Categoría: Artículos

Las magdalenas

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Hace semanas les conté mi tonteo con la chica que me cruzaba en la cocina a la hora del almuerzo. Acabó bien la cosa. Nos hemos confinado para toda la vida. Qué fácil soy. Me ha ganado con repostería y un corte de pelo profesional. Llevamos una convivencia placentera. No le parezco raro. Y no tiene mal gusto para las series. Incluso me ha librado de acompañarla al telepilates. La entiendo. Pierdo el equilibrio con facilidad. Y eso desconcentra.
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Voy al Consum dos días a la semana. Por aquello de la fruta. Fue muy romántico ver a unos novios aprovechando el parking para reencontrarse a dos metros de distancia. El amor clandestino siempre ha tenido su público. Su morbo. Hay quien se fuga los fines de semana usando carros de la compra. Poco se está hablando del festeig en tiempos de coronavirus. Enamorados separados. Menudo título de reality.
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En otra vida, cuando empecé a cortejar a mi Santa la tecnología era diferente. Eran tiempos de saldos y sms. Debías escoger muy bien tus palabras. Dos mensajes ya era de ricos. Luego, sólo te quedaba la llamada perdida de buenas noches. El secretismo a nosotros nos duró poco. Lo justo para, una tarde, romperse la puerta de su casa y quedarme encerrado dentro. Llegaron a la vez el cerrajero y sus padres. Así fue mi presentación oficial.
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Yo creo que nuestra historia acabará bien. A las 20:00, cuando cruza el carrusel de sirenas de policías y protección civil, mientras aplaudimos, le tarareo aquella canción de La Costa Brava: “Y los bomberos en tu honor harán sonar la sirena del camión”.
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Casaos con quien os corte el pelo y os haga magdalenas.

El Jefe

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El primer dia que vaig entrar a sa casa, quan es va despistar, jo ja estava amorrat a la seua orla buscant-lo de jove sense monyo blanc. Què ignorant he sigut sempre. Molts anys després, quan, per salut, s’instal·là definitivament en la residència de València, em va demanar que li traslladara tot el seu arxiu fotogràfic des de Xàtiva. Classificar-lo fou com qui descobreix un tresor.
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Al seu nomenament com a fill adoptiu de Torrent serà l’única vegada que em voran presentar un acte públic. No m’agrada. Com a ell els homenatges. En una inesperada compensació, anys després, vàrem vore junts a l’Habemus Papam de Francisco. Mai oblidaré les seues llàgrimes al descobrir que era un vell conegut.
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Amb tanta carretera, tinguérem temps per a repassar les nostres vides. Sempre li demanava que em tornara a narrar la fugida d’Argentina, la negociació dels pastors de Navalón o quan, un agost, amb la seua germana, va recórrer Espanya amb una vespa i una maleta. Sempre acabàvem tornant al mateix lloc: “Què feliç he sigut a Torrent”.
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Just fa una setmana, estiguérem parlant per telèfon. Tenia el seu to de veu intacte. Vàrem conversar de la vida i la mort, de naixements i defuncions, de voler-se molt.
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Sempre parlava amb alegria del moment de trobar-se amb Déu.

La luz

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Lo confieso, no voy al Consum más cercano. Echo de menos poder escuchar música en el coche. Desconectar. No pensar. Es mi única posibilidad, conducir diez minutos más. Jero Romero ha compuesto dos canciones para mí. Él no lo sabe pero yo sí. En cambio, sé que ya no podré volver a poner “La casa de mis padres”. No más canciones tristes, me suplica mi Santa. Le pido alegres a Alexa y, bailoteando, miramos vinilos para la nueva habitación.
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Al empezar el confinamiento se me rompió una cuerda de la guitarra. Intuí que algo ni iba a ir bien. En un mes nos ha cambiado todo. Y en una semana también. Cuenta Manu Jabois que, una vez, callejeando por Madrid, escuchó a un padre preguntarle a su hijo pequeño en qué pensaba cuando aún no sabía hablar: “Que te quería mucho y no podía decírtelo”. Esa frase me ha dejado temblando. Nunca lo decimos lo suficiente.
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Estos últimos días ni el teléfono ha parado de sonar ni yo de espiar a mis vecinos. Se vislumbra un poco menos de luz enfrente. Me descubro a mí mismo escuchando tras la pared. Palpándola como si pudiera traspasarla. Tratando de descifrar los sonidos. Leo frases y me las apunto, imitándola. Intento tocar el techo como si fuera a llegar más lejos aún. No puedo. No alcanzo. Pero, cuando miro hacia arriba, sonrío.
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Allí sí hay luz. Mucha luz.

