Las piezzas del puzzle

Cada verano el ritual se repite: inicio un puzzle que marcará el devenir de los días estivales. No me pregunten el por qué. No lo sé. Es una afición tardía que no brotó hasta hace pocos años a modo de reto entre padre e hijo por un ejemplar que teníamos olvidado en lo alto de un armario. Sorprendentemente, las piezas del puzzle servían para apaciguar la fiera que hay en mí. Me relajaba. Me evadía. Así que, cada agosto, me subo a la buardilla, abro bien el ventanal, respiro hondo y me sumergo en uno nuevo que me haga olvidar al resto del mundo.

Pieza a pieza y día a día van cayendo. Y el mes pasa. Y agosto se escapa. El ritual tiene su fin cuando la última pieza encuentra su sitio. Emoción. Tristeza. Uno menos por hacer. Se acabó el verano. Ya no hay puzzle. Ni piezas. Vuelvo a despertar. La realidad viene a mí. La montaña empieza a serme incómoda. Allá arriba todo pierde sentido. Quiero regresar.

No hay piezas que colocar.

CANCIÓN PARA ESCUCHAR: Lo de ser bohemio (Señor Mostaza – Mundo interior)

4 respuestas a “Las piezzas del puzzle”

  1. Por curiosidad ¿¿que haces luego con los puzzles montados?? Yo tuve una temporada que también hacía, pero luego no sabía que hacer con ellos y acababa desmontándolos y otra vez a la caja, con todo mi pesar… decidí dejarlo… me daba demasiada pena desmontarlos

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