Disimulo

No me gustan los agostos. No es ninguna novedad. Para muchos es el mes de la liberación, del descanso. La desconexión. Para mi es el de la inactividad. Y la vida, sin movimiento, me sabe aburrida. Por eso, disimulo y, sobre todo, me autoengaño. Leo mucho, duermo convenientemente, como bien, veo series y hablo sin parar. Hasta me he convertido en un playero más que respetable. Disimulo puro. Es una pose mientras espero que llegue septiembre, que vuelvan las escenas de acción. A agosto le falta actividad y, a falta de encontrar un equilibrio entre el exceso y lo escaso, prefiero pasarme que quedarme corto.

La sensación de desarraigo estival se puede agravar si se une al síndrome de maleta inquieta. Ir de aquí para allá. No pasar más de dos días seguidos en ningún sitio. Y sin viajar. Como es costumbre, no se pueden hacer planes para el día siguiente. Todo puede saltar por los aires.

Y ustedes dirán que he pasado un mal mes. Que va. Lo he pasado teta. Mejor que otros años o, bueno, diferente, diría. La parrafada anterior es una pose encima de la otra. Me gusta quejarme de vicio.

Hacerme la víctima, que vende más.

Disimulo puro.

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