Crónica de un artículo sin escribir

Pantalla en blanco. Tecleo. Borro. Empiezo. Paro. Vuelvo a empezar. La disyuntiva de todos los años ante el artículo fallero de La Opinión de Torrent. ¿Palo? ¿O, mejor no? ¿Apostamos por el buen rollo o es una bajada de pantalones? ¿Demasiados tópicos y típicos? ¿Me guío por el sentido común, por la fiesta o me lanzo sin el suficiente conocimiento de causa? Intento engañarme, pero todo se resume en las ganas de lío o de ser políticamente correcto.

Pero, por una vez, el destino me hizo un guiño. El artículo anterior, por un error humano, se quedó por publicar. Carles, es una señal. O, al menos, así lo quise interpretar. Y, tiré por la calle del medio. Que publiquen el pendiente y este año me ahorro el artículo fallero. Un problema menos.

Y, curiosamente, este año tenía tema. Que digo, hasta ganas de escribir sobre innovación fallera o tradicionalismo. Basado todo en hechos reales. En mi experiencia como jurado oficial en Torrent el año anterior. Cuando, siguiendo mi propio y único criterio, no dudé en premiar lo no convencional, lo arriesgado, artístico, crítico y social. Aquello en los márgenes de los cánones. Como veo yo las cosas. Así que, en mi sección mayor, se llevó el premio gordo Cronista. Y más que merecido. Ja. Por lo que me contaron, me debieron pitar bastante los oídos después. Culpa suya por elegirme.

Nunca he sido fallero. Dudo que lo sea alguna vez. Pero, por una extraña razón, ejerzo de irresponsable imán hacia su mundo. Quizás es por los años cubriendo actos falleros como periodista. Igual es por no militar en el antifallerismo. Yo que sé, no sé decir que no a los amigos. Así que no hay año que acabe escribiendo rimas, artículos en llibrets o ejerciendo de jurado.

Pero, como les he contado anteriormente, en esta crónica sobre un artículo que no escribió, cuando llegó el momento de teclear, anduve y deshice las líneas un par de veces hasta que mi interpretación del destino me llevó a dejar el artículo en un cajón.

Hasta ayer. Cuando me di cuenta que debí haberlo escrito. Que me lo debía.

Guiados por una extraña hipnosis arquitectónica y hipster, mi Santa y yo nos plantamos en la Falla Nou Campanar para comprobar con nuestros ojos como se construía aquella innovación (o tomadura de pelo) llamada Ekklesia. Paralelamente, mientras nos lanzábamos a inmortalizar el invento con fotos, escuchábamos el debate fallero de Valencia Vibrant. Y, ay. Todo el conjunto me sonaba muy manido, artificial, como ya escuchado antes. Como si la propuesta y el marco fuera sólo una nueva puesta en escena de algo ya visto y oído.

Y, entonces, caí en la cuenta de la realidad.

Las fallas serán lo que sean los falleros. Y los falleros serán como será la sociedad.

Innovemos primero en el día a día.

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