzosa (posiblemente sin necesidad de tener que publicarlo), he ido vomitando entre redes sociales, fotografías, acordes, palabras sueltas y muchos artículos. Esta página es un buen ejemplo.

No sé. Es complicado de explicar el por qué de todo esta palabrería.

Pero le ahorro una pasta a mi Santa en psicólogos y psicoanalistas.

 

Lo importante de verdad

Hoy es lunes. Un lunes después de semanas frenéticas. Si esto fuera un diario les debería muchas historias. Quizás, contarles lo orgulloso que estoy de mi colegio, de cómo está defendiendo sus derechos. Los propios y los de las familias. O mi sinceraría sobre lo emocionante que ha sido ver salir el sol hasta siete veces. Que ha sido sacrificado pero que ha merecido mucho la pena. Les explicaría también lo feliz que me hacen mi Santa, mi familia y mis amigos. Que la vida sin acciones y sin los tuyos, es casi no vivir.

Que lo importante de verdad son las experiencias que acumulas por el camino.

Pero, les tengo que hacer una confesión: hoy, lunes, si algo me apetece, es meterme en la cama a leer un buen libro y desconectar.

Las cosas como son.

Me acostumbré

Me da miedo subir a un avión. No es un pavor paralizante ni excluyente, pero, durante el vuelo, ay, me sudan las manos, me estalla la cabeza y, hey, no hay manera de concentrarme en otra cosa que no sea hacer fuerza mental para que el aparato me transporte de un lugar a otro sano y salvo.

Aplaudo a rabiar con la musiquita de Ryanair. Sacaría en hombros al piloto.

Pero, se lo prometo. En ningún momento temí la amenaza yihadista ni en el aeropuerto ni al llegar a París. Ya les digo, yo tenía bastante con lo mío y los aviones. Pero, con el paso de las horas, los múltiples controles y la constante compañía por las calles de militares vestidos y preparados para disparar, uno, sin querer, más que temor, se contagiaba del constante estado de alerta.

Supongo que no debe ser fácil para una ciudad pasar página a un ataque terrorista. Volver a la normalidad. Olvidar que hay peligros que son reales. Que levante la mano quien en Valencia, en los últimos diez años, ha olvidado que un metro puede descarrilar. Los traumas psicológicos pueden afectar el ánimo de ciudades enteras.

Además, en mi cabeza aun resonaba el fantástico artículo de Juanma López Iturriaga sobre su experiencia en el Aeropuerto de Bruselas el día de los atentados. Ese “run, run”. El “evacuation, evacuation”. Su metáfora sobre los refugiados, sobre lo que debe ser huir y que alguien te cierre la puerta de salida, tu vía de escape.

Así que no iba a permitir que esa victoria se la llevaran los terroristas.

Me auto-obligué a no caer en el error del miedo al atentado. Y también en la paranoia de buscar sospechosos, que cualquier color de piel diferente a la mía fuera peligroso.

Y, claro, pasé de la sorpresa a la normalidad del señor con metralleta que pasea junto a mi. Me acostumbré a ellos durante los cinco días que pasamos en París en casa de una amiga (como verdaderos parisinos, bajando a comprar el pan y a tirar la basura). Acabó siendo cotidiano lo de abrirte la chaqueta, abrir la mochila, pasar el escáner, el pi-pi y siga usted viviendo.

Me acostumbré.

Y no creo que eso sea bueno.

 

60 kilómetros

Era relativamente pronto. Las calles estaban poco transitadas. Yo conducía ensimismado tras la liturgia de la prensa dominical pero, a lo lejos, vislumbré dos niños y un objeto que, como una señal luminosa, llamó poderosamente mi atención: un micrófono.

Consultaban unos folios. Un trabajo de clase, supuse. Inmediatamente, como un flash, fui transportado a mi propia realidad. Ni más lejos que esa semana habíamos realizado un proyecto en clase basado en una grabación televisiva.

Sonreí con la coincidencia. Y pensé que ellos podrían perfectamente ser los míos. Y, yo, encontrármelos así un domingo cualquiera.

Entonces, me di cuenta de la distancia física y sentimental que suponen 60 kilómetros. Y las desventajas que nunca me los pueda topar, inesperadamente, en plena cotidianidad, y las dificultades que tendré que vencer para verlos crecer más allá de las aulas.

Pero, por un momento, fui débil. Involuntariamente, como en un ataque de pragmatismo racional, intente reconocerme las ventajas (por ejemplo, la desconexión) de esa distancia, de esos 60 kilómetros.

Pero fue en vano.

No tenía dudas qué pesaba más en la balanza.