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Lo importante de verdad

Hoy es lunes. Un lunes después de semanas frenéticas. Si esto fuera un diario les debería muchas historias. Quizás, contarles lo orgulloso que estoy de mi colegio, de cómo está defendiendo sus derechos. Los propios y los de las familias. O mi sinceraría sobre lo emocionante que ha sido ver salir el sol hasta siete veces. Que ha sido sacrificado pero que ha merecido mucho la pena. Les explicaría también lo feliz que me hacen mi Santa, mi familia y mis amigos. Que la vida sin acciones y sin los tuyos, es casi no vivir.

Que lo importante de verdad son las experiencias que acumulas por el camino.

Pero, les tengo que hacer una confesión: hoy, lunes, si algo me apetece, es meterme en la cama a leer un buen libro y desconectar.

Las cosas como son.

Me acostumbré

Me da miedo subir a un avión. No es un pavor paralizante ni excluyente, pero, durante el vuelo, ay, me sudan las manos, me estalla la cabeza y, hey, no hay manera de concentrarme en otra cosa que no sea hacer fuerza mental para que el aparato me transporte de un lugar a otro sano y salvo.

Aplaudo a rabiar con la musiquita de Ryanair. Sacaría en hombros al piloto.

Pero, se lo prometo. En ningún momento temí la amenaza yihadista ni en el aeropuerto ni al llegar a París. Ya les digo, yo tenía bastante con lo mío y los aviones. Pero, con el paso de las horas, los múltiples controles y la constante compañía por las calles de militares vestidos y preparados para disparar, uno, sin querer, más que temor, se contagiaba del constante estado de alerta.

Supongo que no debe ser fácil para una ciudad pasar página a un ataque terrorista. Volver a la normalidad. Olvidar que hay peligros que son reales. Que levante la mano quien en Valencia, en los últimos diez años, ha olvidado que un metro puede descarrilar. Los traumas psicológicos pueden afectar el ánimo de ciudades enteras.

Además, en mi cabeza aun resonaba el fantástico artículo de Juanma López Iturriaga sobre su experiencia en el Aeropuerto de Bruselas el día de los atentados. Ese “run, run”. El “evacuation, evacuation”. Su metáfora sobre los refugiados, sobre lo que debe ser huir y que alguien te cierre la puerta de salida, tu vía de escape.

Así que no iba a permitir que esa victoria se la llevaran los terroristas.

Me auto-obligué a no caer en el error del miedo al atentado. Y también en la paranoia de buscar sospechosos, que cualquier color de piel diferente a la mía fuera peligroso.

Y, claro, pasé de la sorpresa a la normalidad del señor con metralleta que pasea junto a mi. Me acostumbré a ellos durante los cinco días que pasamos en París en casa de una amiga (como verdaderos parisinos, bajando a comprar el pan y a tirar la basura). Acabó siendo cotidiano lo de abrirte la chaqueta, abrir la mochila, pasar el escáner, el pi-pi y siga usted viviendo.

Me acostumbré.

Y no creo que eso sea bueno.

 

60 kilómetros

Era relativamente pronto. Las calles estaban poco transitadas. Yo conducía ensimismado tras la liturgia de la prensa dominical pero, a lo lejos, vislumbré dos niños y un objeto que, como una señal luminosa, llamó poderosamente mi atención: un micrófono.

Consultaban unos folios. Un trabajo de clase, supuse. Inmediatamente, como un flash, fui transportado a mi propia realidad. Ni más lejos que esa semana habíamos realizado un proyecto en clase basado en una grabación televisiva.

Sonreí con la coincidencia. Y pensé que ellos podrían perfectamente ser los míos. Y, yo, encontrármelos así un domingo cualquiera.

Entonces, me di cuenta de la distancia física y sentimental que suponen 60 kilómetros. Y las desventajas que nunca me los pueda topar, inesperadamente, en plena cotidianidad, y las dificultades que tendré que vencer para verlos crecer más allá de las aulas.

Pero, por un momento, fui débil. Involuntariamente, como en un ataque de pragmatismo racional, intente reconocerme las ventajas (por ejemplo, la desconexión) de esa distancia, de esos 60 kilómetros.

Pero fue en vano.

No tenía dudas qué pesaba más en la balanza.

Planes

Uno, cuando mira hacia atrás, tiene la sensación que existen ciclos, etapas, un camino marcado.

Uno, cuando mira hacia adelante, traza planes, imagina situaciones, prevé, plantea proyectos, ciclos, etapas, un camino marcado.

Y, luego, vaya a usted a saber por qué, por cuál ley universal y divina no revelada, la vida nunca sale como la habías planeado.

Es peor. Mejor. Diferente.

Incluso, dicen, que ahí está la gracia.

Quién sabe.

Pero no hagan muchos planes.

El sueco

Creo que sucede en la segunda temporada de Breaking Bad. Walter White, por primera vez, se ve acorralado por sus propias mentiras (cocinar metanfetamina) y, para poder justificar su repentina ausencia (ser secuestrado por Tuco, un narco mexicano) reaparece en casa medio desnudo fingiendo un ataque de amnesia.

Al visionarlo, me pareció absurda esa solución. Y me preocupó. En ese momento de la trama, Breaking Bad navegaba entre ser una serie más o convertirse en la genialidad que, después, todos disfrutamos durante seis temporadas. Vaya. Walter White recurriendo al truco de hacerse el tonto, el sueco, el gilipollas. Y a lo grande. Con ingreso en el hospital incluido. Todo para no tener que enfrentarse a la realidad. Y le funciona.

Les prometo que a veces desearía a hacer lo mismo.