Campanadas de medianoche

Seguro que las escucharon anoche. Eran las 00:40 en mi reloj cuando, de repente, empezaron a voltearse las campanas de la parroquia de Monte-Sión. Algo grave debía ocurrir. El estruendo era mayúsculo. Tal vez un incendio, tal vez un ataque pirata, tal vez el retorno del rey. En la quietud de la noche, el sonido de estas inesperadas campanadas de medianoche debieron recorrer la ciudad. En tiempos antiguos, la campana era el smartphone de los ciudadanos. Así se les avisaba de las alegrías, penas y peligros.

¡Peligros! Presto, salté de la cama y me asomé a la ventana desde la que puedo contemplar la figura del campanario. Nada extraño se percibía. Escruté el horizonte sin éxito mientras mi expansiva imaginación ya visualizaba la escena, cual Los Pilares de la Tierra, con los monjes recorriendo raudos los pasillos y, el más joven, tañendo la campana. A las puertas del Convent, vecinos portando cubos llenos de agua o con armas en la mano. El pueblo unido jamás será vencido.

De repente, empezó a llover. Fuera lo que fuera, la lluvia se lo llevaría. O, si no, al menos, mojaría mis delirios, porque, posiblemente, todo se debería a algún tipo de fallo en la maquinaria.

De hecho, a los pocos minutos, se detuvo el volteo de campanas.

Mi imaginación también.

Siempre hay una explicación más lógica.

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