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El miedo

Íbamos en dos coches para no dejarla sola en ningún momento. Era el momento más duro de la pandemia. Casi milagrosamente habíamos conseguimos que le hicieran unas pruebas. Entrando al hospital se le rompió un guante. Asustada, se puso a llorar. Todos sabíamos muy poco aún del virus. Todo daba pánico.
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Hace un rato me han vacunado. AstraZeneca. No me preocupa tener alguna reacción adversa. La mejor vacuna es la que llegue antes a mi brazo, como decía aquel. Sólo sé que mi Santa el lunes seguirá cara al público sin estar inmunizada. Que a mi padre aún no le ha tocado su turno. Que mi madre no llegó a tiempo.
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La memoria es muy corta.
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El miedo al virus, no a la vacuna.

Sólo la música

Un instante. Breve. Como una desconexión. Delafé brincaba por el escenario y, por un momento, me olvidé del resto. No había nada más. Ni estos meses. Ni la pandemia. Sólo la música. Regresé rápido. Disculpe. Que ni me he dado cuenta. Entiéndalo. Hace mucho que no salimos. Estaba de pie en un concierto. Y ahora no se puede. Cosas de la nueva nueva normalidad.
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Me ocurre a veces. Miro a mi alrededor, veo a todos con mascarillas y aún me sorprendo. La puta. Cómo hemos llegado hasta aquí. Me duele que hace un año que no nos vemos. Observo los retratos que pinta mi padre. No me creo que las dos ya no estén. Me asomo a ver si duerme. No recuerdo bien como era todo antes. Nada parece exactamente igual.
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¿Dónde te apetece que viajemos los tres este verano? Mi Santa me miró extrañada. Quizás porque me cuesta salir. O porque desconfino despacio. O por lo de tres. Otra ruta de playas, sugirió. Un Cádiz por Galicia. Un Náutico. Un concierto. Lo hemos echado de menos. Por eso bailamos con Pep en casa. Escucha nuestra música. Lo estamos entrenando. Él nos mira divertido. Se ríe.
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Qué tontos me han tocado.

La ventana

La luz de sol no alcanzaba allí abajo. Emitíamos desde un sótano. En algún boletín anunciamos cielo soleado mientras una nube traicionera descargaba lluvia. Su arquitectura era peculiar. Había sido sala de exposiciones. Compartíamos baño con el bar de arriba. Los jubilados se despistaban y aparecían por los estudios. Nos calló el techo. Nos dejaron sin salida de emergencia. No tenía ventanas. Pero nos encantaba estar allí. Vivir allí.
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Ayer retomaron las emisiones de manera oficial. Nueve años después. Qué alegría. Tienen un gran equipo y muchas ganas. Esta mañana, escuchando la bienvenida institucional, casi tengo un accidente. Qué risa. Qué desfachatez. Que estamos de enhorabuena ha dicho. Que a dar cabida a todos. Ella que cerró la radio. Que nos hizo dar en directo y presentes el pleno que nos echaba a la calle. Asistimos de invitados a nuestro propio funeral.
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Años después coincidimos en una boda. Me esquivó. Pero yo la saludé. Le dije que casi me hizo un favor. No creo que me entendiera. Pero he ido a mejor. Ahora tengo una ventana en el despacho del cole. Es pequeña. Sólo se ve cielo. Sigo sin enterarme cuando llueve. Pero entra luz. Y no descarto buscarme una más grande.
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Ojalá nunca más vuelvan a cerrar ventanas.
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Feliz día mundial de la radio.

Aunque se empañen las gafas

Suena el timbre. Debería estar cagado. Pero no, no lo estoy. Me asomo. Rugen las fieras. Público real, ahí sentado, diez meses después. Apuesto por dar show. Me presento como profesor nuevo. Hoy es septiembre. Os reís. Se me empañan las gafas. Volvéis a reír. Sóc el tercer d’enguany i, damunt, el pitjor. Però, si no vos agrada, a queixar-se al cap d’estudis. Ja sabeu on tinc el despatx. Todo fluye. Igual que antes. Respiro.
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Llueve fuera. Ola de frío. El virus arrecia. Menudo momento para regresar. Me encuentro a un alumno en batín por el pasillo. Le explico las virtudes del doble calcetín. Me cruzo con Gloria. No me reconoce. Ambos llevamos empañadas las gafas. Proyecto en clase la chimenea de Netflix. No calienta, pero algo es algo. Hoy me han regalado un felpudo. Salimos los tres. Qué bien me siento aquí.
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Por las noches leo la autobiografía de Obama. Le copio una dinámica. Cómo es el mundo y cómo quisieras que fuera. Poc empàtic, egoista, hipòcrita, deplorable, injust, desequilibrat, un asco. Los alumnos son rotundos. Cambio la pregunta. Cómo es tu mundo y cómo quisieras que fuera. Se sienten privilegiados. Tenemos cosas que vemos tan obvias pero que muchos desearían tener. Agua, comida, luz. Otro escribe: si el meu món fora perfecte no tindria cap sentit.
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A mí, estar aquí, me parece bastante perfecto.
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Aunque se me empañen las gafas.

Déjà vu cabrón

Aparece sin más. No avisa. Te coge del pecho, te arrastra y te regresa allí. Déjà vu cabrón, así lo he bautizado. El cerebro. Qué facilidad tiene para transportarte emocionalmente al pasado. Para recrearte recuerdos. Como ecos. Se sirve de cualquier puerta de entrada: una imagen, un gesto, una canción. De revivir se trata. No sé si les ha ocurrido. A mí, últimamente, bastante.

Quienes hayan leído o visto “Patria” encontrarán allí un déjà vu cabrón. Nerea, la hija del Txato, en su despechada visita a Fráncfort, se topa con un accidente y su cadáver. Esa imagen física de la muerte por fin la enfrenta al asesinato de su padre. Aita, aita. Me faltó a mi también gritarlo tras un dolor nocturno del Principito. Me removió entero, ama.

Igual es locura transitoria. Pero ha llegado a ser físico. Sujetarme fuerte la muñeca si me cuentan que alguien se ha roto un hueso. Suena imposible, pero al escucharlo percibo un flash de dolor. Yo me la rompí en pedazos. Como un gilipollas. Caí de una escalera. Subido a un árbol. Vestido de troglodita. Revivo hasta la misma vergüenza.

Recién aterrizado a Xàtiva, como gesto simpático, traje bollos de chocolate a la sala. Del tradicional de Torrent, como los fabricaba mi abuelo o mi tío. Duraron nada. Me fijé en que un compañero, el más bohemio, el más raro, sostenía uno pero sólo lo olía. Finalmente, lo envolvió de nuevo en su papel y se lo guardó. Le pregunté por qué. “Huele a mi infancia”, respondió.

Lo que daría yo ahora por visitar mi niñez.