El adiós

No importa quién es, cómo se llama o dónde vive. Sólo que tiene ochenta y tantos años e intuye que se acerca su final. Debe ser difícil, sobrecogedor, prepararse para la muerte, pero él ha decidido que antes que llame a su puerta quiere dejarlo todo atado, bien atado. No quiere ningún tipo de hipoteca, ni material ni moral. Ahora que aun puede, por su propio pie quiere cerrar todas las puertas de su vida.

Mi parte (nuestra parte) en esta historia, la historia de su vida, es casi imperceptible. Él recordaba ser patrono de una fundación y no pretendía convertirse en un trámite administrativo en el futuro, ser una carta de condolencia a sus familiares. Pese a no alcanzar a esclarecer dónde estaba ubicada su sede, supo encontrarla y cerrar esa etapa. Renunciar al cargo. Despedirse.

No estuve presente en el momento que sucedió. Lástima. Lo conocía personalmente, le vi hacer radio durante algunos años. Él, hombre culto, educado, integro e inconformista, entró, se sentó, respiro hondo, y pausadamente contó su historia, qué pretendía y cuál era su voluntad. El silencio reinó en la habitación. Qué decir en estos casos.

Alguien acertó a responder: “Ja no queden homes com vosté”.

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