Tengo las gafas sucias

A fuerza de percibir borrones y diminutas manchas, uno se acostumbra a ellas. Ya no distingo si tengo las gafas un poco sucias, si es la miopía o si la vida es así. Pero todo no es claro e impoluto. No somos ni buenos ni malos. No hay verdades absolutas. La imperfección existe. Lo diferente. Y es bello también. Porque hay más de un acento en nuestra manera de hablar, diferentes razas y colores, punk-rock y clásica, sandwiches de Nocilla con zumo de Naranja, ataques de ira seguidos de momentos de ternura, celebramos no ser el mejor equipo del mundo, hacemos chistes en los funerales, miramos por la mirilla, nos hurgamos la nariz, cogemos cosas por ser gratis, pedimos una cucharada más, vemos series cursis, nos atraen algunas feas, nos orgullecemos de habernos cargado con algún kilo de más este verano, nos planteamos abandonar Facebook para acabar publicando una nueva foto, tropezamos con la misma piedra, soñamos imposibles, actuamos impulsivamente, nos equivocamos.

Sé que debería limpiarme las gafas. Pero no me apetece.

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