Loctite

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Tengo una chaqueta por estrenar. Una Harrington. Es muy brit. Muy mod. Dice mi Santa que la lleva con mucho estilo Errejón. También dice que nos parecemos. La recibimos el día antes de empezar el confinamiento. Qué vista. Como el hijo de Berlanga, que inauguró una arrocería en pleno arranque de la crisis sanitaria. Se nos ha quedado todo a medias. Y con banderas falleras. De noche, a escondidas, cuando bajo a tirar la basura, me pregunto quién las quitará. Y cuándo.
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El domingo en el telediario estrenaron una sección delirante: “No pasará hoy”. Los reporteros conectaban más solos que la una en lugares donde debían pasar cosas. Qué guasones. Nos entró la risa tonta en la White House. Al final, la salud es lo que importa, pero tenemos amigos con boda pospuesta, con un traje de paje en una percha, un tío sin mandonguilles de abaetxo y un sobrino emulando procesiones con playmobils. La siguente noticia trataba de los conciertos por Instagram. Y recordé que Wilco actuaba en Valencia en junio. Se me paró la risa de golpe.
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No soy nada supersticioso, pero cuando limpiando el despacho se me resbaló la reina Isabel, antes de ver el desenlace fatal ya pensé “lo que me faltaba”. Oigan, todos tenemos derecho a tener su día pesimista. Cabeza cortada. A la tradición francesa. Sin avisar, la revolución había llegado a la White House y la monarquía abolida. Por suerte, no hay mal que no cure un poco de Loctite.
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Ojalá todo se pudiera arreglar igual de rápido.

El termómetro

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Abro los ojos. Parece agosto pero con nórdico. Será por el despertador este de luz natural con sonido de gaviotas. Qué modernos somos. O por el horario de vacaciones que nos gastamos. Todo una hora más tarde. Como en Canarias. Qué extraño es todo. Como esos 1.800 jubilados que daban la vuelta al mundo en un crucero que ahora nadie deja tocar tierra. Y allí siguen, tomando mojitos en bañador. Unos queriendo volver a sus casas mientras nosotros no queremos salir. Aunque lo deseemos.
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Vivo instalado en una antítesis. Incertidumbre y esperanza. Mi Santa con canciones alegres y yo con melancólicas. Riendo mucho pero con silencio fuera. Intento escribir más. Pienso frases excelentes que luego olvido. Será por leer demasiados whatsapps. No se me cae encima la casa, sino la vida. Ya parezco una canción de Sabina.
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Los fines de semana subo y bajo escaleras como un autómata. Al llegar a la terraza, con sigilo, espío a mi padre fumándose su puro en la terraza. Bajo a ver a mi madre pero no me chivo. Cada uno tiene sus cosas. A nosotros nos ha dado por comer queso. A las ocho al balcón. Ya no sé exactamente qué aplaudo. A todos y a nadie en concreto. Bueno, sí, al vecino que baila desinhibido.
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Estas navidades le regalaron a mi Santa una reina Isabel II de Inglaterra que saluda con toda su graciosa majestad. La hemos colocado en una de las ventanas mirando al piso de enfrente. Para que salude a mis vecinos con alegría. Que falta les hace. Falta nos hace. Funciona mediante una placa fotovoltaica. Si mueve su mano es que hoy toca sol.
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Es nuestro propio termómetro de la vida.