Hasta quedarte afónico

Podría contar mi vida con canciones. Sólo con la música que sonaba de fondo. Tarareando únicamente su banda sonora.

Crecer con las canciones de los payasos de la tele, con los éxitos de Barrio Sésamo, todos, en versión casera. Mi primer cassette, inconsciente, un recopilatorio, sólo por que allí estaba “La Bamba”. Mecano, con reverberación, desde lo más hondo de casa de mi vecina. Las canciones de los campamentos, con sus guitarras, aunque no supiéramos quién era el autor. Mi primera compra en Andorra, ahora sí, consciente, porque Roxette era lo más. Pìllar, a escondidas el “Monster” de U2 porque “What’s the frequency, Kenneth” era y es brutal. Pensar que ser un Celtas Cortos era lo más grande del mundo. Crecer pensando que los Beatles eran pop cuando eran rock. Haber escuchado, fascinado, inútilmente, miles de veces “Achtung Baby” sin entender nada. Los Rodríguez, cuando vivimos eso de ser pascueros. Creer que a nadie le gustaba Blur hasta que lo compartiste en un autobús camino a los Alpes. Escuchar Quique González, sólo, en pareja o en grupo. Ayudar a cumplir el sueño de ver a Oasis en directo. Dejar que nos susurrara Iván Ferreiro, Deluxe y Fran Nixon. No poder compartir a Wilco con nadie. No digerir bien Love of Lesbian hasta que entendiste que ser adulto significa que todo no sale perfecto.

Y seguir cantando. Y seguir viviendo.

Hasta quedarte afónico.

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