Categoría: Artículos

A tu novia

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Nos sentíamos un poco como el que se cuela en un club privado. Pero, allí estábamos, en la playa de Valdevaqueros, disimulando, fotografiando a los modernos haciendo kite. El verano pasado, cuando iniciamos la road movie por la costa de Cádiz, Tarifa siempre había estado marcada en rojo. Alcanzar la frontera imaginaria entre Atlántico y Mediterráneo. Vislumbrar África a lo lejos. Hacernos pasar por surfistas. No éramos tan guapos ni morenos, pero actitud no nos faltaba.
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¿Perdona, nos haces una foto? Cuando quise girarme ya estaba atrapado por tres treintañeras largas que jugaban a ser veinteañeras. Estas me han visto con cámara y ya se creen que soy profesional. Mi Santa, como si no fuera con ella, se apartó un par de pasos. Quería reírse a distancia del gañán. Mira, así nos gustaría la foto: tumbaditas, de espaldas, que se vean difuminados los kitesurfs. Luego probamos también con las piernas hacia arriba. Ayer es que nos la hizo una chiquilla, pero era demasiado joven. Vaya. No me atreví a preguntarles por mi edad.
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El book fue bien, aunque me sentí un poco Alfredo Landa. Quedaron satisfechas. Iban a lucir un buen postureo en Instagram. Me dieron las gracias. Qué artista estás hecho. Ahora le haces a tu novia una igual. A tu novia.
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Hoy hacemos nueve años casados.

Sucedáneos

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Así podría estar yo, como un enamorado, mirando todos los días por la ventana. Esperando a que Rosa abra el cole. A poder escuchar el murmullo de voces. El atasco de los coches. La puñetera bocina del tren. Qué triste es un colegio vacío. Las clases on-line pueden instruir pero no educan. La tecnología conecta pero no acompaña. Como cantaba aquel, son un sucedáneo.
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Tengo curiosidad por saber qué quedó escrito en las pizarras. Como pinturas rupestres están ahora congeladas en el tiempo. La falla también quedó incorrupta en el taller sin ser quemada. Tampoco colgamos los carteles de la jornada de puertas abiertas. Llegaron el último día. Justo a tiempo. Como la taza que me regalaron. Idéntica a otra que ya tenía. Qué más da. Todo quedó por estrenar.
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Para acabar de arruinar mi reputación, a mis alumnos de bachillerato les grabo audios. Como un chalado, les hablo como si estuviéramos todos juntos en clase. Hago todo el ritual: llego tarde, los aparto de la ventana, el vale, vale, respondo a sus preguntas, bromeo, despierto al que se duerme… les doy hasta permiso para ir al baño. Todo con nombres y apellidos. Qué risas me echo yo solo.
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Por unos minutos siento que estoy ahí.

Las magdalenas

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Hace semanas les conté mi tonteo con la chica que me cruzaba en la cocina a la hora del almuerzo. Acabó bien la cosa. Nos hemos confinado para toda la vida. Qué fácil soy. Me ha ganado con repostería y un corte de pelo profesional. Llevamos una convivencia placentera. No le parezco raro. Y no tiene mal gusto para las series. Incluso me ha librado de acompañarla al telepilates. La entiendo. Pierdo el equilibrio con facilidad. Y eso desconcentra.
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Voy al Consum dos días a la semana. Por aquello de la fruta. Fue muy romántico ver a unos novios aprovechando el parking para reencontrarse a dos metros de distancia. El amor clandestino siempre ha tenido su público. Su morbo. Hay quien se fuga los fines de semana usando carros de la compra. Poco se está hablando del festeig en tiempos de coronavirus. Enamorados separados. Menudo título de reality.
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En otra vida, cuando empecé a cortejar a mi Santa la tecnología era diferente. Eran tiempos de saldos y sms. Debías escoger muy bien tus palabras. Dos mensajes ya era de ricos. Luego, sólo te quedaba la llamada perdida de buenas noches. El secretismo a nosotros nos duró poco. Lo justo para, una tarde, romperse la puerta de su casa y quedarme encerrado dentro. Llegaron a la vez el cerrajero y sus padres. Así fue mi presentación oficial.
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Yo creo que nuestra historia acabará bien. A las 20:00, cuando cruza el carrusel de sirenas de policías y protección civil, mientras aplaudimos, le tarareo aquella canción de La Costa Brava: “Y los bomberos en tu honor harán sonar la sirena del camión”.
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Casaos con quien os corte el pelo y os haga magdalenas.

El Jefe

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El primer dia que vaig entrar a sa casa, quan es va despistar, jo ja estava amorrat a la seua orla buscant-lo de jove sense monyo blanc. Què ignorant he sigut sempre. Molts anys després, quan, per salut, s’instal·là definitivament en la residència de València, em va demanar que li traslladara tot el seu arxiu fotogràfic des de Xàtiva. Classificar-lo fou com qui descobreix un tresor.
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Al seu nomenament com a fill adoptiu de Torrent serà l’única vegada que em voran presentar un acte públic. No m’agrada. Com a ell els homenatges. En una inesperada compensació, anys després, vàrem vore junts a l’Habemus Papam de Francisco. Mai oblidaré les seues llàgrimes al descobrir que era un vell conegut.
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Amb tanta carretera, tinguérem temps per a repassar les nostres vides. Sempre li demanava que em tornara a narrar la fugida d’Argentina, la negociació dels pastors de Navalón o quan, un agost, amb la seua germana, va recórrer Espanya amb una vespa i una maleta. Sempre acabàvem tornant al mateix lloc: “Què feliç he sigut a Torrent”.
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Just fa una setmana, estiguérem parlant per telèfon. Tenia el seu to de veu intacte. Vàrem conversar de la vida i la mort, de naixements i defuncions, de voler-se molt.
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Sempre parlava amb alegria del moment de trobar-se amb Déu.

La luz

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Lo confieso, no voy al Consum más cercano. Echo de menos poder escuchar música en el coche. Desconectar. No pensar. Es mi única posibilidad, conducir diez minutos más. Jero Romero ha compuesto dos canciones para mí. Él no lo sabe pero yo sí. En cambio, sé que ya no podré volver a poner “La casa de mis padres”. No más canciones tristes, me suplica mi Santa. Le pido alegres a Alexa y, bailoteando, miramos vinilos para la nueva habitación.
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Al empezar el confinamiento se me rompió una cuerda de la guitarra. Intuí que algo ni iba a ir bien. En un mes nos ha cambiado todo. Y en una semana también. Cuenta Manu Jabois que, una vez, callejeando por Madrid, escuchó a un padre preguntarle a su hijo pequeño en qué pensaba cuando aún no sabía hablar: “Que te quería mucho y no podía decírtelo”. Esa frase me ha dejado temblando. Nunca lo decimos lo suficiente.
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Estos últimos días ni el teléfono ha parado de sonar ni yo de espiar a mis vecinos. Se vislumbra un poco menos de luz enfrente. Me descubro a mí mismo escuchando tras la pared. Palpándola como si pudiera traspasarla. Tratando de descifrar los sonidos. Leo frases y me las apunto, imitándola. Intento tocar el techo como si fuera a llegar más lejos aún. No puedo. No alcanzo. Pero, cuando miro hacia arriba, sonrío.
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Allí sí hay luz. Mucha luz.