Categoría: Artículos

La luz

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Lo confieso, no voy al Consum más cercano. Echo de menos poder escuchar música en el coche. Desconectar. No pensar. Es mi única posibilidad, conducir diez minutos más. Jero Romero ha compuesto dos canciones para mí. Él no lo sabe pero yo sí. En cambio, sé que ya no podré volver a poner “La casa de mis padres”. No más canciones tristes, me suplica mi Santa. Le pido alegres a Alexa y, bailoteando, miramos vinilos para la nueva habitación.
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Al empezar el confinamiento se me rompió una cuerda de la guitarra. Intuí que algo ni iba a ir bien. En un mes nos ha cambiado todo. Y en una semana también. Cuenta Manu Jabois que, una vez, callejeando por Madrid, escuchó a un padre preguntarle a su hijo pequeño en qué pensaba cuando aún no sabía hablar: “Que te quería mucho y no podía decírtelo”. Esa frase me ha dejado temblando. Nunca lo decimos lo suficiente.
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Estos últimos días ni el teléfono ha parado de sonar ni yo de espiar a mis vecinos. Se vislumbra un poco menos de luz enfrente. Me descubro a mí mismo escuchando tras la pared. Palpándola como si pudiera traspasarla. Tratando de descifrar los sonidos. Leo frases y me las apunto, imitándola. Intento tocar el techo como si fuera a llegar más lejos aún. No puedo. No alcanzo. Pero, cuando miro hacia arriba, sonrío.
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Allí sí hay luz. Mucha luz.

Loctite

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Tengo una chaqueta por estrenar. Una Harrington. Es muy brit. Muy mod. Dice mi Santa que la lleva con mucho estilo Errejón. También dice que nos parecemos. La recibimos el día antes de empezar el confinamiento. Qué vista. Como el hijo de Berlanga, que inauguró una arrocería en pleno arranque de la crisis sanitaria. Se nos ha quedado todo a medias. Y con banderas falleras. De noche, a escondidas, cuando bajo a tirar la basura, me pregunto quién las quitará. Y cuándo.
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El domingo en el telediario estrenaron una sección delirante: “No pasará hoy”. Los reporteros conectaban más solos que la una en lugares donde debían pasar cosas. Qué guasones. Nos entró la risa tonta en la White House. Al final, la salud es lo que importa, pero tenemos amigos con boda pospuesta, con un traje de paje en una percha, un tío sin mandonguilles de abaetxo y un sobrino emulando procesiones con playmobils. La siguente noticia trataba de los conciertos por Instagram. Y recordé que Wilco actuaba en Valencia en junio. Se me paró la risa de golpe.
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No soy nada supersticioso, pero cuando limpiando el despacho se me resbaló la reina Isabel, antes de ver el desenlace fatal ya pensé “lo que me faltaba”. Oigan, todos tenemos derecho a tener su día pesimista. Cabeza cortada. A la tradición francesa. Sin avisar, la revolución había llegado a la White House y la monarquía abolida. Por suerte, no hay mal que no cure un poco de Loctite.
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Ojalá todo se pudiera arreglar igual de rápido.

El termómetro

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Abro los ojos. Parece agosto pero con nórdico. Será por el despertador este de luz natural con sonido de gaviotas. Qué modernos somos. O por el horario de vacaciones que nos gastamos. Todo una hora más tarde. Como en Canarias. Qué extraño es todo. Como esos 1.800 jubilados que daban la vuelta al mundo en un crucero que ahora nadie deja tocar tierra. Y allí siguen, tomando mojitos en bañador. Unos queriendo volver a sus casas mientras nosotros no queremos salir. Aunque lo deseemos.
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Vivo instalado en una antítesis. Incertidumbre y esperanza. Mi Santa con canciones alegres y yo con melancólicas. Riendo mucho pero con silencio fuera. Intento escribir más. Pienso frases excelentes que luego olvido. Será por leer demasiados whatsapps. No se me cae encima la casa, sino la vida. Ya parezco una canción de Sabina.
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Los fines de semana subo y bajo escaleras como un autómata. Al llegar a la terraza, con sigilo, espío a mi padre fumándose su puro en la terraza. Bajo a ver a mi madre pero no me chivo. Cada uno tiene sus cosas. A nosotros nos ha dado por comer queso. A las ocho al balcón. Ya no sé exactamente qué aplaudo. A todos y a nadie en concreto. Bueno, sí, al vecino que baila desinhibido.
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Estas navidades le regalaron a mi Santa una reina Isabel II de Inglaterra que saluda con toda su graciosa majestad. La hemos colocado en una de las ventanas mirando al piso de enfrente. Para que salude a mis vecinos con alegría. Que falta les hace. Falta nos hace. Funciona mediante una placa fotovoltaica. Si mueve su mano es que hoy toca sol.
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Es nuestro propio termómetro de la vida.

