Categoría: Artículos

Raro

Creo que sufro esquizofrenia emocional. Ando apático. Luego, eufórico. Al rato vuelvo al desganao. Ya me lo decían, por un lado u otro te acabará saliendo. Yo me dejo llevar. Ya se irá todo recolocando solo. A lo Rajoy.
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Sueño más de lo habitual. Realista. Pero me desvelo menos. Paso el día queriendo estar en dos sitios a la vez. Me pregunto si todo esto sirve para algo. Lo dicho, estoy raro. Como mi Santa. Se mueve lento y ríe con estruendo.
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Cuando entro al colegio me reactivo. Normal. Desde marzo no hemos parado. No hagan caso de los que hablan sin saber: hemos trabajado el doble. Y a ciegas. Ay. Que me pongo de mala leche. Qué ninguneo político.
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Ayer cerramos el curso. Símbolicamente, porque julio será largo. Preparamos todo con mucho cariño, con muchas cámaras. Fue emotivo, pero no me quité de encima una sensación agridulce. Algo que no me conectaba bien.
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Recibo mensajes cariñosos y se me pasa un poco todo.
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Somos privilegiados por con quién trabajamos.

Clavariessa

Tota la setmana es centrava en el dissabte i, en estiu, en el campament. Carreres amunt i a baix, les tendes, la pols roja, pelar creïlles, llinternes i cantimplores, balls, rises, te tocan letrinas, fírmame el cancionero. Quan eres xicotet penses que eres invencible, que sempre tot anirà bé, per això jugues sense preocupacions.
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Però, quan te vols donar compte, t’has fet major i descobreixes que, de vegades, tot no va perfectament bé.
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Repasse conversacions de whatsapp. De fa res, un parell de mesos. Quan ens felicitàvem i donàvem ànims.
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Tú sempre valenta.
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Fins a l’altra, clavariessa.

Haters

Todos necesitamos a alguien que nos mantenga los pies en el suelo. Hasta Brad Pitt. Un día, hablando por teléfono con sus abuelos, le contaron que habían visto su película. “¿Cuál de todas?”, les preguntó. “¿Betty, cómo se llama la película que no me gustó?”, escuchó al otro lado.
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Yo para eso tengo a mi Santa. El otro día, creyéndome ya un literato consolidado, le comentaba que mis últimas publicaciones estaban gustando bastante. “Nadie lee los textos, sólo miran las fotos”, me soltó. Mis amigos son mis haters, que decía aquel. Y ella que no. Que sólo es la crítica más exigente. Como la Pedroche con Dabid Muñoz.
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Que no me dijo también que últimamente uso demasiado nuestras intimidades. Ella, que durante el confinamiento me hizo salir en un videoclip y me metió de público virtual en un programa de televisión. La misma que me sugirió que contara cómo me partí la muñeca subido a un árbol vestido de troglodita.
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La vergüenza ajena vende. Ayer nos pasamos media tarde grabando TikToks a mis sobrinos. Yo creo que esta moda ya no me pilla. Lo de bailar es para otros. Prefiero juntar palabras. Mantengo hasta mi blog activo. Aunque nunca sepa exactamente por qué. Qué necesidad hay en ello.
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Por qué escribir. Santiago Lorenzo, cuando le preguntan, siempre hace suya la respuesta de una yonki en Callejeros cuando la reportera quiso saber por qué se pinchaba.
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“No sé, por hacer algo”.

Slow life

Por primera vez en mi vida no voy con prisas. Tiempo de espera lo llaman. Mi madre se pasó años advirtiéndome. Vísteme despacio que tengo prisa, me decía. Nunca lo entendí bien. Nunca le hice mucho caso.
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Salimos a andar. A nuestro ritmo. Sin tiempos. Con horario de verano. Nos reencontramos con el mundo. La gente me da el pésame y la enhorabuena. Es todo muy raro.
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No descarto padecer el síndrome de la cabaña. O del comedor. Allí vivimos con un balón de pilates. Mi Santa nunca aceptará huir a una aldea como en “Los asquerosos”. Ella siempre ha sido muy urbanita.
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En Madrid sí que andan con prisas. Quieren culpables. Calculan votos. Aún siguen discutiendo por qué no se evitó a tiempo. Unos buscan sacar rédito político. Otros se manifiestan. Todos me dan vergüenza.
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Recibo un correo de la Fundación Vicente Ferrer. Interrumpen el envío de cartas de los apadrinados. Pienso en los países subdesarrollados. Qué miserables somos.
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En España ya no aplaudimos a las ocho, publicitamos en Instagram qué bien nos va en la Fase 1.
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Qué corta es la memoria.

A tu novia

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Nos sentíamos un poco como el que se cuela en un club privado. Pero, allí estábamos, en la playa de Valdevaqueros, disimulando, fotografiando a los modernos haciendo kite. El verano pasado, cuando iniciamos la road movie por la costa de Cádiz, Tarifa siempre había estado marcada en rojo. Alcanzar la frontera imaginaria entre Atlántico y Mediterráneo. Vislumbrar África a lo lejos. Hacernos pasar por surfistas. No éramos tan guapos ni morenos, pero actitud no nos faltaba.
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¿Perdona, nos haces una foto? Cuando quise girarme ya estaba atrapado por tres treintañeras largas que jugaban a ser veinteañeras. Estas me han visto con cámara y ya se creen que soy profesional. Mi Santa, como si no fuera con ella, se apartó un par de pasos. Quería reírse a distancia del gañán. Mira, así nos gustaría la foto: tumbaditas, de espaldas, que se vean difuminados los kitesurfs. Luego probamos también con las piernas hacia arriba. Ayer es que nos la hizo una chiquilla, pero era demasiado joven. Vaya. No me atreví a preguntarles por mi edad.
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El book fue bien, aunque me sentí un poco Alfredo Landa. Quedaron satisfechas. Iban a lucir un buen postureo en Instagram. Me dieron las gracias. Qué artista estás hecho. Ahora le haces a tu novia una igual. A tu novia.
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Hoy hacemos nueve años casados.