Copistas

Qué cosas. Hasta que en 1450 al señor Gutenberg no le dio por inventar la imprenta, la única manera posible de fabricar copias de un libro era, cojan aire y respiren hondo, a mano. Se pueden imaginar qué paliza. La mayoría de estos copistas, como no, residían en conventos y se cuenta que podían llegar a tardar 10 años en las obras más elaboradas. Para hacer la faena más llevadera, pues claro, los monjes rezaban. Y ya podían orar, porque, ay amigos, no era requisito indispensable para ser copista saber leer o escribir. Que va. En esos casos, analfabetos es el término, simplemente, copiaban lo que tenían ante sus morros imitando la forma de esos signos tan raros que nosotros llamamos letras. Este no-requisito se hacía incluso valioso cuando el encargo de texto a copiar era un libro-prohibido. ¿Qué cuáles eran esos? Lo normal de la época, que hablasen de medicina interna,, de filosofía pagana o, ay, ay, ay, de sexo.

Y, así, hemos seguido hasta nuestros días. Copiando. Porque sí, seguimos copiando descaradamente. Empezamos de pequeños imitando sonidos y gestos, pasamos la adolescencia copiando los exámenes y el peinado del playboy de moda, hasta llegar a mayores, siguiendo a ciegas cualquier convención social o supuesta fórmula de éxito. Ya no se lleva ser diferente, especial. Somos monos repetidores. Ya lo canta Iván Ferreiro, al final, no sabremos quién es quién.

Mírenme a mi, por ejemplo. Todos los días hago abdominales y me baño en rayos para parecerme a los chicos de Jersey Shore.

Lo sé. Copio a los más grandes.

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