Categoría: Proyectos

Diario de una casualidad

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Me gustan las casualidades, aunque no las llame así. Están ahí, rodeándote, jugando contigo, dándote pistas, emitiendo señales. Hasta que se dignan a aparecer. Y lo unen todo. Y dejas de creer en ellas. Porque todo parece cualquier cosa menos casualidad.

 

20/10/16

Existe una programación preparada para las tutorías. Es muy buena, pero, normalmente, toco una interpretación libre. Aprovechando que hemos de hablar sobre la imagen personal, he proyectado una pequeña trilogía espaciada en el tiempo: cómo me veo a mi mismo, cómo me muestro ante los demás y cómo me importa lo que piensen los demás de mi.

Sólo tengo clara la primera sesión. A partir de ahí, espero que mi instinto no me falle. Una me debe dar paso a la siguiente.

03/11/16

Igual que la primera, la segunda ha salido moderadamente bien (concluyendo con este cortometraje). Pero no estoy del todo contento. Algo falla en las conexiones. Y quiero cuadrar bien el círculo.

23/11/16

Quedan doce horas y sigo dándole vueltas a la tercera sesión. Pero no acabo de encontrar el macguffin. Un artículo sobre las sobreactuaciones ante la repentina muerte de Rita Barberá me ha mandado una señal. No sé por qué, pero he recordado haber leído en alguna parte que uno de los nuevos capítulos de Black Mirror se centra en una sociedad donde la base es una red social con la que los seres humanos se puntuan entre ellos. Lo acabo de ver y me gusta, cuadra, pero necesita de un golpe de efecto antes. No sé aun cual.

24/11/16

Qué musas, ya me han visitado las casualidades. Me he levantado con una conversación en Twitter entre un amigo y Eugeni Alemany sobre ese mismo capítulo. Les he hecho mi aportación y me han descubierto que existe la ficticia aplicación como parte de la promoción. Me han sugerido usarla para iniciar la última sesión. He hecho a mis alumnos puntuarse entre ellos y, luego, hemos visto el capítulo. Lo he aderezado con un poco de mi show del profesor y todo ha funcionado como un reloj. Se han quedado impactados. Con muy mal rollo y mucha reflexión: Jo no vuic ser com ells, menuda merda de societat, què mal em cauen tots, per a què val que et puntuen si no eres feliç…

Hoy yo sí soy feliz.

Espero que me pongáis muchos likes.

Entre las sombras (2)

Era demasiado tentador como para no volver a intentarlo. Pero, esta vez, de forma premeditada: tratar de capturar el alma de #SaleElSol únicamente entre bambalinas. Y me dediqué a moverme entre las sombras disparando desde un móvil medio roto. Como en su primera parte, buscando el proceso de creación, el lado humano, las interioridades.

No son las mejores imágenes, ni las más hermosas, ni las más precisas.

Pero les juro que son verdaderas.

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6 octubre. Recordando. Reconfigurando.

 

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13 octubre. Empastando el coro.

 

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20 octubre. Algo no suena como toca.

 

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23 octubre. Fábrica. Desde las tramoyas.

 

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23 octubre. Solistas. La nota exacta.

 

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23 octubre. Entrada. Canta el pueblo.

 

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1 de noviembre. Coreografía. Sale el sol.

 

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5 noviembre. Reestreno. Intermedio. Montando las barricadas.

 

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6 noviembre. Una hora para empezar.

 

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6 noviembre. Introducción. ¿En francés?

 

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8 noviembre. Más ensayos. Más ajustes.

 

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11 noviembre. Escenario vacío. Silencio.

 

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11 noviembre. Calentamiento. Consejos.

 

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14 noviembre. Aplausos finales.

 

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14 noviembre. Aplausos finales. Banderas.

 

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15 noviembre. Fin. Abrazos. Tened fe.

 

 

Deixeu-me marxar

Foto2

18 anys. Tota una vida, amics. La que va des del naixement a la majoria d’edat. En eixes estan Els Comilitons. Enguany complint 18 anys a la festa. Encara que no ho aparenten, ja no són uns crios. Quantes històries, vivències i aventures durant este temps. Però, mireu-los. Continuen fartant, rient, planejant bogeries i obstinats en viure a la seua manera. No canvien. Poden dir orgullosos que, arribats a la majoria d’edat festera, gaudeixen de bona salut. La veritat és que el seu sistema vital funciona. Però tot no és perfecte. No. Hi ha un punt fosc.

