Costumbrista

Parece ser que el artículo de ayer gusto. Un “Olé!” y un “Qué bueno!” lo acreditan.

Hace un rato le pregunté a Mi Santa qué le había parecido el texto (más que nada para subirme el ego) y, tras un romántico “pues no lo leí”, le ha echado un vistazo que ha finalizado con otro romántico “sí, está bien, ya sabes, costumbrista”.

Costumbrista. Manda huevos la etiqueta. Suena a decimonónico, vestusto y antiguo. A batín y a zapatillas de andar por casa, cuando mi pretensión siempre ha sido estar en un punto intermedio entre la alta literatura y el periodismo, que suene a actual pero, a la vez, literario.

Costumbrista… No es la primera vez que me ponen esa pegatina y… y… mire usted… pues sí. Soy un hombre de costumbres. De ir todos los domingos por la mañana al mismo bar, de almorzar un bocata concreto cada día concreto de la semana, del mismo horno para el pan, de escuchar la misma emisora de radio, de los mismos grupos aunque toquen mal, de los curasanes de chocolate del sábado, del agua fría para beber todo el año, de la cerveza del chiringuito, del helado en Festes, de la taza de Mortadelo para trabajar, del lado izquierdo de la cama, de revisar siempre si se cerró bien la puerta del coche, de no limpiarme las gafas, de las mismas horas para ir a “leer la revista”…

Porque, costumbrista significa eso, no?

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