MEMORIAS DE UN VIEJO CAMPAMENTERO (7-9)

7. SEÑOR ALCALDE

En cada campamento había unos “clásicos” cada verano. El sketch de presentación del nombre del grupo la primera noche, el asalto al castillo, la luciérnaga, los cantos al atardecer, el festival de la canción, las olimpiadas, el rally guarro… y la elección del alcalde. Daba igual el tema del campamento. Daba igual que fuera sobre cuentos, épocas históricas, Harry Potter o una aldea gala. Daba igual. Siempre había unas elecciones y un señor alcalde. Ahí sí se montaba el lío. Primero, porque todos queríamos ser candidatos. Las primarias dentro del grupo estaban llenas de puñaladas, pero, una vez claro nuestro líder, íbamos a muerte con él porque todos queríamos ganar. Ríete tú de las campañas actuales. Nosotros sí que dábamos espectáculo: promesas electorales a cascoporro, carteles llamativos, cánticos pegadizos, mítines explosivos… Vendíamos si hacía falta a nuestras madres por ganar. Todo valía. Queríamos la alcaldía. El premio no era cualquiera: el alcalde y su grupo, además de privilegios reales, podían aprobar nuevas leyes campamentiles que debíamos sufrir los demás. Podéis imaginaros como eran las noches electorales. Frenéticas. Años después, como educadores, aprovechando la visita del Papa Benedicto XVI a Valencia, le dimos una vuelta de tuerca y, para darle vacaciones, elegimos nosotros a un papa suplente con cónclave y fumata blanca incluida. Parecía más la elección de Mister Campamento que otra cosa, pero el momento de su proclamación fue muy emocionante. Aunque nunca más se supo de este papa temporal. Quizás se marchó de día sabático…

 

8. EL DÍA SABÁTICO

El día sabático era el complemento perfecto a la estrellada de grupo. Porque, no nos engañemos, si sois de los que pensáis que, en las estrelladas, mejor con los amiguitos juntándoos con otros grupos, es que no tenéis espíritu de campamento. Eso es así. La gracia no está en juntarte con los de siempre sino en descubrir al que no conoces. Y eso sólo era posible conviviendo, haciendo piña, formando equipo en esos momentos. El día sabático tenía sentido cuando los campamentos eran más largos. Simplemente, después de desayunar te marchabas con tu grupo lejos de todo lo conocido y volvías después de cenar, directos a acostarte. Todo lo demás (cocinar, reunión, oración, juego…) lo hacías con tu equipo. Y no lo dudéis. Cuando volvíamos de ese día-aislados-pero-juntos los lazos entre todos los miembros del equipo habían aumentado. Marchabas como compañeros y volvías como amigos. Una de las curiosidades de ese día sabático era hacerte la comida. Recordad que, por aquella época, estaba permitido hacer fuego. El menú estaba compuesto de un huevo y una patata. Cogías leña, preparabas las brasas, hacías un agujero a la patata, la vaciabas por dentro, metías el huevo y lo envolvías con papel de plata. Si eras hábil, al rato tenías una riquísima patata asada, a lo Fosters, con un huevo frito dentro. Yo nunca lo conseguí. Me daban igual estas pequeñas derrotas. Yo no cambiaba mis campamentos por nada del mundo…

 

9. Y UNA PEQUEÑA CONFESIÓN PARA ACABAR

Porque, hacedme caso, disfrutad de cada minuto del campamento. Nunca más volverá. Cada campamento es único e irrepetible. Os haré una pequeña confesión: cada mes de julio sigo echándolos de menos. Es una melancolía feliz, sin traumas, pero lo echo de menos. Mucho. Como educador, a tu equipo de educadores, tus amigos de aventura; pero, como niño, a todo. Porque, cuando eres niño todo es increíble, mágico. Es cierto que lo magnificas todo, pero es porque todo es magnífico. No te importan las incomodidades (¿Sabéis lo que es te que cagar en letrinas, de pie, sin taza?), dormir de cualquier manera (Teníamos tiendas con dos puertas o, incluso, militares donde cabíamos 50 personas), el friki del grupo (que, igual, luego, podía acabar siendo tu mejor amigo), que te emparejen con quien no quieres (¿Aun elegís pareja para el baile de la última noche?), las lentejas (¿Por qué? ¿POR QUÉ???), pelar patatas (salvo que estuviera permitido lanzarlas con fuerza al barreño y salpicar), las sofocantes marchas (eso, en Pirineos, espero que no os pase), los insectos (vaya, se me ha quedado en el tintero hablaros de esa especie llamada “cortapichas”), el Festival de la Canción (¿Por qué? ¿POR QUÉ???), el plato abollado, esperar para fregar, las moscas, los botijos, llevar gorra y cantimplora, las cacas de oveja, los castigos de recoger piedras, el tándem fideos-hervido para cenar, la pintura de dedos… Daba igual, cuando llegabas a casa, las historias que contabas eran tan, tan, tan im-pre-sio-nan-tes, que todo lo demás no existía.

Disfrutad de cada instante del campamento. Y nunca lo olvidéis. Y convertiros más tarde en educadores. No os arrepentiréis.

A mí me cambió la vida. Feliz vuelta a casa.

 

NOTA: Último capítulo de la serie de artículos publicados en el periódico ficticio que se está publicando cada mañana, ahora mismo, en el campamento del Movimiento Juvenil de la parroquia de La Asunción de Torrent. Son nueve artículos apresurados, escritos para adolescentes, pero muy sinceros. Son consecuencia de muchos años de campamento y  muchas ganas de contar batallitas.

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