Un señor mayor

Siempre fui un señor mayor camuflado. Desde bien pequeño. Un Benjamin Button de andar por casa. No tenía otra meta. Alcanzar ese estatus vital donde no hay que poner excusas para no salir. Mi Santa intentó evitarlo. Me quitó la camiseta interior. El batín. Me sacó de paseo. Me llevó a festivales. Disimulé. Todo por amor. Pero en mi mente siempre resonaban dos palabras: libro y cama.
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Hace un par de veranos, cuando no se llevaban las mascarillas, se puso de moda FaceApp. La recordarán. Esa aplicación fotográfica que nos transformaba en niños o viejos. La misma con la que nos espiaban los rusos. Quise probar. Mostré mi versión mayor a mi padre. Le cambió la cara. Me apartó el móvil. No la quiero ver más. Le daba pena imaginarme así. A mi Santa también.
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Los años se me acumulan. Como los libros. O fuera los contagios. Soy clásico. Vuelvo a ver El ala oeste de La Casa Blanca. Escucho mis discos de antes. Cantaba Nixon que lo malo que nos pasa es por salir de casa. Yo me lo tomo al pie de la letra. Siesteo en cualquier lado. A cualquier hora. Paseamos. Leo newsletters. Actualizo menos. Eso debe ser hacerse mayor. No hay otra.
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Hace unos días Pep intentó probar su caca.
Lo evité por milésimas. Creo.
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No hay nada que te rejuvenezca más que tu hijo.

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