34

Yo siempre quise ser viejo y sabio. Pasearme por el mundo con mi honorable figura, tocada por una recortada blanca barba, rezumando bondad, simpatía y respeto, dando consejos a todo aquel que lo necesitara. Dedicaría mis noches, a la luz del candil, a leer en total placidez, sin que nadie me molestara. Una vida tranquila y sosegada. Comidas copiosas y ocho horas de sueño. Nada de estrés.

Pero no, antes, me tocó ser joven. No hubo más remedio. Y tuve que salir. Bailar. Ligar. Actuar como actuaban los semejantes de mi edad. Lo confieso, fue todo una pose. Era un viejo encerrado en un cuerpo de joven. Lo que realmente deseaba era dedicar todo mi tiempo a la contemplación. Ser asceta. Pero no hubo manera.

Y, de alguna forma, sigue siendo así. Muchos creen que soy más joven de lo que realmente soy. Qué mala suerte la mía. Pese a mis decididos intentos, la vida me continua empujando a ser joven. No me da respiro. Debe ser la genética, pues poseo un estado físico envidiable, una mente abierta y un espíritu juvenil. Zapateta, un día después de cumplir los 34, aun no alcanzo ni a madurito interesante.

Qué fastidio. A este paso voy a tener que ser viejo cuando llegue mi vejez.

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