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Adaptación al medio

Durante diez años me dediqué a redactar. A una velocidad inusitada. A pensar rápido. Quien cada día tiene que preparar un informativo radiofónico de 60 minutos sabe a qué me refiero. Había que ser buenos, veraces y eficaces. Y así cinco días a la semana.

Más tarde, cuando tuve que reconvertirme en docente, eché mano del mayor recurso que tenía en este campo: la animación. El resto lo fui cubriendo leyendo mucho y, sobre todo, escuchando a mis compañeros. Tenía que adaptarme al medio lo más rápido posible. Hoy en día creo que ya lo he conseguido.

He aprovechado las navidades para acabar de leer “Pep Guardiola. La metamorfosis” de Martí Perarnau. Su minuciosa descripción de cómo entrena y cómo piensa el actual entrenador del Manchester City me ha impregnado para aplicarla a la enseñanza. Los (buenos) libros sobre coaching deportivo no deben usarse como manual de estilo educativo, pero sí pueden ser una buena referencia.

Si con “Herr Pep”, descubrí la obligación de ser muy exigente con uno mismo y la necesidad de entrenar con los jugadores/alumnos todos los pequeños movimientos hasta interiorizarlos, con “La metamorfosis” he comprendido que el estilo propio no está reñido con la adaptación. Guardiola llegó a Munich con una fórmula de juego pero las circunstancias le obligaron a adaptarla, ampliarla y mejorarla.

Siempre me sonó caduca aquella manida frase de que cada maestrillo tiene su librillo. Cada aula es diferente. Cada alumno es diferente. Usar el mismo sistema para todos no es plenamente eficaz. Hay que adaptarlo a cada realidad.

Saber leer cada partido.

Tengo las gafas sucias

A fuerza de percibir borrones y diminutas manchas, uno se acostumbra a ellas. Ya no distingo si tengo las gafas un poco sucias, si es la miopía o si la vida es así. Pero todo no es claro e impoluto. No somos ni buenos ni malos. No hay verdades absolutas. La imperfección existe. Lo diferente. Y es bello también. Porque hay más de un acento en nuestra manera de hablar, diferentes razas y colores, punk-rock y clásica, sandwiches de Nocilla con zumo de Naranja, ataques de ira seguidos de momentos de ternura, celebramos no ser el mejor equipo del mundo, hacemos chistes en los funerales, miramos por la mirilla, nos hurgamos la nariz, cogemos cosas por ser gratis, pedimos una cucharada más, vemos series cursis, nos atraen algunas feas, nos orgullecemos de habernos cargado con algún kilo de más este verano, nos planteamos abandonar Facebook para acabar publicando una nueva foto, tropezamos con la misma piedra, soñamos imposibles, actuamos impulsivamente, nos equivocamos.

Sé que debería limpiarme las gafas. Pero no me apetece.

No nos enteramos

Los niños de los países pobres ríen más que los de los ricos. Puede resultar paradójico, pero, cuando escucho testimonios de cooperantes o misioneros, siempre escucho la misma conclusión: allí con poco los niños son felices. Y vaya como ríen.

Quizás sea cuestión de aspiraciones y (por tanto) de frustración. Quizás la felicidad no está tanto donde creemos. Quién sabe. Pero, cada vez reímos menos. Y nos enfadamos más. Porque nosotros, los mayores, en occidente, ay, seguimos discutiendo la forma y no el fondo. Miren, si no, el Congreso. Y Twitter. Y el último chascarrillo del mercado. Nos obcecamos. Nos hierve la sangre en seguida. El dimoni se’ns posa dins y perdemos la perspectiva, las formas, las razones, el sentido común. Y lo echamos todo a perder.

La ignorancia es muy atrevida, desde luego, pero más el mal humor.

No nos enteramos. Seguramente todo sea más sencillo.

 

Trienios

Hoy ha sido día de visitas. Qué curioso aquello de usar las huelgas de estudiantes para visitar un colegio, tu antiguo colegio.

Algunos lo han hecho con mucho cariño. Saben que es su casa. De hecho, ha sido una gran alegría. Notas el poso que fue quedando clase tras clase. Que todo no fue pronom feble. Para aquel que va y viene desde lejos todos los días, que pocas veces camina por sus mismas calles, estos detalles llenan. De hecho fue de lo primero que me llamó la atención al aterrizar: las frecuentes visitas de antiguos alumnos. Dice mucho. Y no crean que sólo regresan los alumnos excelentes.

La cuestión es que, de repente, he caído en la cuenta que ya os conozco a todos. Que mis gafas ya cubren todos los cursos. Que aquel uno y dos de ESO ahora es un uno y dos de Bachillerato. Que algunos estáis ya muy mayores. Que, incluso, algunos que aparecisteis después, actualmente, sois como mi familia.

Que sigo aquí.

Ya cobro trienios y todo.

Mirar hacia dentro

Abruma la campaña mediática de Mediaset para que todos vayamos a ver (redundancia) Un monstruo viene a verme. No estoy seguro si fui al cine por la promoción o por mi interés propio. Creo que por vivirla con amigos. Técnicamente es impecable, pero bastante dura. Muchos de ustedes llorarán. Habla de afrontar lo inevitable. Desde la mirada de un niño. Si han vivido un caso cercano, les removerá por dentro. A mi me sucedió.

No sé a ustedes, pero uno que está muy acostumbrado a la narrativa visual y escrita, lleva una temporada que le atraen más las historias que se centran en mirar hacia dentro que en las tramas sin descanso ni cuartel. Será cosa de la edad. Por eso están teniendo éxito las biografías de Karl Ove Knausgård o James Rhodes. Me parece muy valiente abrirse en canal.

Y tampoco es de extrañar que muchos creamos que The Leftovers, Transparent o The Affair son de lo mejor de las últimas temporadas seriéfilas (sí, claro, Games of Thrones y Fargo, también). Son experiencias emocionales de primer orden. La desesperación ante la perdida humana, la búsqueda de la propia identidad, la dificultad de amar linealmente. Son tres ejemplos de historias bien narradas mirando hacia lo profundo de uno mismo.

Porque nadie de nosotros estamos a salvo de la condición humana.

¿Quién sabe exactamente adónde va, qué quiere o qué siente?