El remedio

Veinte años teníamos. Regresábamos en un autobús de línea tras comprar una gaita en un Corte Inglés a las afueras de Santiago. En aquella época éramos muy propensos a la tontería. Días antes le dimos la mano al futuro Felipe VI. También nos escapamos para recorrer la mítica ruta de bares París-Dakar. Habíamos finalizado el Camino Portugués y nos sobraban fuerzas.

Ocurrió en una de las etapas intermedias. No recuerdo exactamente dónde. Igual fue Caldas, Redondela que Padrón. Junto al albergue discurría un río seco. Debían estar las chicas cerca porque salté tras un pato. Tras varios intentos y caídas no cacé nada. Miento. Sí pillé una urticaria enorme en las piernas. No conseguí impresionar a nadie.

Me rascaba derrotado mis rojeces cuando se me acercó un niño. Había contemplado mi torpe espectáculo. Al lado del mal siempre está el remedio, me dijo con su acento gallego.  No entendí a qué se refería. Bajó al riachuelo y arrancó unos hierbajos junto a unas ortigas. Me los froté. Noté alivio al instante. Me curó. Él se llevó el aplauso que yo no merecí.

Al lado del mal siempre está el remedio. Ojalá fuera tan fácil hallar la dichosa vacuna. Por ahora, el único remedio que tenemos somos nosotros mismos.

Y parece que no nos hemos dado cuenta.

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