Categoría: Artículos

Y qué más da

El 23 de mayo de 2001 el Valencia CF perdía su segunda Champions League consecutiva. No hace falta recordar cómo ocurrió. Y qué más da ya. Pero, aquella noche, cuando regresé a casa, después de anunciar solemnemente que al día siguiente no pretendía asomar mi careto por la universidad, que tenía todo el derecho del mundo a pasar mi propio luto, juré que no me volverían a romper el corazón, que se acabó lo de sufrir. Que durante el partido, todo; que tras el pitido final, nada.

Por suerte, ni mi metamorfosis fue tan rápida ni el Valencia cayó en desgracia. Al poco, ganó dos ligas y yo lo sufrí y lo celebré como el que más. Faltaría.

Aunque allí estuvimos, en Mestalla, veinticinco temporadas, poco a poco, aprendí a tomarme el asunto con filosofía, a saber perder, a relativizar, a reconocer que el ADN valencianista es el eufórico y catastrófico, el de las victorias y derrotas inesperadas, el bronco y copero, el del “este partit ja l’he vist jo”, el de la chorizada, el de la electricidad por encima del juego bonito, el que mejor ir de tapado que de favorito, el que siempre silba pero nunca abandona a su equipo, el que tan bien ha sabido reflejar Tardor en “És això el que ens fa grans”.

No siempre ganamos. Y qué más da.

Nosaltres som el València i no hi ha res més gran.

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Nos hemos vuelto idiotas

Alguien tenía que decirlo: nos hemos vuelto idiotas.

No debería ser una novedad, porque España tradicionalmente siempre ha sido un país cainita. Ya saben, nos encanta aporrearnos entre nosotros. Física y metafóricamente. De hecho, aun vivimos de las rentas de la Guerra Civil. Nos encanta ver la paja el ojo ajeno. Y también ver Gran Hermano. 26 ediciones sumamos ya. Así que sorpresa tampoco es que los españoles seamos medio idiotas. Que llevemos días hablando de un error de protocolo, de cambiar una letra de Mecano o de si Nadal sacaba barro por postureo.

Bueno, igual, para lo que no estábamos preparados era para escuchar al jefe de la oposición sacar pecho por haber conquistado América años ha. Qué orgulloso está el tío.

Por Dios, que hay temas más serios de los que hablar.

Y unos jóvenes a los que formar.

Miren, si no, hoy en el cole. En una exposición oral, un alumno, describiéndose a sí mismo (“Qui sóc jo”), nos ha confesado a toda la clase que le encanta viajar. Que ya ha visitado Roma, Madrid… y Benidorm.

Que Benidorm es lo más.

Cantar bien

Suena de fondo “Friday I’m in love”. Me asomo al despacho. Mi Santa estudia con el pase de micros de fondo. Es una versión limpia, cristalina, muy entonada. Así funciona la maquinaria de OT, todo se transforma en perfecto. Qué irónico. Lo que se compuso en 1992 como una interpretación irónica, casi burlesca, de la música pop (la banda británica era conocida por oscura y paranoica), siguiendo a propósito los cánones de las radiofórmulas, veinticinco años después se le ha añadido una doble capa de azúcar.

Robert Smith nunca ha cantado bien. Como muchos de mis favoritos. No tienen voces inmaculadas Iván Ferreiro, Joaquín Sabina, Michael Stipe o Eddie Vedder. No hubieran sobrevivido a muchas rondas del popular programa. Y qué importa. No todo es nivel vocal en la música. Amaia cantaba bien, es obvio, pero, tuvo un don mayor: conectó. Por suerte, a falta de ver sus dotes compositivas, debió de leer el artículo de Fernando Navarro, porque, por ahora, no se ha dado prisa en sacar su primer trabajo.

Y no es fácil seguir esa senda. En la era del fast food, de saltar las canciones que no gustan, del single por encima del disco, ir a tu ritmo es un privilegio. La música no es sólo negocio. Tampoco tiene fórmulas mágicas para triunfar. Es otra cosa. Algo intangible. Por eso las voces imperfectas también conectan.

Muchos nos preguntan por qué nos gastamos tanto dinero en conciertos o en discos. Ya escribí una vez sobre ello. La música nos salvó del psicoanalista. Nos hace más llevadera y hermosa la vida. Nos acompaña. Nos pone delante canciones que, no sabes por qué, pero te remueven por dentro.

Y eso no hay jurado que lo dictamine.

Escribe

Siempre he fantaseado internamente con que, algún día, cuando ya no campe por este mundo, estas páginas sean descubiertas por mis hijos, quién sabe si por mis nietos, o por alguien que quiera conocer qué pasaba por mi cabeza tiempo atrás. Aspiro secretamente a que al leerlo se cree un hilo invisible que nos una superando tiempo y espacio.

Ya son más de trece años construyendo poco a poco este diario. 1868 artículos. Muchos me sonrojan. Cómo pude escribir aquello. Sí que estaba miope. Me creía con más poso. Más maduro. Y les aviso, me da apuro también que me comenten aquello que escribí. Porque nunca tuve un sistema de juego. Simplemente escribo. Hijo, si lees ésto, recuerda que cada palabra es obra de su tiempo y contexto. De un instante concreto. Así fui, pero puede que ya no sea así.

Cambiar las redacciones por las aulas me ha provocado una pérdida de escritura. Pero, paradójicamente, cuanto más me adentro en la docencia, más me apetece garabatear. Como si esta etapa centrado en aprender a ser buen maestro hubiera provocado también la necesidad vital de seguir tecleando.

Dos pequeños libros, dos cincuenta aniversarios, me han tenido atado este último año. Mientras los redactaba, mientras me documentaba, mientras absorbía influencias (ya saben, mis Enric González, Jabois, Millás, Paco Roca, David Trueba…), sin darme cuenta, algo se me removía por dentro sobre el paso del tiempo, sobre aquello que vivimos y la necesidad que quede escrito para la posteridad.

Miope, escribe.

Y que llegue lejos en el tiempo.

Quién sabe si algún día tú, sí tú, estarás leyendo estás páginas.

Y, al fin, me conocerás.

Nadie podrá con nosotros

Déjennos trabajar en paz. Sólo pedimos eso. Hemos sufrido una veintena de cambios educativos en una década. Hemos. Plural. Alumnos, profesores, familias y administrativos. Todos. Y no es de recibo. Así se hace costoso educar. Una de las tareas esenciales en cualquier sociedad avanzada, guiar a los ciudadanos del mañana, no se merece este eterno vaivén provocado por el nulo pacto político. Mientras en las aulas enseñamos a debatir, dialogar y cooperar, en la res pública, a la vista de todos, no son capaces de alcanzar estos objetivos. En la época de evaluar por competencias hay quien es incompetente en consensuar.

En este contexto, hoy hemos abierto las puertas de los colegios. Lo confesaremos, con un poquito de ojeras. Cuesta dormir en la nochevieja educativa. Ya saben, los profesores somos humanos, también nos ponemos nerviosos. Pero hemos vuelto con la ilusión por educar intacta. Que nadie nos la quite. Aunque nos cambien de plan cada año. Aunque legislen en agosto. Aunque enfrenten a educación pública y concertada. Aunque hagan que tener dos lenguas propias parezca un problema. Aunque siempre politicen la educación.

Mientras, nosotros seguiremos soñando con un mundo mejor. Intentando formar a los protagonistas de ese cambio. Y no vamos a bajar los brazos.

Nadie podrá con nosotros.