Presunción de inocencia

Normalmente se nos hace extraño e incluso complicado hablar de presunción de inocencia ante casos flagrantes. Es tan evidente que quién necesita un juicio. Pero, precisamente, por ello se instauró este principio jurídico que establece la inocencia de la persona como regla, porque, ay amigos, en este mundo, lo no-normal no es tan infrecuente.

Miren, si no, el caso de la joven presuntamente (repitan conmigo, presuntamente) violada por cinco jóvenes en la Feria de Málaga. Condena, debate y linchamiento público. Todo parecía claro. Todos lo teníamos clarísimo. Pues, resulta que no, que según el juez (ese “según” también es importante pronunciarlo) tras analizar todas las pruebas, que no, que no hubo violación, que fue todo más que consentido, que, vaya, que ahora las víctimas podrían ser ellos.

Dejando a un lado la moral sexual de todo el grupo malagueño (que también se las trae), el tema de fondo nos debe hacer reflexionar (de vez en cuando no viene mal hacerlo) sobre nuestra vida personal. Cómo nuestros juicios de valor, nuestras conclusiones y nuestras opiniones, muchas veces son precipitadas y erróneas porque se basan en información sin contrastar, en estereotipos, modas y en una grave falta de análisis profundo.

Que los monos repetidores, el rebaño de borregos, el hombre-masa de Ortega y Gasset o los integrados de Umberto Eco existen.

Somos usted y yo.

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