Sí. Sóc jo. Jo sóc eixe punt negre.

Em presentaré. Hola. Sóc el traje de faena. Sí, sí, aquell tot negre amb caputxa i escut daurat. Què tal, encantat. Ací, on em veuen, també tinc 18 anys. He crescut amb ells. El problema és que, amb les vestimentes, deu passar com amb els gossos, que un any val per set. Estic major. Molt. He de tindre, aproximadament uns 126 anys. No sé vostès com ho veuen. Però, jo, vist el pas del temps, vist el meu estat, necessite una jubilació. Però ja.

Perquè l’edat es nota. Igual en els més recents no, però, en els antics… Ay, mare. Se’ls cau la creu a trossos! O està tan descolorida que és blanca! Una vergonya. Hi ha fins quatre o cinc tipus de creus. I, tot açò, obviant que les primeres generacions que, per això de no calfar-se el cap, ni es mesuraren. Com ho escolten. Simplement, feren talles estàndard, com si estiguérem al Zara. I així els queda. A uns llarg i a altres curt. I, de tela, més calorosa no puc ser. No tingueren ni la dignitat de fer-me fresquet.

Quin poc trellat. Els primers anys ho entenia. La joventut i la falta de diners tot ho aguanta. I, jo, tenia l’esperança que quan arribaren les capitanies i alferecies em retiraren amb honors. Totes les filaes i comparses han aprofitat sempre per a renovar vestuari. Però ells no. Ja saben. Tenen la seua manera de fer les coses. Per què actuar com la resta? No. Al seu puto rollo. I, val, tinc un germà major més guapo i lluidor per a l’Entrada, però, a mi, res. Continue igual. Fent-me major i deteriorant-me públicament davant tota Torrent. Quina vergonya.

A fer la mà. Tinc que proclamar-ho públicament. Comilitons, no puc més. Estic vell i gastat. Ja està bé, collons. Per favor, retireu-me. L’any que ve vos toca Capitania, tingueu sentit comú i renoveu el vestuari. Poseu-se guapos i fresquets. Sé que ha arribat la meua hora. Ho assumisc amb dignitat. Però la decisió és només vostra.

Tingueu clemència.

Deixeu-me marxar, per favor.

NOTA: Artículo aparecido en el Llibre de Festes de Moros i Cristians de Torrent 2016

MEMORIAS DE UN VIEJO CAMPAMENTERO (7-9)

7. SEÑOR ALCALDE

En cada campamento había unos “clásicos” cada verano. El sketch de presentación del nombre del grupo la primera noche, el asalto al castillo, la luciérnaga, los cantos al atardecer, el festival de la canción, las olimpiadas, el rally guarro… y la elección del alcalde. Daba igual el tema del campamento. Daba igual que fuera sobre cuentos, épocas históricas, Harry Potter o una aldea gala. Daba igual. Siempre había unas elecciones y un señor alcalde. Ahí sí se montaba el lío. Primero, porque todos queríamos ser candidatos. Las primarias dentro del grupo estaban llenas de puñaladas, pero, una vez claro nuestro líder, íbamos a muerte con él porque todos queríamos ganar. Ríete tú de las campañas actuales. Nosotros sí que dábamos espectáculo: promesas electorales a cascoporro, carteles llamativos, cánticos pegadizos, mítines explosivos… Vendíamos si hacía falta a nuestras madres por ganar. Todo valía. Queríamos la alcaldía. El premio no era cualquiera: el alcalde y su grupo, además de privilegios reales, podían aprobar nuevas leyes campamentiles que debíamos sufrir los demás. Podéis imaginaros como eran las noches electorales. Frenéticas. Años después, como educadores, aprovechando la visita del Papa Benedicto XVI a Valencia, le dimos una vuelta de tuerca y, para darle vacaciones, elegimos nosotros a un papa suplente con cónclave y fumata blanca incluida. Parecía más la elección de Mister Campamento que otra cosa, pero el momento de su proclamación fue muy emocionante. Aunque nunca más se supo de este papa temporal. Quizás se marchó de día sabático…

 

