
En verano se debe evitar perder las rutinas, pero una rutina nunca puede arruinar un buen plan. Lo leí de un psicólogo infantil en una newsletter. Lo asumí como propio. Yo, que me jacto de leer por la noche mientras los demás chapan el chiringuito.
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Viajamos al Prepirineo con los amigos. Veintitrés en una casa. Lo más parecido a un campamento. Nos vinieron muchos recuerdos de ellos. Como sensaciones. Nos cambiaron la vida. Nos la mejoraron, mejor dicho. Cantábamos en el comedor viva nuestras cocineras.
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Lo más parecido a una emboscada del Vietcong es una pedregada. Nos sorprendió una a pie a mitad marcha. Silbaban las balas. Caían como canicas. Nos refugiamos en un caserón. A Lourdes, su propietaria, le preocupaba el cambio climático. A quién no.
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Mientras la casa despertaba aprovechábamos para comprar en el pueblo. Traíamos orgullosos el desayuno. Coexistían tres hornos en la misma plaza. Competían por ser el más tradicional. A veces iba solo en el coche. Sonaba Sur en el valle.
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Algunas noches, antes de dormir, nos tirábamos en el césped a contemplar las estrellas. Tengo la sensación que nos estamos perdiendo algo. Lo pequeño. Lo natural. Convivir. Vivir tranquilos. Mi santa era la peluquera oficial. Tenía cola. No había prisa.
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Una de los amigos regaló una vez a otra su tiempo. Me pareció revolucionario. Incluso desafiante. Varias horas de su vida dedicadas íntegramente a otra persona. Sin relojes. Como en la casa. Ahora es septiembre y ya vivimos todos con prisas.
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La noche antes de irnos, Pep estaba un poco triste. Voy a añorar la casa y a los amigos, dijo. Él es muy de añorar. Le pregunté qué es lo que más le había gustado del viaje. Su respuesta fue contundente: el jacuzzi.
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Es un chico de gustos sencillos.
