Cuestión de (in)sensibilidad

Que sí, que sí, que no lo negaré. Que lo del Rey, su cadera, su operación por lo privado, sus elefantes, sus rumores, su partida en los presupuestos y todo eso puede sonar escandaloso. Que lo mismo de los sueldos o dietas de ciertos cargos públicos. Que si la corrupción. Que si los monopolios. Que si los especuladores. Que si los maleducados, las chonis, los timadores y los que dejan que sus perros caguen en medio de nuestras aceras.

Todo eso me parece muy fuerte. Pero más fuerte me parece que todos, incluido yo mismo, estemos tan vacunados, tan insensibles, a los dramas que no nos tocan de cerca. Ya no nos impacta ver en la televisión los muertos en guerras ajenas (32 conflictos están abiertos actualmente) o las caras del hambre en el mundo (842 millones de personas, uno de cada ocho, según la ONU). No hace falta ya ni cambiar de canal. Podemos seguir cenando igual.

Tontos no somos. La desigualdad es motivo de indignación cuando nos interesa.

Los gritos debajo nuestro no nos importan.

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