Y qué más da

El 23 de mayo de 2001 el Valencia CF perdía su segunda Champions League consecutiva. No hace falta recordar cómo ocurrió. Y qué más da ya. Pero, aquella noche, cuando regresé a casa, después de anunciar solemnemente que al día siguiente no pretendía asomar mi careto por la universidad, que tenía todo el derecho del mundo a pasar mi propio luto, juré que no me volverían a romper el corazón, que se acabó lo de sufrir. Que durante el partido, todo; que tras el pitido final, nada.

Por suerte, ni mi metamorfosis fue tan rápida ni el Valencia cayó en desgracia. Al poco, ganó dos ligas y yo lo sufrí y lo celebré como el que más. Faltaría.

Aunque allí estuvimos, en Mestalla, veinticinco temporadas, poco a poco, aprendí a tomarme el asunto con filosofía, a saber perder, a relativizar, a reconocer que el ADN valencianista es el eufórico y catastrófico, el de las victorias y derrotas inesperadas, el bronco y copero, el del “este partit ja l’he vist jo”, el de la chorizada, el de la electricidad por encima del juego bonito, el que mejor ir de tapado que de favorito, el que siempre silba pero nunca abandona a su equipo, el que tan bien ha sabido reflejar Tardor en “És això el que ens fa grans”.

No siempre ganamos. Y qué más da.

Nosaltres som el València i no hi ha res més gran.

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