Lo común

No deja de sorprenderme que todos andemos tan encantados y maravillados con el Papa Francisco. No, porque yo no esté igual de fascinado o porque Bergoglio no lo merezca. Sino, porque, simplemente, está actuando bajo una premisa: el sentido común. Fe aparte, sus aplaudidas declaraciones o sus firmes actuaciones (la última, apartar al obispo de Limburgo por gastarse 31 millones de euros reformando su sede episcopal), si las analizamos objetivamente entran dentro de la lógica más aplastante. ¿Entonces por qué seguimos tan fascinados con su figura?

Simplemente, porque actuar siguiendo el sentido común no es lo más común.

Distribución desigual de la riqueza del mundo, políticos de espaldas a su polis, sistemas educativos sin consenso, justicia injusta, banalización de la cultura de masas… Todos esos males que tanto señalamos (y que nosotros, todos, hemos provocado) es consecuencia de una falta de análisis, reflexión y actuación lógica. Cuando uno realiza este proceso mental tan esencial, el sentido común brota solo.

Y, entonces, lo que nos sorprende es que hayamos dejado tomar decisiones a los que carecen de ello.

De sentido común.

 

 

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