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Tabú

Nombrar a los muertos. Tabú para muchos, cotidiano para otros, para mí. Jodidamente diario añadiría. Silencio incómodo. No es popular hablar de ciertos temas. La muerte, esa enfermedad, infertilidad, psiquiatría, fe, fascistas. Si es que ya no se puede ni estar triste. No se lleva. Y yo me niego. Reivindico ese derecho. A los días raros. A la soledad deseada. A la solitud.
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Estuve triste, melancólico, extraño. A veces jodido. No sabría describir. Se rompió ese hilo invisible. Madre e hijo. Se me juntó luego todo. Leí para saber qué sintieron escritores. Hay toda una literatura del dolor. Os leí también a vosotros. Qué valientes fuisteis. Dudé si escribir sobre ello. Tabú. Qué necesidad. Qué autoflagelación. Qué exhibicionismo. Qué victimismo. Y qué coño os importa.
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Soy asiduo al cementerio. A la visita. Otro tabú para algunos. Es ideal para dormir a Pep. El pavimento, el sol, el ambiente. Cae redondo con el traqueteo. Es como estar en casa. Algunos trabajamos allí. Y nos dio suerte. Siempre me fijo en una lápida. Aparece una señora mayor hasta arriba de cotillón. Nochevieja 2020 dice su sombrero morado. Se lo debió pasar bien. Para toda la eternidad.
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Duele, pero ya no duele como antes. Lo canta Quique González. Canciones tristes. Mi Santa no las soporta. Dejó de escucharle por ello. Pero ya se han reconciliado.
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Yo también un poco con la vida.
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Y se dice y no pasa nada.

Las primeras veces

Un cosquilleo. Un yoquesé. Te va recorriendo por dentro. Una mezcla de nervios, ilusión y miedo. Todo a la vez. Ay, las primeras veces. Qué difícil de definir. Son únicas. No sabes, intuyes. Un inexperto manos a la obra. No las olvidas. Mágicas, vibrantes, afortunadas. Torpes, apresuradas, escondidas. Qué os voy a contar. Vosotros ya me entendéis. Todos hemos pasado por allí.
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Una ventana. Asomarme. Parecía sencillo, pero no. Como una maldición maya. Empecé a trabajar en un sótano. Dábamos el tiempo a ciegas. Pasé a un semisótano. Se inundaba. Cuando por fin tuve aquí mismo una ventana, era sin vistas. Hasta hoy. Miro por la nueva. Todo está quieto. En unas horas empezará a llenarse de vida. Estoy extrañamente sereno. Plácidamente nervioso. Inconscientemente tranquilo.
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Mañana será mi primera vez.
Qué raro, es en casa.
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Novato veterano.

La narrativa

Somos muy tontos. Siempre que viajamos nos montamos una historia, una narrativa. Subiendo y bajando curvas hasta Cadaqués sonaba La Costa Brava y El regreso de Abba. Nos preparábamos para ser bohemios. Slow life. Yo siempre me meto mucho en el personaje. Adopto el acento local. Método Stanislavski. Molt macu, nois. Vaya, contado así, doy un poco de vergüenza ajena.
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Que Juegos Olímpicos ni que Eurocopa. Si la competición estival es quién lo pasa mejor. Quién visita más lugares, más playas, más cervezas. El campeonato de la felicidad. Que menudo verano te estás pegando. En redes sociales todos creamos también nuestra propia narrativa. Una imagen. Todos la cultivamos. Todos caemos. O mostramos o miramos. Son la nueva Hola, Pronto, la Diez Minutos.
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Creyendo que nos poseería el espíritu de Dalí no vimos venir al de nuestros padres. La narrativa de los 80. Cadaqués tiene ese punto kitsch. Estos días no he dejado de pensar en nuestros viajes. El coche lleno de maletas. La cama supletoria. El menú del día. Nos ha faltado revelar un carrete desenfocado. Qué ironía. Tantos años huyendo de ellos para acabar encontrándotelos en el espejo.
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Vas de moderno hasta que se te queda cara de padre.

Mi soledad y yo

Cógelo. La matrona me lo acercó. No contaría con más de unos minutos de vida. Eh. Espera. Quieta. Y eso cómo se hace. Sonrió. Tan preparados para el parto y tan poco para el después. Ten. Ya verás qué natural. Pum. Me quedé inmóvil. Sin mover un músculo. No me fuera a caer a la primera. Busqué alguna complicidad. Un consejo. Nadie. Eran pocos. Atendían todos a la madre. Estaba solo. Acojonado.
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Nos vamos a Ibiza en julio. Las Summer. Viaje de terapia. Campamento de pilates. Yo le seguí el juego. Me hice el chulo. Claro, disfruta. La vi pelearse con una mini maleta. Hacerse una PCR. Continué. Qué bien os lo vais a pasar. Mi Santa debió sospechar mi desasosiego y me regaló el libro de Tarantino. Pero el viernes se piró. Y nos quedamos los dos. Solos. Yo, que aparento mucho pero no soy nada, al mando. Acojonado.
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Les prometo que no he llorado. Hemos jugado. Visto la tele. Paseo. Piscina. Potito. Siesta. Todo sin sobresaltos. Eso sí, no me he quitado de encima la sensación que, en algún momento, Pep se giraría hacia mí para lanzarme la pregunta. Muy bien todo, pero… ¿Cuándo acaba la broma? ¿Y la mami? No lo haces mal, pero no hay color. Sí. Que descubriera la farsa. Y no crean. Que yo pienso como él. Soy un sucedáneo.
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Y aquí estoy. Mirando el reloj. Contando los minutos. Esperando a que llegue a casa. Mi soledad y yo.
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Como el título de aquella canción. Qué horror.

Ha merecido la pena

Llamaron a la puerta. Cuando me quise dar cuenta ya la tenía enfrente. Llevaba en la mano un dibujo. En la cara su sonrisa picarona. Felices vacaciones, jefe. Aún faltaba una semana para acabar las clases. Quizás el tiempo se percibe de una forma diferente con un cromosoma más. La vida, seguro. Por eso ella siempre sonríe más que nosotros. Qué lista que es.
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Ayer fue su último día en el colegio. En septiembre marchará a un centro especial. Celebró su fiesta. Globos. Música. Danzas. Lágrimas. Muchas. De todos. Mirándola, dudamos que fuera consciente que aquello era una despedida. Sus compañeros, sí. Los veíamos bailar desde fuera. La integración tiene que ser algo parecido a eso. Hacerla sentir una más.
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Acaba un curso duro. Complejo. Extraño. Histórico, por desgracia. Hubo quien no tuvo claro abrir los colegios. Quien consideró que se nos ponía en grave riesgo. Puede ser. Pero esto no iba de nosotros sino de ellos. De tantos niños como Gloria parados en casa durante meses. Desubicados. Encerrados.
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Sólo por abrirles las puertas, todo ha merecido la pena.