El podcast

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“Tenim que fer un podcast sobre Torrent. Estaria guapíssim”. Una mañana de verano recibí este mensaje. Como siempre, le seguí la corriente a @santi.miquel. Grave error. Al poco, construyendo la casa por el tejado, ya tenía sintonía y “Hotel Lido” como título. También convenció para la causa a @sergiolleig y juntos fabulamos unos contenidos disparatados. Tranquilo, en septiembre lo retomamos. Todo quedó pospuesto por razones laborales y de futura crianza. Lo sabíamos ese día de playa. Le engañamos a conciencia.
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“He connectat l’equip de gravació. Se m’ha ocurrit una cosa molt guapa”. Cuarto día de confinamiento. Otro mensaje, otro podcast. Esta vez por higiene mental personal dije sí. Además, la idea de conectar el cole con sus familias me pareció maravillosa. Ayer salió en el aire el primer “El Pont del Claret”. Pese a los pocos medios y mucha improvisación, parece que ha gustado. Y mira que estoy desengrasado. Y acelerado.
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Mi momento más ridículo en la radio fue subido a un remolque. Siempre fui experto en conectar en lugares inverosímiles. En una cabalgata, me aupé en marcha a la parte exterior de uno e iba entrevistando en directo con el móvil. Era verano. Una señora, pidiéndome balones de plástico que repartían en el remolque, me estiró los pantalones hasta bajármelos. Con dos brazos en mi haber, debía elegir: subírmelos soltando el móvil o cayendo del tractor o seguir con la entrevista enseñando mi ropa interior al mundo exterior. Elegí ser profesional.
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Ahora y siempre, the show must go on.

Las rutinas

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Con lo de las rutinas yo soy un señoro mayor. Si me las tocan o me las mueven de sitio me hacen polvo. Me desubico. Como cuando cambio de supermercado que no encuentro las cosas. Como cuando busco el baño en el Corte Inglés. O cuando en la playa, sin gafas, salgo del mar. Hago como que controlo pero ando perdidísimo.
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Con la cuarentena estoy intentando no perder la rutina. Me levanto a la misma hora, me aseo igual de lento, me pongo ropa de calle, desayuno y le digo adiós a mi Santa. ¡Me voy a Xàtiva! Y me meto en el despacho de la White House. Ella, siguiéndome el rollo como a los locos, me ha dibujado el logo del cole y lo ha pegado en la puerta. Por si me pierdo.
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Curiosamente una de las rutinas que he recuperado es la de comprar el periódico (y el pan) todos los días. No lo hacía desde la universidad. En tiempos difíciles, fuentes fiables. Y pagando por ello, oigan. Que el trabajo creativo también tiene un precio. Es el único momento que rompo el confinamiento. Con mucha precaución. Todo a metro y medio y con guantes. No me sufran. Cantando el cumpleaños feliz con agua y jabón al volver a casa.
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A la hora del patio, paso a la cocina a comerme la manzana. An apple a day keeps the doctor away. A esas horas ya estoy muy metido en mi papel. Allí coincido con una chica. Con nadie más. Su cara me es familiar pero, aún con gafas, no la ubico. También me la encuentro a la hora de comer. Y en el pilates de por la tarde en el salón. Y, vaya, que me está empezando a gustar.
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Que igual le pido de salir.