El olvido

A Ramón Folgado lo reclutaron con veinte años para combatir en la Guerra Civil. En el azar de los bandos, a los valencianos nos tocó el republicano. No rechistó. Marchó al frente. En casa no supieron mucho de él hasta que regresó. Sin avisar. Sin pegar un tiro. Sin saber qué hacer en la retaguardia. Sin que lo echaran de menos. Volvió como se fue.
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Cuando tuve edad para preguntarle por ello, mi abuelo ya había perdido la cabeza. Era mucho más divertido que mientras la tuvo en su sitio. Reía mucho. Cantaba. Tenía memoria selectiva. Olvidó el nombre de mi hermano pero recordaba el de su jefe. La fábrica de pipas. Nunca contó mucho de la guerra. Como si la hubiera olvidado. Sólo que huyendo se había encontrado un Quijote tirado en tierra.
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Mi tía era quien más estudios tenía de la familia. Ese prestigio intelectual le valió custodiar el Quijote. Cuando acabé periodismo decidió que yo lo heredara. Una edición de 1935. Tapa rústica. Hojeé por dentro esperando una pista, un papel, una anotación. Fantaseaba con una gran historia detrás. No había nada. Ningún misterio. Sólo un libro antiguo olvidado en una cuneta.
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Olvidar. Me da miedo. A mi abuelo. A mi madre. A los que se fueron. Que olvidemos aquello que provocó guerras. Darnos la mano. Abrazarnos. Que se olviden de mi.
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Quizás, por eso escribo.
Para que tú me leas en el futuro.
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Y me recuerdes.

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