Morirse o vivirse

Barra libre. Gominolas en forma de osito. De las de Haribo. Aún no se habían puesto de moda las candy bar. Ni tanta parafernalia en las bodas. Hipnotizado por el azúcar, engullí un puñado. Sin miramientos. Una se me atragantó. Comencé a ahogarme. Con aspavientos. Me rodearon. Era una boda de médicos y periodistas. O me salvaban o informarían del suceso. Una de dos. No les esperé. Cogí un vaso tirado en una mesa y lo bebí de un trago. Pudiendo bloquearse más, el osito pasó hacia abajo. Al día siguiente no salí en las noticias.
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Morirse o vivirse. Uno nunca sabe qué le espera en la esquina. Lo hemos comprobado esta semana. La moneda en el aire. De un día para otro todo puede cambiar. Por eso hay preguntas que es mejor no hacerse. No empeñarse en ellas. Glyzelle Palomar, una niña filipina que vivía en la calle, le preguntó entre lágrimas al papa Francisco por qué Dios permitía el sufrimiento. No tengo respuesta, respondió. La única, ante ese sufrimiento, es sufrir con vosotros. Tened a mi hijo. En eso mismo consistió su sacrificio. De eso va la fe.
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Estamos tocando ya una edad en la que a nuestro alrededor empiezan a percibirse señales. Nos creíamos intocables. Pero nunca lo fuimos. Lo comprobé con los pantalones bajados en Urgencias. En cambio, en tu boda te sientes invencible. Mi Santa, por ejemplo, expulsó a unos invitados intrusos. Nos vetó canciones. Viure i somriure. Me costó entenderlo. Yo no me lo tatué. Pero ayer no dejaba de pensar en ello. No nos queda otra. Creer, seguir y sonreír. Como en el final de La Vida de Brian. Jodidos pero cantando y silbando.
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Y brindando en las bodas.

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