Memorias de un viejo campamentero (4-6)

4. EL TELÉFONO A PASOS

Qué suerte tenéis, bandidos. Aunque, el móvil está semiprohibido en los campamentos, vuestra conexión con el mundo es ahora tan instantánea que no sabéis lo que es tener que hacer cola para llamar o, oigan, pagar con monedas. Cuando yo era niño, cuando ibas de marcha por aquellos pueblos de Dios (con las llaves puestas en la puerta, sin piscina, con un único bar), si querías en un momento de despiste de los educadores llamar a casa debías buscar una cabina o, en ese mismo bar, mientras sonaba de fondo el Tour de Francia, llamar en un teléfono a pasos. Los únicos que recordarán ese invento serán Diego y las cocineras. Era como un taxímetro pero contando segundos telefónicos. Chaval, has gastado cinco pasos, son cincuenta pesetas. Antes no estábamos hiperconectados. Muchos de los amigos y, ejem, amigas del campamento, no los volvías a ver hasta septiembre. Ni fiestas, ni Barrejat, ni cena de campamento. El vacío. Por eso se lloraba tanto el último día de campamento. Eso sí era una despedida. Te pasabas los meses siguientes recordando cada conversación, cada vivencia y leyendo y releyendo lo que te habían firmado en el cancionero. ¿Aún os lo firmáis? También existían las cartas. Si recibías una en agosto te saltaba el corazón. Bueno, supongo. Yo nunca recibí ninguna. Mis amores veraneaban en El Vedat y rondábamos los chalets. Enamoraros en el campamento, es lo mejor que os puede pasar. Esa chispa, esa electricidad es diferente a las demás. ¿Por cierto, sabéis que hace, mucho, mucho tiempo, íbamos de campamento sin luz eléctrica?

 

5. QUÉ ELECTRICIDAD

Es cierto. Lo prometo. Un par de años lo viví. Ir de campamento sin luz eléctrica. Lo pienso ahora y no me lo creo. Cómo nos apañábamos. Pero la verdad es que tampoco la necesitábamos. Con poco nos apañábamos. Ese poco se llamaba “gas”. Lumigas para alumbrarnos (dos o tres en el comedor), gas butano y ruedos para cocinar y nevera a gas. Todo a gas. Los camiones de butano no llegaban allí, así que el intendente debía comprarlo en el pueblo y transportarlo en coche. Como niño que se te rompiera la linterna era un drama. Estabas incapacitado para vivir la noche campamentera mientras no hubiera luna llena. Todo esto fue en Vizcota y los campamentos anteriores. Lugares donde había bombas para tener agua corriente, donde la basura era un servicio porque… ¡Se quemaba! Luego ya emigramos hacia otros lugares y descubrimos el motor a gasolina. Era lo último que se hacía antes de dormir. Los educadores, después de la reunión y la tertulia (qué recuerdos, ojalá algún día seáis educadores para vivirlo, yo aún lo echo de menos), en función del agotamiento, iban desfilando hacia las tiendas y el último debía apagar el motor. Realmente era “ahogarlo” porque el interruptor estaba apagado. Yo siempre fui de los que apagaba el motor. No tenía prisa por acostarme. Además, cuanto más tiempo tardabas más dormido estaba el personal para que el Zorro actuara…

 

6. EL ZORRO

Decidme que aún existe. Que aún se juega. Que esta anécdota la vais a leer por encima porque, vaya, no es ninguna novedad. Yo siempre quise ser el Zorro. Pero no pude hasta que fui educador. Se hacía todos los años. A mitad de campamento (recordad que estamos hablando de catorce días), los educadores escogían un niño como el Zorro del campamento. Este, con la ayuda de los educadores (las “Garras”), iba haciendo “travesuras” (Diego no me dejará utilizar palabras peores) cuando nadie le veía mientras dejaba pistas sobre su identidad y bromeaba de todo. Entrabas en paranoia. Desconfiabas de todo y todos. Quién será, te preguntabas. Incluso había una versión más hardcore, divertida y pilla-rollos donde con una pegatina te eliminaban. Hoy hay juegos parecidos llamados “El Killer o “El beso de Judas”. La cuestión es que, poco a poco, el cerco se iba cerrando y, finalmente, zasca, se descubría el pastel. Venía, entonces, la segunda parte de la historia: el juicio. Y juicio a lo grande. Con juez, testigos, pruebas, abogados defensores (educadores), fiscales (niños) y veredicto. Al final, después de mucho polemizar, se le condenaba a Zorro y Garras a sufrir ante todo el campamento. Poalaes, pellizcos, pasta de dientes, barro, ropa al revés… todo valía para que pagara por sus culpas. Pero, no nos engañemos, todos en el fondo queríamos ser el Zorro, igual que también aspirábamos a ser el Alcalde.

 

NOTA: Artículos publicados en el periódico ficticio que se publica cada mañana, ahora mismo, en el campamento del Movimiento Juvenil de la parroquia de La Asunción de Torrent. Son nueve artículos apresurados, escritos para adolescentes, pero muy sinceros. Son consecuencia de muchos años de campamento y  muchas ganas de contar batallitas.

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