Me acostumbré

Me da miedo subir a un avión. No es un pavor paralizante ni excluyente, pero, durante el vuelo, ay, me sudan las manos, me estalla la cabeza y, hey, no hay manera de concentrarme en otra cosa que no sea hacer fuerza mental para que el aparato me transporte de un lugar a otro sano y salvo.

Aplaudo a rabiar con la musiquita de Ryanair. Sacaría en hombros al piloto.

Pero, se lo prometo. En ningún momento temí la amenaza yihadista ni en el aeropuerto ni al llegar a París. Ya les digo, yo tenía bastante con lo mío y los aviones. Pero, con el paso de las horas, los múltiples controles y la constante compañía por las calles de militares vestidos y preparados para disparar, uno, sin querer, más que temor, se contagiaba del constante estado de alerta.

Supongo que no debe ser fácil para una ciudad pasar página a un ataque terrorista. Volver a la normalidad. Olvidar que hay peligros que son reales. Que levante la mano quien en Valencia, en los últimos diez años, ha olvidado que un metro puede descarrilar. Los traumas psicológicos pueden afectar el ánimo de ciudades enteras.

Además, en mi cabeza aun resonaba el fantástico artículo de Juanma López Iturriaga sobre su experiencia en el Aeropuerto de Bruselas el día de los atentados. Ese “run, run”. El “evacuation, evacuation”. Su metáfora sobre los refugiados, sobre lo que debe ser huir y que alguien te cierre la puerta de salida, tu vía de escape.

Así que no iba a permitir que esa victoria se la llevaran los terroristas.

Me auto-obligué a no caer en el error del miedo al atentado. Y también en la paranoia de buscar sospechosos, que cualquier color de piel diferente a la mía fuera peligroso.

Y, claro, pasé de la sorpresa a la normalidad del señor con metralleta que pasea junto a mi. Me acostumbré a ellos durante los cinco días que pasamos en París en casa de una amiga (como verdaderos parisinos, bajando a comprar el pan y a tirar la basura). Acabó siendo cotidiano lo de abrirte la chaqueta, abrir la mochila, pasar el escáner, el pi-pi y siga usted viviendo.

Me acostumbré.

Y no creo que eso sea bueno.

 

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