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El respeto

Pasea por el colegio un señor mayor, sacerdote, vestido siempre impecable, con un frondoso cabello blanco y andar pausado. Seguro que muchos adivinan a quien describo. Ahora que vuelve a gozar de buena salud y buen tiempo se le ve más por los pasillos. Ayer mismo, me lo topé, sentado en una esquina, durante una charla para alumnos. Unas monjas misioneras testimoniaban ante un atónito y adolescente auditorio qué es eso de darse a los demás sin esperar nada a cambio. Por cierto, las religiosas residen en una aldea valenciana cuya plaza principal lleva el nombre de nuestro anciano protagonista. Pero esa es otra historia.

Al acabar, uno de los alumnos, alto, fuerte, de un corazón tan grande como su carácter (el día anterior yo había tenido una bronca fuerte con él), se le acercó, intercambiaron unas palabras y se abrazaron. No sé que se dijeron, pero, tanto él, como su clase, mi clase, sienten un gran respeto por el señor mayor. Cuando eran más pequeños, él se dedicaba a visitar su clase, a hablarles y no lo han olvidado.

Horas antes del abrazo, conversaba con un compañero sobre cómo los profesores intentan ganarse el respeto de sus alumnos. Los hay autoritarios, cercanos, duros, graciosos, espectaculares o enrollados. Y también hay quien lo consigue desde el cariño, mirando a los ojos y hablando al corazón.

Ojalá yo sea uno de esos.

 

 

Adaptación al medio

Durante diez años me dediqué a redactar. A una velocidad inusitada. A pensar rápido. Quien cada día tiene que preparar un informativo radiofónico de 60 minutos sabe a qué me refiero. Había que ser buenos, veraces y eficaces. Y así cinco días a la semana.

Más tarde, cuando tuve que reconvertirme en docente, eché mano del mayor recurso que tenía en este campo: la animación. El resto lo fui cubriendo leyendo mucho y, sobre todo, escuchando a mis compañeros. Tenía que adaptarme al medio lo más rápido posible. Hoy en día creo que ya lo he conseguido.

He aprovechado las navidades para acabar de leer “Pep Guardiola. La metamorfosis” de Martí Perarnau. Su minuciosa descripción de cómo entrena y cómo piensa el actual entrenador del Manchester City me ha impregnado para aplicarla a la enseñanza. Los (buenos) libros sobre coaching deportivo no deben usarse como manual de estilo educativo, pero sí pueden ser una buena referencia.

Si con “Herr Pep”, descubrí la obligación de ser muy exigente con uno mismo y la necesidad de entrenar con los jugadores/alumnos todos los pequeños movimientos hasta interiorizarlos, con “La metamorfosis” he comprendido que el estilo propio no está reñido con la adaptación. Guardiola llegó a Munich con una fórmula de juego pero las circunstancias le obligaron a adaptarla, ampliarla y mejorarla.

Siempre me sonó caduca aquella manida frase de que cada maestrillo tiene su librillo. Cada aula es diferente. Cada alumno es diferente. Usar el mismo sistema para todos no es plenamente eficaz. Hay que adaptarlo a cada realidad.

Saber leer cada partido.

Tengo las gafas sucias

A fuerza de percibir borrones y diminutas manchas, uno se acostumbra a ellas. Ya no distingo si tengo las gafas un poco sucias, si es la miopía o si la vida es así. Pero todo no es claro e impoluto. No somos ni buenos ni malos. No hay verdades absolutas. La imperfección existe. Lo diferente. Y es bello también. Porque hay más de un acento en nuestra manera de hablar, diferentes razas y colores, punk-rock y clásica, sandwiches de Nocilla con zumo de Naranja, ataques de ira seguidos de momentos de ternura, celebramos no ser el mejor equipo del mundo, hacemos chistes en los funerales, miramos por la mirilla, nos hurgamos la nariz, cogemos cosas por ser gratis, pedimos una cucharada más, vemos series cursis, nos atraen algunas feas, nos orgullecemos de habernos cargado con algún kilo de más este verano, nos planteamos abandonar Facebook para acabar publicando una nueva foto, tropezamos con la misma piedra, soñamos imposibles, actuamos impulsivamente, nos equivocamos.

Sé que debería limpiarme las gafas. Pero no me apetece.

No nos enteramos

Los niños de los países pobres ríen más que los de los ricos. Puede resultar paradójico, pero, cuando escucho testimonios de cooperantes o misioneros, siempre escucho la misma conclusión: allí con poco los niños son felices. Y vaya como ríen.

Quizás sea cuestión de aspiraciones y (por tanto) de frustración. Quizás la felicidad no está tanto donde creemos. Quién sabe. Pero, cada vez reímos menos. Y nos enfadamos más. Porque nosotros, los mayores, en occidente, ay, seguimos discutiendo la forma y no el fondo. Miren, si no, el Congreso. Y Twitter. Y el último chascarrillo del mercado. Nos obcecamos. Nos hierve la sangre en seguida. El dimoni se’ns posa dins y perdemos la perspectiva, las formas, las razones, el sentido común. Y lo echamos todo a perder.

La ignorancia es muy atrevida, desde luego, pero más el mal humor.

No nos enteramos. Seguramente todo sea más sencillo.

 

Trienios

Hoy ha sido día de visitas. Qué curioso aquello de usar las huelgas de estudiantes para visitar un colegio, tu antiguo colegio.

Algunos lo han hecho con mucho cariño. Saben que es su casa. De hecho, ha sido una gran alegría. Notas el poso que fue quedando clase tras clase. Que todo no fue pronom feble. Para aquel que va y viene desde lejos todos los días, que pocas veces camina por sus mismas calles, estos detalles llenan. De hecho fue de lo primero que me llamó la atención al aterrizar: las frecuentes visitas de antiguos alumnos. Dice mucho. Y no crean que sólo regresan los alumnos excelentes.

La cuestión es que, de repente, he caído en la cuenta que ya os conozco a todos. Que mis gafas ya cubren todos los cursos. Que aquel uno y dos de ESO ahora es un uno y dos de Bachillerato. Que algunos estáis ya muy mayores. Que, incluso, algunos que aparecisteis después, actualmente, sois como mi familia.

Que sigo aquí.

Ya cobro trienios y todo.