Categoría: LA BUENA NUEVA

Publicidad y anuncio

El Papa Francisco sueña, quiere ver una Iglesia encaminada por la senda “de una conversión pastoral y misionera”. Con la exhortación “Evangelii gaudium” nos invitaba a airearla, abrir sus ventanas y puertas, salir de ella con un cambio de actitud. Transformar estructuras, estilos y lenguajes para evangelizar y no sólo autopreservarla.

Como era de esperar, monseñor Carlos Osoro no se ha quedado quieto y ya ha concretado ese sueño. Tras el IDR, en enero de 2015 llegará el Itinerario Diocesano de Evangelización. Tres años de revisión interna de la diócesis con el objetivo de mejorar su acción misionera. La pregunta clave será: ¿Cómo ha de anunciar el Evangelio hoy la Iglesia en Valencia?

Igual es por deformación profesional, pero cuando oigo el término “anuncio” me viene a la mente el de “publicidad”. Según la Wikipedia, la publicidad es la forma de comunicación comercial que intenta incrementar el consumo de un producto o servicio a través de los medios de comunicación y de técnicas de propaganda. ¿Nos vale esta definición a nosotros? Inicialmente, no. No vendemos nada. El beneficio no es comercial.

Pero, si atendemos a los principios de la publicidad (atención, interés, deseo y acción), sí podemos extraer lecciones interesantes: si queremos transmitir el Evangelio hemos de llamar, primero, la atención de los alejados, después despertar interés por nuestro mensaje para, así, despertar su deseo de conocerlo a fondo y, finalmente, pasar a la acción de vivirlo en sus vidas.

¿Pero, cómo? Siempre había pensado que la Iglesia no sabe “venderse” adecuadamente, que todo lo que da, su vocación de amor y servicio, no se muestra bien a la sociedad. Pero, no es cuestión sólo de grandes campañas de marketing. Los primeros publicistas hemos de ser nosotros, con nuestras vidas, con nuestra palabra, con nuestro anuncio.

Ya lo dice el Papa, la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1291 de Paraula.

Yo era el otro hermano

No les voy a engañar. Sé que estoy equivocado. Y me lo han explicado una y otra vez. Pero yo a lo mío. Sé que la postura del hermano del hijo pródigo es farisea, de un corazón tocado por amargura y envidia, incapaz de celebrar el perdón de su hermano. Pero, no puedo evitarlo. ¡Vaya, que un poco de razón para quejarse no le faltaba!

Da igual que el Papa Francisco me lo recordara en Paraula: “Si tú vienes con toda tu vida, con tantos pecados, Dios, en lugar de reprocharte, hace fiesta cuando te confiesas”. Que me lo señalara el propio pasaje de Lucas: “Hijo mío, tú siempre estás conmigo y todo lo que tengo es tuyo”. Nada. Me cuesta entender por qué abandonar noventa y nueve ovejas por una descarriada.

Paso la semana rodeado de adolescentes y tengo muy claro que ellos, inconscientemente, tienden a imitar a sus referentes. Y yo soy uno de ellos. Mis actitudes en el aula, tanto positivas como negativas, son asimiladas. ¿Qué hacer con sus malos comportamientos? ¿Cómo reaccionar?

David Trueba, además de ser un magnífico director y guionista, es un hombre de un gran sentido común. Leyendo un artículo suyo acerca del castigo, metía el dedo en mi llaga al señalar que “cualquier psicólogo con dos dedos de frente sabe que castigar a los niños sólo los convierte en imbéciles irresponsables y que lo que debe enseñárseles es la consecuencia de sus errores”.

Libertad, responsabilidad y perdón. Claro. Era eso. Y No lo veía porque, realmente, era yo el otro hermano. Qué ciego estaba. Si sustituyo el enfado por el acompañamiento, si reconocen en mi la bondad, el servicio, el respeto y el perdón, ellos, yo y, por qué no, la sociedad podrá avanzar.

Y así podré recibir con los brazos abiertos al hijo perdido.

NOTA: Artículo aparecido (allá por el mes de mayo) de Paraula.

Estados Unidos, Jerusalén, Tiananmen

“Entrenan por si les ataca Corea del Norte, Venezuela o Cuba, por si una tormenta solar acaba con los aparatos eléctricos o por si la cepa de un virus maligno provoca una invasión zombie. Son las milicias armadas y hay más de un millar en Estados Unidos. Una América violenta, racista, enferma, neonazi, supremacista, odiosa y llena de odio”.

Lo que leen no es ninguna novela, es real. Así lo narra el periodista Jon Sistiaga en su reportaje para Canal + “La América del odio”: la diversidad racial, social y cultural como motivo violento. Paralelamente, como hemos leído en Paraula las últimas semanas, el Papa Francisco, con un estilo radicalmente diferente, en Tierra Santa ha entendido la diversidad, en este caso, política y religiosa, como un motivo de encuentro, de diálogo.

