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Aunque se empañen las gafas

Suena el timbre. Debería estar cagado. Pero no, no lo estoy. Me asomo. Rugen las fieras. Público real, ahí sentado, diez meses después. Apuesto por dar show. Me presento como profesor nuevo. Hoy es septiembre. Os reís. Se me empañan las gafas. Volvéis a reír. Sóc el tercer d’enguany i, damunt, el pitjor. Però, si no vos agrada, a queixar-se al cap d’estudis. Ja sabeu on tinc el despatx. Todo fluye. Igual que antes. Respiro.
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Llueve fuera. Ola de frío. El virus arrecia. Menudo momento para regresar. Me encuentro a un alumno en batín por el pasillo. Le explico las virtudes del doble calcetín. Me cruzo con Gloria. No me reconoce. Ambos llevamos empañadas las gafas. Proyecto en clase la chimenea de Netflix. No calienta, pero algo es algo. Hoy me han regalado un felpudo. Salimos los tres. Qué bien me siento aquí.
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Por las noches leo la autobiografía de Obama. Le copio una dinámica. Cómo es el mundo y cómo quisieras que fuera. Poc empàtic, egoista, hipòcrita, deplorable, injust, desequilibrat, un asco. Los alumnos son rotundos. Cambio la pregunta. Cómo es tu mundo y cómo quisieras que fuera. Se sienten privilegiados. Tenemos cosas que vemos tan obvias pero que muchos desearían tener. Agua, comida, luz. Otro escribe: si el meu món fora perfecte no tindria cap sentit.
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A mí, estar aquí, me parece bastante perfecto.
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Aunque se me empañen las gafas.

Déjà vu cabrón

Aparece sin más. No avisa. Te coge del pecho, te arrastra y te regresa allí. Déjà vu cabrón, así lo he bautizado. El cerebro. Qué facilidad tiene para transportarte emocionalmente al pasado. Para recrearte recuerdos. Como ecos. Se sirve de cualquier puerta de entrada: una imagen, un gesto, una canción. De revivir se trata. No sé si les ha ocurrido. A mí, últimamente, bastante.

Quienes hayan leído o visto “Patria” encontrarán allí un déjà vu cabrón. Nerea, la hija del Txato, en su despechada visita a Fráncfort, se topa con un accidente y su cadáver. Esa imagen física de la muerte por fin la enfrenta al asesinato de su padre. Aita, aita. Me faltó a mi también gritarlo tras un dolor nocturno del Principito. Me removió entero, ama.

Igual es locura transitoria. Pero ha llegado a ser físico. Sujetarme fuerte la muñeca si me cuentan que alguien se ha roto un hueso. Suena imposible, pero al escucharlo percibo un flash de dolor. Yo me la rompí en pedazos. Como un gilipollas. Caí de una escalera. Subido a un árbol. Vestido de troglodita. Revivo hasta la misma vergüenza.

Recién aterrizado a Xàtiva, como gesto simpático, traje bollos de chocolate a la sala. Del tradicional de Torrent, como los fabricaba mi abuelo o mi tío. Duraron nada. Me fijé en que un compañero, el más bohemio, el más raro, sostenía uno pero sólo lo olía. Finalmente, lo envolvió de nuevo en su papel y se lo guardó. Le pregunté por qué. “Huele a mi infancia”, respondió.

Lo que daría yo ahora por visitar mi niñez.

Las rutinas

Que cómo nos va. Es la pregunta rutinaria. Pues bien, la verdad, respondemos. El primer mes jodido, apunto yo siempre. Mi Santa, según confianza, apostilla que te hablan mucho del parto y poco del después. Entonces me viene a la mente aquello de si es que follar es muy bonito pero luego. No lo suelto. Ya han pasado a la siguiente cuestión del interrogatorio. Que a quién se le parece.
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A mediodía, paseamos. Otra de las rutinas. Me siento un poco desubicado. Como si no debiera estar por ahí. Culpable. Me pongo ropa de ir a trabajar. Así disimulo. Como en Los lunes al sol. Los días parecen siempre el mismo. Vemos los concursos de la tele. Nos marcan el horario. Pep es todo rutinas. Su sueño. Su baño. Sus tomas. Su cabreo. Su gimnasio. Ya me gana en deporte.
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Los viernes nos damos el lujo. Salimos de esmorzaret. Cada semana a un local distinto. Confeccionamos nuestro ranking. Lo cogí muy fuerte. Demasiado. Me rompí una muela. Me la arrancaron. ¿Salir de noche? Sólo nos hemos permitido un par antes del toque de queda. Yo, obligado. Brota mi lado marcial, cuadriculado. La disciplina. Las rutinas. Que se las vamos a marear, me quejo. Serán las tuyas, me acusan. Que eres tú no él.
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Con lo bien que se está en la cama leyendo.

