Memorias de un viejo campamentero (1-3)

NOTA PRELIMINAR: En una conversación entre bambalinas durante las funciones de “Sale el Sol”, me preguntaron si me apetecía colaborar en un periódico ficticio que se publicaría cada mañana en el campamento del Movimiento Juvenil de la parroquia de La Asunción de Torrent. Como que yo sólo digo sí según quién me lo pida, dije sí. Pero lo olvidé por completo. Diez días antes de arrancar su aventura pirenaica recordé mi promesa incumplida. Llegué a tiempo al cierre con nueve artículos apresurados pero muy sinceros. Los textos que, en tres entregas leerán, están escritos para adolescentes y son los mismos que, día a día, ahora mismo, allí se están publicando. Son consecuencia de muchos años de campamento y  muchas ganas de contar batallitas. Melancolía lo llaman. 

 

1. HOLI (O COMO SE DIGA AHORA)

Holi. Qué pasa colegas. Da igual mi nombre, quien soy. Igual ni me conocéis. Soy ya un joven mayor, una vieja gloria. Sólo sirvo para dar de comer a las palomas y para contar anécdotas. Tengo en mi currícullum tantos campamentos que ya los confundo entre ellos. Os podría contar muchísimas historias.  Como aquella en que escondimos la cama (¡Entera!) al cura en la despensa de Benagéber o como cuando depilamos a un educador a la cera en el comedor. En muchas de ellas salen o estaban Anabel, Adri, Isabel, Santi o Cristina. Podría decir que fui el padre de vuestros padres. Su educador. Y, sí, lo que sospechabais. De pequeño eran traviesos. Nos daban mucha guerra. Como vosotros a ellos. Así que tenéis futuro, amigos, podéis llegar a ser tan estupendos como ellos. Ellos se rehabilitaron. Pero, no me quiero enrollar. Al lío. La cuestión es que, hablando el otro día con Pepe, me explicó lo de este periódico y, tras una dura negociación de un minuto, acordé con él escribiros algunas líneas. Lo que se me olvidó acordar fue el sueldo, pero Pepe es generoso. Pedidle y os dará. Haced la prueba. Así que, cada día os contaré algo de cómo eran los campamentos antes. Cuando yo fui niño y luego educador. Porque algo ha cambiado. Su esencia, no. Detalles, diría yo. ¿Sabéis que cuando yo era niño nos lavábamos la ropa?

 

2. EL JABÓN

Lo que os contaba ayer. Hubo un tiempo en que, los padres (¿Alguien se hace la mochila solo?) no nos ponían una muda de ropa por día. Qué crueles. Si el campamento duraba 15 días (habéis oído bien, quince días), pues te encontrabas 7-8 camisetas o pantalones hurgando entre tu mochila. Un drama. A cambio te habían dejado unas pinzas y una pastilla de jabón. Como lo oís. Tocaba lavarte la ropa… ¡A mano! Un horror. Todos disimulábamos y apurábamos hasta el final. Como esperando que una hada madrina, abracadabra, te transformara la ropa sucia por limpia. Pero llegaba el día en que asumías la dura realidad y te tocaba perder una hora de tu valioso tiempo libre frotando tus gallumbos con Jabón Lagarto y tendiéndolos, luego, ante todo el campamento. Todo mucho glamour. Mientras los pijos del campamento ligaban, tú hacías la colada. Mi truco para hacerlo más llevadero era esperar a lavar la ropa cuando fueran las chicas a lavar la suya a ver que caía. Pero, ni me la lavaban ni ligaba. Esa guerra era mía. ¿El resultado? En el mejor de los casos tu ropa (arrugada y áspera) quedaba medio aseada, en el peor, debías vestir la última noche con una camiseta con manchas. Menos mal que, por la noche, todos los gatos son pardos. Todas, menos las que hacíamos fogatas. ¿He dicho fogatas?

 

3. EL FUEGO DE CAMPAMENTO

Para bien o para mal, hoy las leyes impiden hacer fuego en el campo. Es muy arriesgado en verano. Hemos sufrido demasiados incendios. Nunca lo hagáis, por favor. Pero, hace unos cuantos años, estaba permitido y las actuales “veladas” tuvieron su origen alrededor de fuegos de campamento. Una gran fogata nos iluminaba mientras nos sentábamos a su alrededor y pasábamos la noche entre cantos, danzas y juegos. ¿Conocéis la canción de “El Gran Manitú”? Preguntad a vuestros educadores. Igual aun la recuerdan. Era hipnótico. Era mágico. La noche con sus sombras y las tonalidades del fuego reflejados en nuestras caras  convertían la velada en algo especial. Era importantísimo ser rápido en tu ubicación. No era lo mismo pasar la velada junto a la chica que te había robado el corazón (recordad que no existía ni el móvil ni el WhatsApp, tras el campamento tardarías casi dos meses en volver a verla) o tu mejor amigo que con el vecino del quinto que tiene la mala costumbre de hurgarse la nariz. Además, como en toda buena velada, había juegos-bromas donde se sacaba a alguien al medio. Estar cerca del educador-animador-gracioso era peligroso. ¿Sabéis quién es el rey de los monos? Preguntad también a vuestros educadores. Normalmente, las veladas finalizaban con la oración de la noche mientras el fuego se iba consumiendo. Mi preferida era la Oración de las Estrellas. Todos acostados, mirando al cielo, dando gracias a Dios. Fueron días inolvidables los de campamento. Nunca entendí la gente que llamaba a casa para pedir irse. Por cierto… ¿Cómo llamábamos cuando no existían los móviles?

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s