Revolucionario

Curiosamente, esa ha sido la primera palabra que me ha venido a la mente al conocer que Benedicto XVI renunciaba a su pontificado. Revolucionario. Mientras muchos se frotaban los ojos, que quieren que les diga, a mi se me ha escapado una media sonrisa. La decisión, por coherente y responsable, supone una rara avis en el mundo actual.

Vaya por delante que hoy, casi todos, especularemos. Se antoja difícil encontrar un analista certero. Pocos en el mundo conocen los movimientos internos del Vaticano. No se parecen a ningún otro tipo de gobierno. No hay comparación posible. Pero sí hay varios gestos dignos de mención en la renuncia papal. Y todos llevan ese adjetivo: revolucionario.

Revolucionario porque, Joseph Ratzinger ha decidido no eternizarse en su cargo. Con un gesto humilde, consciente y voluntario, ha preferido dar un paso atrás. Hoy pocos dirigentes políticos, sociales y espirituales serían capaces de imitar su gesto. Y, menos, con la magnitud de su trascendencia. El Papa les ha guiñado el ojo a los que tildan de conservadora a la Iglesia admitiendo su vejez, el inicio de su declive físico y mental, retirándose. Ante los retos actuales a los que se enfrenta la Iglesia, ha evitado la imagen y vacío de poder de los años finales de Juan Pablo II.

Revolucionario, porque, para empezar, (casi) nadie lo sabía. Ni filtraciones ni rumores previos. Hecho que dice mucho de la actual soledad del pontífice (cuánto tuvo que ver antes y cuánto habrá tragado ahora) pero, sobre todo, de su intención de pillar desprevenidos los movimientos sucesorios. El pastor rodeado por lobos ha ganado la partida. Benedicto XVI ha provocado, posiblemente, el cónclave más vivo de la Iglesia.

Revolucionario, porque ha indicado el camino correcto a los católicos. Su fe no se sustenta en ningún ser humano sino en aquel que se hace presente en cada eucaristía. Quien crea que se ha quedado ahora sin pastor erra su mirada. El Papa es el representante de San Pedro en la Tierra pero no ninguna divinidad. Aunque formatos como los de las JMJ puedan aparentar lo contrario, Ratzinger siempre quiso que miráramos a Jesús. No en vano, su producción literaria durante su pontificado se ha centrado en acercar su vida pública al hombre del siglo XXI.

No se engañen, los sacerdotes, los obispos, los Papas son humanos. Por eso, el pontificado de Ratzinger finalizará con luces y sombras. Con un gran calado intelectual. Asumiendo los errores de la Iglesia. Con retos abiertos como la perdida de fieles y los pujantes movimientos carismáticos o neocatecumenales. Con una misteriosa sensación de lucha de poder y hermetismo interno.

Pero su gesto revolucionario final le redime.

¿Quién se atreve hoy en día a pedir perdón en público?

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