Bones notícies

S’imaginen un mitjà de comunicació que només contara notícies positives? Seria com un colp damunt de la taula. Farts de successos, esdeveniments buits i propostes viciades, no seria meravellós donar llum als fets que construeixen e inspiren un món millor? Podria tindre el seu públic. Però també els seus detractors. Sentenciant que és utòpic, poc comercial i, el pitjor, que això no és periodisme. Perquè hi ha que plasmar la realitat tal i com és, clar. Però és així realment? S’informa amb justícia? Tots tenim cabuda?

El periodisme sempre ha jugat un paper clau en la societat moderna. No podem formar part plenament d’ella si no sabem què esdevé al nostre voltant: veure els fets, analitzar-los i, després, actuar en conseqüència. Però, curiosament, en l’època d’accés més universal a la informació hi ha buits, silencis, afonies mediàtiques. No és fàcil fer-se un lloc a les portades. Massa propostes, massa interessos, massa soroll. I, per desgràcia, allò que no es nomena, que no es coneix, té el perill de no existir, de ser invisible.

L’agenda mediàtica, jornada a jornada, ens va marcant quins assumptes tenen interès informatiu i quanta rellevància se’ls dóna. Com un índex borsàtil. Imaginen la pressió econòmica i política cap als mitjans. És una batalla mediàtica perquè tots no caben. Una presència constant (positiva, clar) significarà augment, per dir-ho d’una forma suau, del volum de negoci i continuar als cercles de poder. Malauradament, dins d’este procés de construcció de l’actualitat, conscient o inconscientment, els mitjans es deixen pel camí altres “realitats”, provocant que quasi no existisquen. I, si un dia trauen el cap, serà com una gota en mig d’un oceà de publicitat i informació.

Però com canviar esta tendència? Per començar, enfortint la independència dels mitjans de comunicació per aconseguir un periodisme de qualitat i lliure. La revolució digital els ha espentat a una transformació incerta del seu propi negoci. No són immunes a les crisis i, si els números no quadren, corren el risc de retallar en personal, en capacitat crítica i acabar deixant-se en mans d’anunciants i notes de premsa. Per a evitar-ho, com sempre, la ciutadania tenim tasques a fer: apostar pel valor de la informació. El bon periodisme té un preu. No tot el que és gratis és bo. Els nous models de pagament són el futur de les empreses informatives i la salvaguarda de la seua independència.

Només així, l’agenda mediàtica pot estar marcada pel sentit comú i no per interessos comercials o polítics. Ara sí podran mostrar altres realitat, totes les realitats. Totes eixes iniciatives que transformen el món des de persones anònimes, sense més interès darrere que contribuir al creixement col·lectiu. A més, donant valor a allò més prop, anant de lo local a lo global. Com deia en una de les seus columnes el malaurat Carles Capdevila, “calen més veritats personals als mitjans, donar veu a persones de veritat”.

La crisi sanitària, social i econòmica provocada per la Covid-19 ens ha donat una nova oportunitat. Molts han descobert el poder del bé comú, de treballar en xarxa. Si els ciutadans hem eixit d’esta crisi junts, cooperant, per què no seguir contant les iniciatives que ho fomenten? Per què no contar bones notícies?

Bones, perquè són positives i perquè estan ben contades.

NOTA: Artículo aparecido en el número 77 de Papers Associatius de l’Horta Sud.

El remedio

Veinte años teníamos. Regresábamos en un autobús de línea tras comprar una gaita en un Corte Inglés a las afueras de Santiago. En aquella época éramos muy propensos a la tontería. Días antes le dimos la mano al futuro Felipe VI. También nos escapamos para recorrer la mítica ruta de bares París-Dakar. Habíamos finalizado el Camino Portugués y nos sobraban fuerzas.

Ocurrió en una de las etapas intermedias. No recuerdo exactamente dónde. Igual fue Caldas, Redondela que Padrón. Junto al albergue discurría un río seco. Debían estar las chicas cerca porque salté tras un pato. Tras varios intentos y caídas no cacé nada. Miento. Sí pillé una urticaria enorme en las piernas. No conseguí impresionar a nadie.

Me rascaba derrotado mis rojeces cuando se me acercó un niño. Había contemplado mi torpe espectáculo. Al lado del mal siempre está el remedio, me dijo con su acento gallego.  No entendí a qué se refería. Bajó al riachuelo y arrancó unos hierbajos junto a unas ortigas. Me los froté. Noté alivio al instante. Me curó. Él se llevó el aplauso que yo no merecí.

Al lado del mal siempre está el remedio. Ojalá fuera tan fácil hallar la dichosa vacuna. Por ahora, el único remedio que tenemos somos nosotros mismos.

Y parece que no nos hemos dado cuenta.