60 kilómetros

Era relativamente pronto. Las calles estaban poco transitadas. Yo conducía ensimismado tras la liturgia de la prensa dominical pero, a lo lejos, vislumbré dos niños y un objeto que, como una señal luminosa, llamó poderosamente mi atención: un micrófono.

Consultaban unos folios. Un trabajo de clase, supuse. Inmediatamente, como un flash, fui transportado a mi propia realidad. Ni más lejos que esa semana habíamos realizado un proyecto en clase basado en una grabación televisiva.

Sonreí con la coincidencia. Y pensé que ellos podrían perfectamente ser los míos. Y, yo, encontrármelos así un domingo cualquiera.

Entonces, me di cuenta de la distancia física y sentimental que suponen 60 kilómetros. Y las desventajas que nunca me los pueda topar, inesperadamente, en plena cotidianidad, y las dificultades que tendré que vencer para verlos crecer más allá de las aulas.

Pero, por un momento, fui débil. Involuntariamente, como en un ataque de pragmatismo racional, intente reconocerme las ventajas (por ejemplo, la desconexión) de esa distancia, de esos 60 kilómetros.

Pero fue en vano.

No tenía dudas qué pesaba más en la balanza.

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