
Se ha estropeado la tele de casa. Ay, dolor, dolor. No reacciona de ninguna de las maneras. Le hemos hecho de todo, sólo ha faltado el boca a boca. Pero nada. Que no reacciona. Que ha morío. Ay pena, penita, pena. Esa peaso de Philips que nos ha acompañado en casa como desde las Olimpiadas de Barcelona. Era una más de la familia. No era el culmen de la tecnología y ocupaba bastante, pero se veían bien los canales y no se estropeaba. Qué lastimica…
Mientras superamos el preceptivo duelo, claro, nos hemos quedado sin tele en casa. Ay dolor, dolor. Vagamos por el pasillo meditabundos, mirando al vacío, atontaos, sin reaccionar, sin decidirnos a buscarle sustituta. Es muy duro decir adiós y dejar pasar a una desconocida. Hay un par de teles pequeñas más por casa para salir del paso, pero no es lo mismo. Preferimos momentanemente, por respeto, seguir en la edad de piedra sin rayos catódicos (bueno, mi padre no, él se apaña con una amarilla de propaganda para ver la Alqueria, el futbol o las pelis).
Hoy o mañana deberemos dar el paso. Comprar una nueva y deshacernos de la antigua. Ay dolor, dolor. Y claro, en mi casa somos muy tradicionales. Una televisión, como antaño, es una compra fuerte. Deben ir padre y madre. Sin hijos. No me han invitado a participar en el momento del cúal, cómo, dónde y cuándo de la compra.
Serán…
CANCIÓN PARA ESCUCHAR: Alta fidelidad (Lori Meyers – Cronolanea)

2 respuestas a “Ay dolor, dolor”
Impresionante, eres el mejor. No hay nadie que haga reir con algo tan simple, pero a la vez tan importante para una familia del siglo XXI,
A mi no em fa gràcia, vale… en casa ho estem passant molt mal… snif… snif…