Exorcismos

Confesar tus sentimientos, aquello más íntimo, provoca pudor, mucha vergüenza.

Imagínense, entonces, cómo debe ser vomitarlo en un disco entero. A corazón abierto. Y cantarlo. Hacer gira de ello. Contar como fue tu ruptura, por ejemplo, como hizo Quique González en «Avería y redención», en «Honestidad Brutal» Andrés Calamaro o, por citar otro caso, el tristísimo «Love is hell» de Ryan Adams. Puedes ponerte también moñas (excesivamente moñas) y cantar al amor como en «El incendio» de Sidonie o, narrar, con pelos y señales, cómo fuiste infiel a tu mujer con Leonor Waitling (ups!) como hizo Jorge Drexler en gran parte del «12 Segundos de oscuridad», añorar esa relación perdida en una noche de «1999» con Love of Lesbian o la vida placentera del enamorado en «The whole love» de Wilco.

Leía hoy a un buen músico de nuestro país decir que componía canciones para evitar ir al psicólogo.

Las canciones son como un exorcismo. Invocas tu dolor, tu felicidad, para expulsarlo, dar paso a la vida.

Todos tenemos necesidad de expresarnos, de comunicar, de sacar nuestros sentimientos.

Pero no todos sabemos escribir buenas canciones.

Lástima. Nos toca cantarlas.

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