La memoria de los héroes

En los días posteriores al 11 de marzo de 2011, mientras el mundo miraba de reojo, y los japoneses directamente, a Fukushima, unos cuantos valientes (los llamados “cincuenta” que pronto serían cientos) recorrían el camino inverso al resto de la asustada población: se dirigían directamente a la central nuclear poniendo en riesgo su salud. Es fácil recrear mentalmente la escena.

El resto de la historia ya es sabida. El mundo los declaró héroes internacionales y, ojo, España los premió con el Príncipe de Asturias de la Concordia. Fukushima resistió. Aguantó a duras penas y, ahora, un año después, sabemos que tardará decenas de años en poder desmantelarse. Y, lo peor, no hay certeza de las consecuencias que tendrán en el futuro las fugas radiactivas.

Leía el sábado en El Mundo que “Los 50 de Fukushima” no eran todos voluntarios o jubilados dispuestos a sacrificarse por salvar a Japón del desastre (“No tenía sentido quedarse en casa mientras el país estaba en peligro”), los había obligados, bajo amenaza de perder el empleo, la multinacional eléctrica Tepco. Otra imagen recurrente. Seguro que les suena. La coerción (que no el amor por la empresa) para mejorar la productividad.

Todos, héroes. Pero, ninguno, recordado. Decía la crónica de David Jiménez que nadie en Japón sabría nombrar a esos valientes trabajadores (yo tampoco, que, por ignorar, desconozco hasta el menú del Wok) y que, la mayoría, han regresado a sus vidas anónimas sin reconocimiento, fama o dinero. Bueno, sí, algo se han llevado: la incertidumbre de su salud.

Yo no sé ustedes, pero yo no vine al mundo para ser espectador impasible. En nuestras manos está transformar el mundo. Y, uno, en lo más fondo de su ser, ansía trascender, ser recodado, sea por actos grandes o humildes.

No es nueva en la historia la figura de los héroes olvidados. Y las hay peores, vaya que sí, como sacrificarse para nada. Pero me estremece pensar que la memoria, en ocasiones, puede ser tan olvidadiza. Tan injusta.

Qué putada.

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