Septiembre

Hubo unos años en que nos daba miedo septiembre. No me sonroja reconocerlo. Cruzar su puerta nos provocaba incerteza, inseguridad. Y ahora qué, nos preguntábamos. Luego, a tientas, aprendimos que la clave no estaba en el qué vendrá sino en el qué puedo hacer hoy. Y, así, poco a poco, superamos cada final del verano. Septiembre dejó de ser un ogro feo.

Tampoco nos avergüenza admitir que en la White House la música es un elemento cotidiano. Cantamos, bailamos. Hasta se oyen guitarras. La música es el más abstracto de los modos de comunicación pero, a la vez, el más universal. A nosotros nos da mucha energía, nos alimenta. Escuchamos mucha y muy variada. Hasta pagamos por ella.

Allá por finales de mayo, fuimos testigos del histórico concierto de Vetusta Morla en el Palacio de los Deportes de Madrid. Histórico porque un grupo indie nacional, no subyugado a mercados, multinacionales o radiofórmulas, se atrevía a sumar 15.000 personas en un mismo recinto. Sin festivales de por medio. Ellos solos.

Aunque sus tres discos son sobresalientes, su éxito no es sólo artístico. Vetusta Morla es un grupo autoeditado y autogestionado. Ejemplifica el triunfo del trabajo, del compromiso y la sensibilidad. Por eso nos encantan. Por eso somos tan fans. Por eso su concierto sinfónico (a beneficio de un conservatorio dañado por el terremoto de Lorca) nos ha acompañado durante las largas travesías del verano. Por eso superamos los días raros.

Nos quedan muchos más regalos por abrir.

A por septiembre.

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