Pero no hace falta viajar tan lejos para hallar violencia. La tenemos bien cerca, en nosotros mismos. Es la que yo llamo violencia de baja intensidad: gritos, insultos, enfados, malos modos, estruendo y caras amargadas. Esta violencia nos rodea diariamente. Ante cualquier problema, error ajeno, ofensa o molestia, reaccionamos como reaccionamos. O sea, mal. Aquello de la otra mejilla, lo olvidamos fácilmente.

Templanza. Siempre me fascinó ese término. Saber respirar, contar hasta tres, relativizar las cosas y reaccionar de manera sosegada, con sentido común. Cómo queremos que el mundo viva en paz si, a pequeña escala, ante cualquier atasco, la impaciencia y el bocinazo nos invade.

Ahora que se cumplen 25 años de aquella icónica instantánea en la plaza de Tiananmen, donde un hombre, cargado sólo con una bolsa de la compra, quieto, firme, detuvo el paso de una columna de tanques hacia una matanza segura; no debemos de olvidar su mensaje: dos no se pelean si uno no quiere.

Cambiemos nuestro rostro, nuestra actitud. La paz comienza por uno mismo.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1287 de Paraula.

La base

Albert Casals tiene 20 años, una gran inteligencia, mucho desparpajo y una extraña tendencia a colorearse el cabello. Albert, además, se mueve en silla de ruedas causado por el fuerte tratamiento que curó su leucemia cuando sólo tenía cinco años. Pero, pese a esta circunstancia personal, nada le ha impedido hacer realidad su sueño: viajar por todo el mundo. Y hacerlo a su manera: sin dinero, sin compañía y sin equipaje.

Aunque ya conocía su historia, recientemente pude visionar “Món petit”, el documental que acompaña a Albert Casals en su reto más ambicioso: llegar a un remoto faro de Nueva Zelanda, justo el punto más lejano de su casa, con treinta euros, su imaginación y su coraje. La cinta, mezclando autofilmación con testimonios, nos muestra su personalidad, filosofía de vida y la manera de educar de sus padres.

Sus padres. Antes de pulsar Play, previsualicé en mi mente una película donde el protagonista era el valiente viajero de silla de ruedas. Pero, cuando apreté Stop, mi héroe personal ya era su padre, Álex Casals. Cuando brota la enfermedad, lo deja todo por su hijo. Se convierte en su profesor, su educador, su amigo, su ánimo diario. Se sobrepone a su propia tristeza y se lanza al desafío de ayudar a su hijo a construir sus propias herramientas para ser feliz.

Cada día, en cada hogar, los padres se desviven por sus hijos. Este sacrificio, tan natural pero tan extraordinario, pocas veces es reconocido por nosotros, los hijos. Y, su transmisión de valores y fe, es esencial. El propio Jesús fue niño. Tener un padre y una madre que le quisieron y educaron no fue una elección casual.

Los profesores o educadores no son sustitutivos de la familia. La base, el mejor entorno para crecer y formarse como persona, es un padre y una madre.

No lo olviden.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1278 de Paraula.

La lista Forbes

Forbes, además de ser una interesantísima revista económica, protagoniza también anualmente la lista de las personas más ricas del planeta. Hace pocos números, su portada nos anunciaba los 100 españoles más ricos y, en sus páginas, podíamos leer nombres con fortunas que alcanzan desde los 350 a los 47.600 millones de euros de patrimonio.

Paralelamente, Cáritas presentaba su VIII Informe del Observatorio de la Realidad Social donde denuncia que la pobreza severa (es decir, subsistir con menos de 307 euros al mes) ya afecta a tres millones de personas en España, el doble de los que malvivían en esta situación en 2008. De hecho, Cáritas actualmente atiende ya a cerca de dos millones de personas al año.

Por desgracia, el mundo sufre de la misma desigualdad. Oxfam Intermón ha criticado que 85 individuos acumulan tanta riqueza como los 3.570 millones de personas que forman la mitad más pobre de la población mundial y que la mitad de la riqueza está en manos de apenas el 1% de todo el mundo. 

Ricos y pobres. La eterna injusticia. Porque, aunque la codicia pueda parecer más sangrante en los multimillonarios, el resto de los mortales, la clase media y alta, no podemos lanzar la primera piedra. Dejar las monedas que nos sobran en una bandeja no requiere sacrificio. Y ahí está la clave, en luchar contra nuestra propia riqueza, no contra la pobreza. De nada sirve ser filántropos si nuestra vida no se resiente.

En estas semanas misioneras y de campañas de Manos Unidas, escuchando los muchos testimonios que han protagonizado la Cena del hambre, seguro que se han sorprendido al conocer como los niños de las zonas más pobres del mundo, pese a todo, sonríen y comparten.

Si ya lo decía San Agustín, no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.

NOTA: Artículo aparecido en el número 1274 de Paraula.