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Las primeras veces

Un cosquilleo. Un yoquesé. Te va recorriendo por dentro. Una mezcla de nervios, ilusión y miedo. Todo a la vez. Ay, las primeras veces. Qué difícil de definir. Son únicas. No sabes, intuyes. Un inexperto manos a la obra. No las olvidas. Mágicas, vibrantes, afortunadas. Torpes, apresuradas, escondidas. Qué os voy a contar. Vosotros ya me entendéis. Todos hemos pasado por allí.
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Una ventana. Asomarme. Parecía sencillo, pero no. Como una maldición maya. Empecé a trabajar en un sótano. Dábamos el tiempo a ciegas. Pasé a un semisótano. Se inundaba. Cuando por fin tuve aquí mismo una ventana, era sin vistas. Hasta hoy. Miro por la nueva. Todo está quieto. En unas horas empezará a llenarse de vida. Estoy extrañamente sereno. Plácidamente nervioso. Inconscientemente tranquilo.
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Mañana será mi primera vez.
Qué raro, es en casa.
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Novato veterano.

La narrativa

Somos muy tontos. Siempre que viajamos nos montamos una historia, una narrativa. Subiendo y bajando curvas hasta Cadaqués sonaba La Costa Brava y El regreso de Abba. Nos preparábamos para ser bohemios. Slow life. Yo siempre me meto mucho en el personaje. Adopto el acento local. Método Stanislavski. Molt macu, nois. Vaya, contado así, doy un poco de vergüenza ajena.
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Que Juegos Olímpicos ni que Eurocopa. Si la competición estival es quién lo pasa mejor. Quién visita más lugares, más playas, más cervezas. El campeonato de la felicidad. Que menudo verano te estás pegando. En redes sociales todos creamos también nuestra propia narrativa. Una imagen. Todos la cultivamos. Todos caemos. O mostramos o miramos. Son la nueva Hola, Pronto, la Diez Minutos.
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Creyendo que nos poseería el espíritu de Dalí no vimos venir al de nuestros padres. La narrativa de los 80. Cadaqués tiene ese punto kitsch. Estos días no he dejado de pensar en nuestros viajes. El coche lleno de maletas. La cama supletoria. El menú del día. Nos ha faltado revelar un carrete desenfocado. Qué ironía. Tantos años huyendo de ellos para acabar encontrándotelos en el espejo.
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Vas de moderno hasta que se te queda cara de padre.

Mi soledad y yo

Cógelo. La matrona me lo acercó. No contaría con más de unos minutos de vida. Eh. Espera. Quieta. Y eso cómo se hace. Sonrió. Tan preparados para el parto y tan poco para el después. Ten. Ya verás qué natural. Pum. Me quedé inmóvil. Sin mover un músculo. No me fuera a caer a la primera. Busqué alguna complicidad. Un consejo. Nadie. Eran pocos. Atendían todos a la madre. Estaba solo. Acojonado.
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Nos vamos a Ibiza en julio. Las Summer. Viaje de terapia. Campamento de pilates. Yo le seguí el juego. Me hice el chulo. Claro, disfruta. La vi pelearse con una mini maleta. Hacerse una PCR. Continué. Qué bien os lo vais a pasar. Mi Santa debió sospechar mi desasosiego y me regaló el libro de Tarantino. Pero el viernes se piró. Y nos quedamos los dos. Solos. Yo, que aparento mucho pero no soy nada, al mando. Acojonado.
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Les prometo que no he llorado. Hemos jugado. Visto la tele. Paseo. Piscina. Potito. Siesta. Todo sin sobresaltos. Eso sí, no me he quitado de encima la sensación que, en algún momento, Pep se giraría hacia mí para lanzarme la pregunta. Muy bien todo, pero… ¿Cuándo acaba la broma? ¿Y la mami? No lo haces mal, pero no hay color. Sí. Que descubriera la farsa. Y no crean. Que yo pienso como él. Soy un sucedáneo.
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Y aquí estoy. Mirando el reloj. Contando los minutos. Esperando a que llegue a casa. Mi soledad y yo.
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Como el título de aquella canción. Qué horror.

Ha merecido la pena

Llamaron a la puerta. Cuando me quise dar cuenta ya la tenía enfrente. Llevaba en la mano un dibujo. En la cara su sonrisa picarona. Felices vacaciones, jefe. Aún faltaba una semana para acabar las clases. Quizás el tiempo se percibe de una forma diferente con un cromosoma más. La vida, seguro. Por eso ella siempre sonríe más que nosotros. Qué lista que es.
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Ayer fue su último día en el colegio. En septiembre marchará a un centro especial. Celebró su fiesta. Globos. Música. Danzas. Lágrimas. Muchas. De todos. Mirándola, dudamos que fuera consciente que aquello era una despedida. Sus compañeros, sí. Los veíamos bailar desde fuera. La integración tiene que ser algo parecido a eso. Hacerla sentir una más.
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Acaba un curso duro. Complejo. Extraño. Histórico, por desgracia. Hubo quien no tuvo claro abrir los colegios. Quien consideró que se nos ponía en grave riesgo. Puede ser. Pero esto no iba de nosotros sino de ellos. De tantos niños como Gloria parados en casa durante meses. Desubicados. Encerrados.
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Sólo por abrirles las puertas, todo ha merecido la pena.

El anillo

No creemos en los malos presagios. Pero estuvimos a punto. A meses de casarnos el salón entró en concurso de acreedores, los sacerdotes cambiaron de destino y el piso no llegaba a tiempo. Por eso no nos sorprendió que a media hora de la boda empezara a diluviar. Tampoco que la primera noche en NYC sonara la alarma de incendios. Cuando mi Santa perdió el anillo ya nos entró hasta la risa.
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En una esquina de la plaza de San Pedro hay una pequeña puerta. Pasa casi desapercibida entre tanta magnitud. Es la casa del Dono di Maria. La fundó la Madre Teresa a petición de Juan Pablo II. Cada día cientos de pobres, sin techo y desamparados acuden allí. Los hombres para acceder a su comedor social. Las mujeres a una pequeña casa de acogida. Todos en busca de ayuda y consuelo.
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Visitábamos Roma junto unos amigos para ver a aquel sacerdote cambiado de destino. Los domingos celebraba con las mujeres del Dono di Maria. Nos invitó a participar. A las guitarras les faltaban cuerdas. Poco importó. Hubo lágrimas. Suyas y nuestras. Mucha emoción. Mi Santa llevaba un nuevo anillo, sin bendecir. Renovamos nuestros votos rodeados de aquellas mujeres excluidas. Sonrieron. Aplaudieron. Gritaron “Bacio, bacio”. Que se besen.
Me gusta pensar que ellas también nos bendijeron.
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Hoy cumplimos diez años de casados.
Miro su mano y aún lleva el anillo.
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Debe ser buen presagio.