“El filo del sable me rozaba la yugular…”

“El filo del sable me rozaba la yugular. A Los Beatles -ese era el apodo con el que nos referíamos a los tres milicianos- siempre les gustó la puesta en escena. Me habían sentado en el suelo. Descalzo. Con la cabeza rapada. Una profusa barba y vestido sólo con el uniforme naranja que hizo tristemente célebre a la cárcel estadounidense de Guantánamo. John intentó acentuar el dramatismo. Me acariciaba el cuello con el acero sin dejar de hablar.”

No es ficción. Lo que leen es realidad. Fue realidad. Así comienza Javier Espinosa #Prisionero43, el relato de su propio secuestro, su cautiverio de 194 días en manos del Estado Islámico en Siria. Una crónica personal, sin tapujos, llena de detalles, de la tortura física y psicológica que sufrió.

Es horrible. Muy dura. No apta para estómagos y lectores sensibles.

“Yo tampoco me salvé. Se me ocurrió volver la cabeza para preguntarle algo y me respondió con un rodillazo en las costillas. El dolor me hizo encorvarme. “¡No se te ocurra agacharte! ¡Erguido! ¡vuelve a poner las manos en la pared!”, bramó el radical embozado.”

Pese al estruendo fallero, desde el domingo vengo instalado en ese horror. Cada mañana, conforme publica el siguiente capítulo El Mundo, me obligo a seguir leyendo el relato, a primera hora, en un siniestro ejercicio de baño de realidad, para no olvidar que igual que existe la luz, existen las tinieblas.

“Las restricciones a la hora de ir al lavabo nos obligó a defecar en cubos de plástico en medio del resto de los secuestrados. Aunque las apariencias hacía tiempo que ya no figuraban entre nuestras prioridades.”

Y, no crean, la lectura no me provoca repulsa ante el mundo islámico. Y tampoco creo que sea la intención de Javier Espinosa. Es un tratado de anatomía del fundamentalismo para el lector. Una despedida y cierre para el autor.

“¿Estáis dispuestos a conducir un coche bomba?”. “¡Javier! ¿Qué está pasando?¿Qué están metiendo en el coche?”. Peter también tuvo el mismo presentimiento.”

Los periodistas, muchas veces, nos preguntamos el sentido de meterse en qué situaciones. Qué se gana contando las disputas ajenas. El horror del vecino. Nunca seré reportero de guerra. Jugarme el tipo narrando en directo (y dentro) una riada será lo más cerca del peligro que esté en esta profesión.

Pero, no lo duden, el terror, sin nadie que lo informe, tiene las puertas abiertas a dominar el mundo.

“Allí nos abandonaron. Con los ojos vendados. Sin agua ni comida. Se suponía que debíamos dormir sobre el suelo. Tampoco nos permitieron ir al baño. Cuando ya no podía aguantar más, de madrugada, tuve que orinar sobre una de mis camisetas. La coloqué en el suelo para que absorbiera el líquido. Todo apestaba a orines. Tampoco suponía una gran diferencia. Llevábamos casi 3 meses con la misma ropa. Olíamos a pocilga.”

Hay mucho camino aun por recorrer. En Oriente y en Occidente. Una paz, una convivencia que, a día de hoy, sigue siendo una quimera.

No puedo hablar con propiedad del otro lado de la moneda. Pero, algunos, seguimos con los ojos tapados ante las realidades más oscuras de este mundo. Somos testigos impasibles. Cómplices callados. No jugamos a favor ni en contra de la evolución humana.

Y eso también es peligroso.

“La televisión retransmitía un partido de fútbol de la competición española. Creo que estaba jugando el Barcelona.

-¿Y usted de quién es, del Real Madrid o del Barcelona?

No recuerdo bien lo que respondí entonces. 

En ese instante los resultados de la liga no figuraban entre mis prioridades.”

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