Haters

Todos necesitamos a alguien que nos mantenga los pies en el suelo. Hasta Brad Pitt. Un día, hablando por teléfono con sus abuelos, le contaron que habían visto su película. “¿Cuál de todas?”, les preguntó. “¿Betty, cómo se llama la película que no me gustó?”, escuchó al otro lado.
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Yo para eso tengo a mi Santa. El otro día, creyéndome ya un literato consolidado, le comentaba que mis últimas publicaciones estaban gustando bastante. “Nadie lee los textos, sólo miran las fotos”, me soltó. Mis amigos son mis haters, que decía aquel. Y ella que no. Que sólo es la crítica más exigente. Como la Pedroche con Dabid Muñoz.
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Que no me dijo también que últimamente uso demasiado nuestras intimidades. Ella, que durante el confinamiento me hizo salir en un videoclip y me metió de público virtual en un programa de televisión. La misma que me sugirió que contara cómo me partí la muñeca subido a un árbol vestido de troglodita.
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La vergüenza ajena vende. Ayer nos pasamos media tarde grabando TikToks a mis sobrinos. Yo creo que esta moda ya no me pilla. Lo de bailar es para otros. Prefiero juntar palabras. Mantengo hasta mi blog activo. Aunque nunca sepa exactamente por qué. Qué necesidad hay en ello.
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Por qué escribir. Santiago Lorenzo, cuando le preguntan, siempre hace suya la respuesta de una yonki en Callejeros cuando la reportera quiso saber por qué se pinchaba.
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“No sé, por hacer algo”.

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