8. EL DÍA SABÁTICO

El día sabático era el complemento perfecto a la estrellada de grupo. Porque, no nos engañemos, si sois de los que pensáis que, en las estrelladas, mejor con los amiguitos juntándoos con otros grupos, es que no tenéis espíritu de campamento. Eso es así. La gracia no está en juntarte con los de siempre sino en descubrir al que no conoces. Y eso sólo era posible conviviendo, haciendo piña, formando equipo en esos momentos. El día sabático tenía sentido cuando los campamentos eran más largos. Simplemente, después de desayunar te marchabas con tu grupo lejos de todo lo conocido y volvías después de cenar, directos a acostarte. Todo lo demás (cocinar, reunión, oración, juego…) lo hacías con tu equipo. Y no lo dudéis. Cuando volvíamos de ese día-aislados-pero-juntos los lazos entre todos los miembros del equipo habían aumentado. Marchabas como compañeros y volvías como amigos. Una de las curiosidades de ese día sabático era hacerte la comida. Recordad que, por aquella época, estaba permitido hacer fuego. El menú estaba compuesto de un huevo y una patata. Cogías leña, preparabas las brasas, hacías un agujero a la patata, la vaciabas por dentro, metías el huevo y lo envolvías con papel de plata. Si eras hábil, al rato tenías una riquísima patata asada, a lo Fosters, con un huevo frito dentro. Yo nunca lo conseguí. Me daban igual estas pequeñas derrotas. Yo no cambiaba mis campamentos por nada del mundo…

 

9. Y UNA PEQUEÑA CONFESIÓN PARA ACABAR

Porque, hacedme caso, disfrutad de cada minuto del campamento. Nunca más volverá. Cada campamento es único e irrepetible. Os haré una pequeña confesión: cada mes de julio sigo echándolos de menos. Es una melancolía feliz, sin traumas, pero lo echo de menos. Mucho. Como educador, a tu equipo de educadores, tus amigos de aventura; pero, como niño, a todo. Porque, cuando eres niño todo es increíble, mágico. Es cierto que lo magnificas todo, pero es porque todo es magnífico. No te importan las incomodidades (¿Sabéis lo que es te que cagar en letrinas, de pie, sin taza?), dormir de cualquier manera (Teníamos tiendas con dos puertas o, incluso, militares donde cabíamos 50 personas), el friki del grupo (que, igual, luego, podía acabar siendo tu mejor amigo), que te emparejen con quien no quieres (¿Aun elegís pareja para el baile de la última noche?), las lentejas (¿Por qué? ¿POR QUÉ???), pelar patatas (salvo que estuviera permitido lanzarlas con fuerza al barreño y salpicar), las sofocantes marchas (eso, en Pirineos, espero que no os pase), los insectos (vaya, se me ha quedado en el tintero hablaros de esa especie llamada “cortapichas”), el Festival de la Canción (¿Por qué? ¿POR QUÉ???), el plato abollado, esperar para fregar, las moscas, los botijos, llevar gorra y cantimplora, las cacas de oveja, los castigos de recoger piedras, el tándem fideos-hervido para cenar, la pintura de dedos… Daba igual, cuando llegabas a casa, las historias que contabas eran tan, tan, tan im-pre-sio-nan-tes, que todo lo demás no existía.

Disfrutad de cada instante del campamento. Y nunca lo olvidéis. Y convertiros más tarde en educadores. No os arrepentiréis.

A mí me cambió la vida. Feliz vuelta a casa.

 

NOTA: Último capítulo de la serie de artículos publicados en el periódico ficticio que se está publicando cada mañana, ahora mismo, en el campamento del Movimiento Juvenil de la parroquia de La Asunción de Torrent. Son nueve artículos apresurados, escritos para adolescentes, pero muy sinceros. Son consecuencia de muchos años de campamento y  muchas ganas de contar batallitas.

Memorias de un viejo campamentero (4-6)

