Traidores

Hablemos claro. Actualmente, el mundo se divide en tres tipos de personas: los adictos a Homeland, los que aun no han visto la serie y los que no saben de qué narices estamos hablando. Los últimos no tienen remedio. Fuera con ellos. Pero el segundo un grupo aun tiene salvación. De hecho, muchos ya nos miran con recelo al grupo número uno. Mientras pierden el tiempo con otras, curiosos, se preguntan cuál es la causa de nuestro exagerado estado de nervios, qué tiene la historia del marine secuestrado en Irak durante 10 años.

Traición. Es la palabra que define la serie. Todos son traidores. A la patria, familia, trabajo, amistad, a sí mismos. Todos engañan. Todos mienten. Y todos tienen sus motivos. Por eso nos atrae Homeland, porque refleja la condición humana, la repulsión que nos provoca ser traicionados y el vértigo que nos supuso traicionar. En este caso, en grado superlativo: Estados Unidos, síndrome post 11S, soldados, CIA, árabes, posibles atentados, topos, alteraciones piscológicas… Un cóctel explosivo. Nunca una ficción tuvo tantos grises con un guión calculado tan milimétricamente que en vez de dosificar la tensión, la inyecta en dosis altas.

Pese a que, llegados a la mitad de la segunda temporada, siguen sin soltar el acelerador, parece difícil pensar que la serie tendrá un arco argumental mayor de tres sesiones. Alargar una historia tan magnifica y llena de suspense sería arruinarla. Sería una traición al espectador.

Y como ya hemos comprobado, la traición se paga, tiene un precio.

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