Una de espías

Un confidente anónimo, un político renovador, un banquero señalado, una supuesta trama de corrupción, un chantaje, un sobre con documentos, una cita con nocturnidad, Guardias Civiles camuflados… Allí estaba todo, todos los ingredientes para poder disfrutar de una de esas novelas negras, de esas historias de espías y detectives de las que uno es tan aficionado. Todo, salvo un detalle, que no era ficción.

Muchos hoy aun nos frotamos los ojos ante el novelesco caso del, ya ex-diputado, Santiago Cervera, a quien, como bien dicta el refrán, la curiosidad mató el gato. Tiempo habrá de conocer si es culpable o no, si todo fue fruto de una imprudencia o hay más cera que la que arde, pero, por ahora, a primera vista, ya tiene algo de insólita la historia: el político navarro ha dimitido de su acta en el Congreso y de su militancia en su partido por motu propio. Poco acostumbrados estamos a estos gestos.

Pero, ética política aparte, dudo mucho que el guión de esta novela llegara muy lejos. Se intuye que hay mucho pardillo suelto. Mucho chapucero. Un mafioso en condiciones nunca se arriesgaría a mancharse las manos, para algo el hombre creó a los sicarios y testaferros. Un político corrupto, de esos que saben lo que se hacen, no acudiría a cara descubierta a recoger un paquete tras un chivatazo.

No es de extrañar que hoy la frase más repetida sea: ¿A quién se le ocurre…?

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