Categoría: LA BUENA NUEVA

Unidad común

Mi entrada fue silenciosa y humilde. Andando por el solitario patio escuchando sólo el crujir de la grava bajo mis pies. Conforme me acerqué a la puerta de la capilla, sentí que aquello era especial. Posiblemente, muy parecido a como debió ser aquella última cita: entrando discretamente, en un cenáculo alejado de las miradas y participando en pequeña comunidad.

Fue el pasado Jueves Santo. Cuando tuve la fortuna de participar de dicha celebración en el Convento de las Dominicas de Torrent. Acostumbrado a las grandes liturgias, a los boatos de los días señalados, revivir la última cena, con no más de cuarenta personas, se convirtió en un pequeño baño de cercanía.

Aunque no era la primera vez que visitaba el convento, no pude dejar de fijarme en los casi imperceptibles gestos entre las hermanas. Ciertos detalles que me hicieron recordar como vivían las primeras comunidades cristianas: “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración. Un grupo de creyentes que tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común”.

Y, la misma reflexión, me llevó a pensar qué necesario es fomentar la vida en comunidad en nuestra sociedad. Nunca tuvimos tanto mundo en nuestras manos pero, curiosamente, nunca hubo tanta gente sola. Pero, no crear comunidad sólo en nuestras parroquias, sino también en barrios, colegios, asociaciones y con nuestras amistades. Un espíritu de unidad común. De compartir nuestras vidas.

Y lo meditaba, justamente, en el lugar donde, cada Navidad, cerca de cien familias de ENS nos reunimos para compartir un momento de oración juntos y, al finalizar, encontrarnos cara a cara con las hermanas, para intercambiar el hermoso gesto de rezar durante todo el año, con intenciones personales y concretas, los unos por los otros.

Y formamos comunidad. Unidos por algo en común: nuestros rezos.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1326 de Paraula.

El camino difícil

Los rivales eran muy duros en la categoría de mejor actor principal en los Óscars de 1998. Artistas de la talla de Tom Hanks, Nick Nolte o Ian McKellen eran palabras mayores. Aunque finalmente la estatuilla la acabaría recibiendo el histriónico Roberto Benigni por la “La vida es bella”, yo siempre creí que la mejor interpretación era la de Edward Norton en “American History X”.

Su historia narraba la redención de un violento neonazi estadounidense quien, tras su paso por la cárcel por el asesinato de dos afroamericanos, decidía virar el rumbo de su vida y empujar con él a su joven hermano embarrado en sus mismos prejuicios de raza.

Derek Vinyard (así se llamaba el personaje) decide escoger el camino más difícil, el de reconocer su error, el del sacrificio para conseguir la salvación (¿Les suena a algo la historia?). Porque, no nos engañemos, el camino fácil todos sabemos recorrerlo. ¿Pero qué ocurre cuando nuestras creencias nos hacen nadar contracorriente?

Toda esta reflexión me saltaba a la mente en los días posteriores a la masacre del semanario satírico francés Charlie Hebdo. Me resistía a que el miedo y la desconfianza me venciera. Sentía que hacer el mal era relativamente fácil. Daño sabemos hacer todos, pero lo difícil es aquello de la otra mejilla.

Sé que el tema de fondo es muy complejo, lleno de aristas, que el mundo islámico debe poner mucho de su parte, pero, como el personaje de “American History X”, el primer paso debe ser reconocernos unos a otros como seres humanos, olvidando los prejuicios de raza o religión. Mientras nos veamos como realidades diferentes no habrá camino de la paz.

Decía Teresa de Calcuta que la paz comienza con una sonrisa.

No se la nieguen a sus vecinos musulmanes.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1317 de Paraula.

Guitarras de cuerdas rotas

Es una puerta pequeña. Casi imperceptible al ojo humano. Silenciosa, rodeada entre pilares inmensos. El número 9A de una de las esquina de la plaza del Santo Oficio, en la Ciudad del Vaticano. Allí se encuentra el Dono di María, un centro de acogida de las Misioneras de la Caridad fundado en 1988 por la Madre Teresa de Calcuta. Fue tras una viaje a Calcuta cuando Juan Pablo II recogió su petición de que los pobres tuvieran una casa en el corazón de la Iglesia.

Hace apenas algunas fechas, tuve la suerte de volar hasta Roma para encontrarnos con un sacerdote amigo junto a un grupo de matrimonios. Nunca había visitado la ciudad eterna. En apenas 48 horas, viví un raudo tour emocional por sus caóticas y melancólicas calles. Pero, entre tanta piedra milenaria, entre tanta magnificencia, el viaje quedará marcado en mi corazón por esa pequeña puerta en pleno centro de la cristiandad.

