Impunidad

No hace ni veinte minutos. Es decir, un miércoles cualquiera, a las concurridas 18:15 y en una de las vías más transitadas de la ciudad. Por allí andaba yo, sumergido en mis pensamientos, cuando, al escuchar en voz alta la palabra “hachís” y alzar la vista, me he topado con un hombre sentado en un banco conversando con dos chavales en bicicleta (no alcanzarían los 18 años) con dos jovencitas (pijas, diría yo) pegadas a sus espaldas.

Por mucho que haya aflojado mi paso y no haya dejado de mirar fijamente la escena, he podido entender poco más que “cortar hachís”, “me sale muy caro” y “vosotros qué queréis”, por lo que pueden suponer cuál era el negocio en cuestión.

Me ha llamado la atención la valiente impunidad con la que se producía la (presunta) transacción. Nadie, absolutamente nadie, empezando por un servidor, le ha recriminado la actitud al grupo en cuestión de la misma forma que, en otras ocasiones, tampoco recriminamos el consumo de alcohol en la vía pública. Mejor mirar hacia otro lado.

Qué lástima. Ya hemos casi olvidamos que, como ciudadanos, podemos ejercer nuestros derechos en la calle y no sólo desde el calor de nuestro hogar.

Pero, claro, eso significa mojarse, tomar partido.

Y eso ya no está de moda.

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