Categoría: Artículos

Ha merecido la pena

Llamaron a la puerta. Cuando me quise dar cuenta ya la tenía enfrente. Llevaba en la mano un dibujo. En la cara su sonrisa picarona. Felices vacaciones, jefe. Aún faltaba una semana para acabar las clases. Quizás el tiempo se percibe de una forma diferente con un cromosoma más. La vida, seguro. Por eso ella siempre sonríe más que nosotros. Qué lista que es.
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Ayer fue su último día en el colegio. En septiembre marchará a un centro especial. Celebró su fiesta. Globos. Música. Danzas. Lágrimas. Muchas. De todos. Mirándola, dudamos que fuera consciente que aquello era una despedida. Sus compañeros, sí. Los veíamos bailar desde fuera. La integración tiene que ser algo parecido a eso. Hacerla sentir una más.
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Acaba un curso duro. Complejo. Extraño. Histórico, por desgracia. Hubo quien no tuvo claro abrir los colegios. Quien consideró que se nos ponía en grave riesgo. Puede ser. Pero esto no iba de nosotros sino de ellos. De tantos niños como Gloria parados en casa durante meses. Desubicados. Encerrados.
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Sólo por abrirles las puertas, todo ha merecido la pena.

El anillo

No creemos en los malos presagios. Pero estuvimos a punto. A meses de casarnos el salón entró en concurso de acreedores, los sacerdotes cambiaron de destino y el piso no llegaba a tiempo. Por eso no nos sorprendió que a media hora de la boda empezara a diluviar. Tampoco que la primera noche en NYC sonara la alarma de incendios. Cuando mi Santa perdió el anillo ya nos entró hasta la risa.
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En una esquina de la plaza de San Pedro hay una pequeña puerta. Pasa casi desapercibida entre tanta magnitud. Es la casa del Dono di Maria. La fundó la Madre Teresa a petición de Juan Pablo II. Cada día cientos de pobres, sin techo y desamparados acuden allí. Los hombres para acceder a su comedor social. Las mujeres a una pequeña casa de acogida. Todos en busca de ayuda y consuelo.
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Visitábamos Roma junto unos amigos para ver a aquel sacerdote cambiado de destino. Los domingos celebraba con las mujeres del Dono di Maria. Nos invitó a participar. A las guitarras les faltaban cuerdas. Poco importó. Hubo lágrimas. Suyas y nuestras. Mucha emoción. Mi Santa llevaba un nuevo anillo, sin bendecir. Renovamos nuestros votos rodeados de aquellas mujeres excluidas. Sonrieron. Aplaudieron. Gritaron “Bacio, bacio”. Que se besen.
Me gusta pensar que ellas también nos bendijeron.
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Hoy cumplimos diez años de casados.
Miro su mano y aún lleva el anillo.
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Debe ser buen presagio.

El olvido

A Ramón Folgado lo reclutaron con veinte años para combatir en la Guerra Civil. En el azar de los bandos, a los valencianos nos tocó el republicano. No rechistó. Marchó al frente. En casa no supieron mucho de él hasta que regresó. Sin avisar. Sin pegar un tiro. Sin saber qué hacer en la retaguardia. Sin que lo echaran de menos. Volvió como se fue.
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Cuando tuve edad para preguntarle por ello, mi abuelo ya había perdido la cabeza. Era mucho más divertido que mientras la tuvo en su sitio. Reía mucho. Cantaba. Tenía memoria selectiva. Olvidó el nombre de mi hermano pero recordaba el de su jefe. La fábrica de pipas. Nunca contó mucho de la guerra. Como si la hubiera olvidado. Sólo que huyendo se había encontrado un Quijote tirado en tierra.
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Mi tía era quien más estudios tenía de la familia. Ese prestigio intelectual le valió custodiar el Quijote. Cuando acabé periodismo decidió que yo lo heredara. Una edición de 1935. Tapa rústica. Hojeé por dentro esperando una pista, un papel, una anotación. Fantaseaba con una gran historia detrás. No había nada. Ningún misterio. Sólo un libro antiguo olvidado en una cuneta.
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Olvidar. Me da miedo. A mi abuelo. A mi madre. A los que se fueron. Que olvidemos aquello que provocó guerras. Darnos la mano. Abrazarnos. Que se olviden de mi.
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Quizás, por eso escribo.
Para que tú me leas en el futuro.
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Y me recuerdes.

Gran Hermano

Todo iba fenomenal. Me controlaba las señales básicas. Hambre, sueño, caca. A la vez, me cultivaba una imagen de padre moderno. Nos lo llevamos a conciertos, a almorzar los viernes, paseos, playa, risas. Hasta en Ikea nos vieron. El rey de los stories. Vivía instalado en una nube de felicidad. Hasta que enchufamos la cámara.
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El primer abandono del nido. Aprovechando la Pascua lo hemos emancipado a su habitación. Un pequeño paso para el niño pero un gran drama para su padre. Él no nota el cambio. Mi Santa duerme igual. Pero yo ando con secuelas. De no usar el vigilabebés a vivir enganchado a él, a su reality. Es adictivo. Irresistible no mirar. A veces es un documental de La 2, otras una de suspense.
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Padre helicóptero. Nunca imaginé serlo. Pero aquí estoy. A lo Gran Hermano. Vigilante. Expectante. Demente. Y esto va a ir a peor. Ya me lo avisó el padre de una ex alumna tras alardearle de dormir bien por las noches. Al menos, ahora lo hace a tu lado, en casa. Parezco aquel capítulo de Black Mirror. Una madre, angustiada por la seguridad de su hija, le implantaba un chip para tenerla localizada.
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Creo que voy a buscarlo en Amazon.

El miedo

Íbamos en dos coches para no dejarla sola en ningún momento. Era el momento más duro de la pandemia. Casi milagrosamente habíamos conseguimos que le hicieran unas pruebas. Entrando al hospital se le rompió un guante. Asustada, se puso a llorar. Todos sabíamos muy poco aún del virus. Todo daba pánico.
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Hace un rato me han vacunado. AstraZeneca. No me preocupa tener alguna reacción adversa. La mejor vacuna es la que llegue antes a mi brazo, como decía aquel. Sólo sé que mi Santa el lunes seguirá cara al público sin estar inmunizada. Que a mi padre aún no le ha tocado su turno. Que mi madre no llegó a tiempo.
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La memoria es muy corta.
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El miedo al virus, no a la vacuna.