Nuestro amigo, enviado por la Diócesis de Valencia para ampliar su formación, acude allí semanalmente como voluntario a dar alimento y aliento a los indigentes y a celebrar la eucaristía con las mujeres acogidas. Mujeres destrozadas, heridas, apaleadas por la vida, casi deprendidas de su condición humana.

Ante las personas a las que pone su foco el Papa Francisco, ante las que D. Antonio Cañizares nos ha recordado que “hay que llevar la buena noticia”, ante las que yo tenía olvidadas, ante esas mujeres, yo sentí vergüenza de mi mismo.

Ellas no paraban de darnos las gracias por estar allí, por acordarnos de ellas en medio de nuestra cómoda vida, por amenizar su eucaristía con unas guitarras con un par de cuerdas rotas.

Qué metáfora. Como sus propias vidas. Que han perdido muchas cuerdas.

Pero aun hay alguien que las hace sonar.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1305 de Paraula.

Carlos, Antonio

Queridos Carlos y Antonio, como sé que leerán estas líneas, permítanme que les interpele directamente, como si los tuviera enfrente, como si esta humilde columna fuera una conversación real, las palabras de cualquier ciudadano a pie de calle. Eso sí, guardaré las formas. El trato será de usted, un uso cada vez más olvidado, como si la cortesía y la cercanía estuvieran enfrentadas.

Querido D. Carlos, qué lástima que marche a nuevas misiones. No es ninguna sorpresa para nadie que había una gran conexión entre usted y la Diócesis. Hemos crecido juntos. Por eso es una bonita despedida. Con cariño, con satisfacción, con media sonrisa, como confesaba hace pocos días en el Encuentro Diocesano de Profesores: “Os quiero mucho, me siento muy querido por vosotros, me está costando irme porque me habéis dado mucho, rezad por mí”.

Querido D. Antonio, bienvenido a su casa. Sabe mejor que nadie que esta Diócesis es viva y rica, con mucho por alcanzar pero con muchas manos para trabajar. Sea usted el primero de todos nosotros en esa misión. Que tengamos una Iglesia Valenciana que sea contemplativa y activa, que hable de igualdad y justicia, de suma de carismas, que prime, ante todo, el respeto a la persona.

Pero, no crean, nosotros también tenemos parte en esta nueva historia. Los laicos tenemos, posiblemente, el papel más importante. Hemos de dar un nuevo paso enfrente. No sirve sólo que el Papa Francisco hable de los pobres, toda la Iglesia debe hablar de los pobres.

En el Encuentro Diocesano de Profesores, D. Carlos nos recordaba que “hemos de devolver el rostro al ser humano, que, cuando no hay metas, el ser humano está desorientado y ayudarlos a encontrarlas y a crecer está en nuestras manos”.

Empecemos ya. Carlos, Antonio, usted y yo.

NOTA: Artículo destinado, originalmente, para la edición impresa Paraula, pero por falta de espacio ha quedado publicado en su edición digital.

Elogio de la metamorfosis

Hace unas semanas, el Arzobispo, durante la presentación del Itinerario Diocesano de Evangelización, para argumentar por qué anunciar por las calles “la alegría del evangelio” reconocía que “estamos en una nueva época que está naciendo y hay que poner cimientos buenos para que resista”.

Nueva época, nuevos tiempos, nueva era. El sociólogo y filósofo francés Edgar Morín, en 2010, en lo más crudo de esta crisis económica y existencial, escribía “Elogio de la metamorfosis” donde hablaba del concepto de metamorfosis como respuesta evolutiva más adecuada que la revolución. En las crisis mundiales, al tiempo que actúan las fuerzas desintegradoras, las generadoras despiertan.

Para muchos cristianos, la sucesión papal simbolizó ese renacer, ese despertar silencioso en cada uno de nosotros. Morín lo explica así: “todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida. Estas iniciativas no se conocen unas a otras; ninguna Administración las enumera, ningún partido se da por enterado. Pero son el vivero del futuro”.

Aprendamos de esta lección. La metamorfosis ha comenzado. Cada mañana, cuando se levanten, intenten pensar en lo mucho y bueno que nos espera y en la necesidad de ir a buscarlo. De transmitirlo. Ya. Sin dilaciones. Anunciar la Buena Nueva, no es una actitud novedosa, siempre ha estado ahí, sólo que, entre tanto ruido, hemos olvidado transmitirla.

Está en nuestras manos buscar y construir el futuro. Estamos tan ofuscados con los indicadores negativos que no vemos los positivos y, lo peor, nos paralizamos.

No hagan caso sólo a las malas noticias y busquen las buenas.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1294 de Paraula.