Perdemos todos

Estoy viviendo con gran tristeza la (casi) desintegración de la profesión periodística. Todo gremio está actualmente en peligro, pero el periodismo siempre ha estado en crisis. La mitad de mi promoción nunca ejerció. Diez años después, yo lo he vivido en propia piel. Así que el sábado no necesité mucha imaginación para comprender qué sentían los 129 despedidos del reciente ERE  de El País. Ni son los primeros ni serán los últimos. Ya se habla de 11.000 despedidos desde el inicio de la recesión.

En esta nueva realidad, la profesión periodística necesita un reajuste, como todas. En este caso, urgente. Entender hacia dónde va el tránsito del papel a la pantalla, dotar de un valor económico real convenciendo al público del pago por contenidos de calidad, medios públicos menos gruesos y más transparentes, deshinchar la burbuja de las redes sociales, mejora de la autorregulación, implantación de la propiedad intelectual, freno al claro desequilibrio entre oferta y demanda laboral (es patente el excesivo número de facultades), desmesurado servilismo de poderes públicos y económicos… hay muchos frentes abiertos por debatir.

Pero no olviden: sin periodismo no hay democracia.

Una profesión que pone cara y voz a la sociedad no puede permitir que sus profesionales sean tratados como números, despedidos por su coste y no por su calidad.

Así, perdemos todos.

Yo ya perdí.

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