La fama

Ocurrió hace tiempo. En los baños de El Loco. Tocaba Quique González. Andaba yo empezando lo mío cuando alguien llegó al urinario continuo. Fue instintivo. Nos miramos. Hola. Él era Carlos Tarque, de M Clan. Yo era yo, de mi casa. Y allí estábamos. Hombro con hombro. Sujetando lo nuestro. En silencio. Durante años mantuve que la historia era cierta. Que incluso nos comparamos el asunto. La realidad siempre necesita un poco de ficción. De color. Sólo tropezamos en la puerta. Pero nos miramos. La fama me rozó.
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Ocurrió el jueves. En una esquina de Xàtiva. Más de mil corredores. Setenta centros de personas con diversidad funcional. Andaba yo animando, dando palmas, vítores, cuando una chica me miró. Frenó en seco. Gritó. Tú eres el de la radio, el de la foto, la de mi corcho. Me abrazó. Me habló como quien reconocía a un famoso. Nunca había vivido el efecto contrario. Cada uno tiene su fama. Esta semana he vestido un poco más informal. Hoy vas de Carles, no de director, me soltaron. Quizás tenga demasiadas camisas de cuadros.
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Ocurrió esa misma noche. Cenábamos un pequeño grupo con nuestro amigo el político. Ha pasado días complicados. Es valiente por seguir. Por aspirar a servir al poble. Aunque la exposición pública sea jodida. Ayer fuimos de boda. Yo te leo. Me gusta. Un par de veces lo escuché. Se me subió rápido a la cabeza. Hoy me he puesto a escribir. Hay que alimentar la celebridad. Aunque sea efímera. Se me pasa la tontería al recibir estas fotos. Hoy comemos contigo. Nos patrocinas. Esa es mi fama.
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Porque no vale para mucho más.
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Sólo para que repose el arroz.

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