Una ciutat invisible

Como que soy una persona que vive a golpes de corazón, conforme apareció ante mi, no lo dudé un instante. No sé cuánto hará de aquello, y tampoco recuerdo cómo me llegó aquel aviso luminoso, pero sin meditarlo le di al botón de invertir (una miseria, no se crean) en aquel crowdfunding para que Tardor pudiera sacar a la luz su segundo disco.

Su guitarrista, David García, y yo nos conocíamos de sus prácticas en la radio. Caló hondo en la redacción. Tiempo después nos contó aquello de su grupo y le abrimos la puerta a entrevistas y acústicos. Las recuerdo llenas de emoción e ilusión. Luego marchó a Bruselas y, en otra preciosa historia radiofónica, nos contó cómo se las arreglaban Álex (en París), Cesc (en Valencia) y él para mantener vivo el hilo de aquella banda de rock separada por centenares de kilómetros.

De aquella distancia nació “Una ciutat invisible”. 

No juego a la lotería, no invierto en bolsa, ni fumo ni bebo, pero no me importa pagar por escuchar música. En este caso, por crearla. De hecho, no he recogido el disco físico ni la camiseta que me corresponden como mecenas. Pero, vaya, me ha hecho una ilusión bárbara ver mi nombre en un videoclip, leerlo sobreimpreso sobre la canción inédita que les sirve para dar las gracias. Creo que he recibido ya más de lo que invertí.

Hará más de dos años que físicamente no nos vemos.

Pero me gustan sus canciones.

Vivimos en la misma ciutat invisible.

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