Categoría: Fotografías

La narrativa

Somos muy tontos. Siempre que viajamos nos montamos una historia, una narrativa. Subiendo y bajando curvas hasta Cadaqués sonaba La Costa Brava y El regreso de Abba. Nos preparábamos para ser bohemios. Slow life. Yo siempre me meto mucho en el personaje. Adopto el acento local. Método Stanislavski. Molt macu, nois. Vaya, contado así, doy un poco de vergüenza ajena.
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Que Juegos Olímpicos ni que Eurocopa. Si la competición estival es quién lo pasa mejor. Quién visita más lugares, más playas, más cervezas. El campeonato de la felicidad. Que menudo verano te estás pegando. En redes sociales todos creamos también nuestra propia narrativa. Una imagen. Todos la cultivamos. Todos caemos. O mostramos o miramos. Son la nueva Hola, Pronto, la Diez Minutos.
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Creyendo que nos poseería el espíritu de Dalí no vimos venir al de nuestros padres. La narrativa de los 80. Cadaqués tiene ese punto kitsch. Estos días no he dejado de pensar en nuestros viajes. El coche lleno de maletas. La cama supletoria. El menú del día. Nos ha faltado revelar un carrete desenfocado. Qué ironía. Tantos años huyendo de ellos para acabar encontrándotelos en el espejo.
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Vas de moderno hasta que se te queda cara de padre.

Las rutinas

Que cómo nos va. Es la pregunta rutinaria. Pues bien, la verdad, respondemos. El primer mes jodido, apunto yo siempre. Mi Santa, según confianza, apostilla que te hablan mucho del parto y poco del después. Entonces me viene a la mente aquello de si es que follar es muy bonito pero luego. No lo suelto. Ya han pasado a la siguiente cuestión del interrogatorio. Que a quién se le parece.
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A mediodía, paseamos. Otra de las rutinas. Me siento un poco desubicado. Como si no debiera estar por ahí. Culpable. Me pongo ropa de ir a trabajar. Así disimulo. Como en Los lunes al sol. Los días parecen siempre el mismo. Vemos los concursos de la tele. Nos marcan el horario. Pep es todo rutinas. Su sueño. Su baño. Sus tomas. Su cabreo. Su gimnasio. Ya me gana en deporte.
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Los viernes nos damos el lujo. Salimos de esmorzaret. Cada semana a un local distinto. Confeccionamos nuestro ranking. Lo cogí muy fuerte. Demasiado. Me rompí una muela. Me la arrancaron. ¿Salir de noche? Sólo nos hemos permitido un par antes del toque de queda. Yo, obligado. Brota mi lado marcial, cuadriculado. La disciplina. Las rutinas. Que se las vamos a marear, me quejo. Serán las tuyas, me acusan. Que eres tú no él.
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Con lo bien que se está en la cama leyendo.

El verano que no pareció verano

El verano que no pareció verano fue extraño. Se suspendió todo pero todos salían. Nosotros nos dedicábamos a esperar. Y a pasear. La gente miraba tu barriga por la playa. Visitamos centros comerciales. Recorrimos la Avenida en agosto. Íbamos y veníamos. Y todos los mosquitos siempre me picaban a mí.
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El verano que no pareció verano vaig menjar botifarres. Fue rápido. Con poca luz. Como los buenos mamíferos. Lloramos en el paritorio. Pasé frío en la habitación. Te robé un arrullo para taparme. Esa noche empezó mi afonía. Las enfermeras siempre entraban en el peor momento. A mí nadie me preguntó qué quería de cenar. Conduje muy lento con el alta. Pusimos buena música para volver.
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El verano que no pareció verano nos confinamos por precaución. Tres horas de sueño era abundancia. Aprendimos a no tener miedo por las noches. A descifrar sonidos. Cantábamos buenos días sol. Veíamos películas a mediodía. Te paseábamos a ratos cortos. Cuando llorabas las señoras nos miraban. Nunca sabíamos en qué día estábamos. Poco nos importaba.
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El verano fue esto.
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Yo tenía ganas que llegara septiembre.

Lo que te mereces

En Lost, la primera serie que nos enganchamos juntos, Desmond debía pulsar un botón cada 108 minutos. Sin descanso. Algo así vivimos ahora con las tomas del Principito. Con esa alarma latente unas veces exacta, otras inexacta. Yo, que llego tarde a estas cosas, me dejo llevar sin resistencia. Vivo en un mundo de horarios sin horas.
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Lo que que aún nos mantiene cuerdos es la música. Sigue sonando en la White House. Hay un estribillo que canta “deberíamos decir más veces te deseo lo que te mereces”. Mi Santa y yo dudamos si habla en positivo o negativo. De conciertos, nada. Con las entradas devueltas nos hemos comprado un robot de cocina. Signo de los tiempos.
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Estos primeros días, entre tanto mensaje, se ha colado algún bienintencionado “con lo que habéis pasado, os lo merecéis”. Perdonadme que no esté de acuerdo. Que me dé rabia. No me compensa estos meses lo ganado por lo perdido. No funciono así. No es una balanza. Yo lo quería todo. A todos aquí.
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Pero aquí hemos venido hoy a daros las gracias por vuestras felicitaciones.
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Es de bien nacido ser agradecido.

El vigía

Allí afuera el mundo se empeña en volver a desmoronarse. No aprendemos. Aquí dentro es de noche. Todo parece más seguro a estas horas. Más protegido. Me demoro por la casa. Me gusta ser el último. Andar a oscuras. Encontrarte durmiendo.
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Mi Santa habla en sueños. Al día siguiente lo rememoramos. Nos reímos. Ella duerme rápido. Yo ligero. Oniria e Insomnia. Hago un álbum de fotos para ilustrar esta historia. No me gusta ninguna. Parecen sacadas de motel barato. Tus pies. Nunca te gustó enseñarlos.
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Hay días en que la noche es el peor momento. Me giro hacia el otro lado. Mejor el mar que el silencio de la ciudad. Le sienta mejor a mis acúfenos. Y a mis recuerdos.
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Duermes. Observo como respiras. Te rastreo. Busco otra respiración en tu vientre.
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Soy como un vigía, esperando la señal.