4. EL TELÉFONO A PASOS

Qué suerte tenéis, bandidos. Aunque, el móvil está semiprohibido en los campamentos, vuestra conexión con el mundo es ahora tan instantánea que no sabéis lo que es tener que hacer cola para llamar o, oigan, pagar con monedas. Cuando yo era niño, cuando ibas de marcha por aquellos pueblos de Dios (con las llaves puestas en la puerta, sin piscina, con un único bar), si querías en un momento de despiste de los educadores llamar a casa debías buscar una cabina o, en ese mismo bar, mientras sonaba de fondo el Tour de Francia, llamar en un teléfono a pasos. Los únicos que recordarán ese invento serán Diego y las cocineras. Era como un taxímetro pero contando segundos telefónicos. Chaval, has gastado cinco pasos, son cincuenta pesetas. Antes no estábamos hiperconectados. Muchos de los amigos y, ejem, amigas del campamento, no los volvías a ver hasta septiembre. Ni fiestas, ni Barrejat, ni cena de campamento. El vacío. Por eso se lloraba tanto el último día de campamento. Eso sí era una despedida. Te pasabas los meses siguientes recordando cada conversación, cada vivencia y leyendo y releyendo lo que te habían firmado en el cancionero. ¿Aún os lo firmáis? También existían las cartas. Si recibías una en agosto te saltaba el corazón. Bueno, supongo. Yo nunca recibí ninguna. Mis amores veraneaban en El Vedat y rondábamos los chalets. Enamoraros en el campamento, es lo mejor que os puede pasar. Esa chispa, esa electricidad es diferente a las demás. ¿Por cierto, sabéis que hace, mucho, mucho tiempo, íbamos de campamento sin luz eléctrica?

 

5. QUÉ ELECTRICIDAD

Es cierto. Lo prometo. Un par de años lo viví. Ir de campamento sin luz eléctrica. Lo pienso ahora y no me lo creo. Cómo nos apañábamos. Pero la verdad es que tampoco la necesitábamos. Con poco nos apañábamos. Ese poco se llamaba “gas”. Lumigas para alumbrarnos (dos o tres en el comedor), gas butano y ruedos para cocinar y nevera a gas. Todo a gas. Los camiones de butano no llegaban allí, así que el intendente debía comprarlo en el pueblo y transportarlo en coche. Como niño que se te rompiera la linterna era un drama. Estabas incapacitado para vivir la noche campamentera mientras no hubiera luna llena. Todo esto fue en Vizcota y los campamentos anteriores. Lugares donde había bombas para tener agua corriente, donde la basura era un servicio porque… ¡Se quemaba! Luego ya emigramos hacia otros lugares y descubrimos el motor a gasolina. Era lo último que se hacía antes de dormir. Los educadores, después de la reunión y la tertulia (qué recuerdos, ojalá algún día seáis educadores para vivirlo, yo aún lo echo de menos), en función del agotamiento, iban desfilando hacia las tiendas y el último debía apagar el motor. Realmente era “ahogarlo” porque el interruptor estaba apagado. Yo siempre fui de los que apagaba el motor. No tenía prisa por acostarme. Además, cuanto más tiempo tardabas más dormido estaba el personal para que el Zorro actuara…

 

6. EL ZORRO

Decidme que aún existe. Que aún se juega. Que esta anécdota la vais a leer por encima porque, vaya, no es ninguna novedad. Yo siempre quise ser el Zorro. Pero no pude hasta que fui educador. Se hacía todos los años. A mitad de campamento (recordad que estamos hablando de catorce días), los educadores escogían un niño como el Zorro del campamento. Este, con la ayuda de los educadores (las “Garras”), iba haciendo “travesuras” (Diego no me dejará utilizar palabras peores) cuando nadie le veía mientras dejaba pistas sobre su identidad y bromeaba de todo. Entrabas en paranoia. Desconfiabas de todo y todos. Quién será, te preguntabas. Incluso había una versión más hardcore, divertida y pilla-rollos donde con una pegatina te eliminaban. Hoy hay juegos parecidos llamados “El Killer o “El beso de Judas”. La cuestión es que, poco a poco, el cerco se iba cerrando y, finalmente, zasca, se descubría el pastel. Venía, entonces, la segunda parte de la historia: el juicio. Y juicio a lo grande. Con juez, testigos, pruebas, abogados defensores (educadores), fiscales (niños) y veredicto. Al final, después de mucho polemizar, se le condenaba a Zorro y Garras a sufrir ante todo el campamento. Poalaes, pellizcos, pasta de dientes, barro, ropa al revés… todo valía para que pagara por sus culpas. Pero, no nos engañemos, todos en el fondo queríamos ser el Zorro, igual que también aspirábamos a ser el Alcalde.

 

NOTA: Artículos publicados en el periódico ficticio que se publica cada mañana, ahora mismo, en el campamento del Movimiento Juvenil de la parroquia de La Asunción de Torrent. Son nueve artículos apresurados, escritos para adolescentes, pero muy sinceros. Son consecuencia de muchos años de campamento y  muchas ganas de contar batallitas.