Juego de niños

Supongo que ya habrán oído la historia de Alejandro, el niño de cinco años que se interpuso entre su entrenador y el árbitro para atajar una acalorada y vergonzante discusión en medio de un partido de prebenjamines. Una imagen que ha dado la vuelta al mundo y que, en este final de temporada, nos ha recordado que el fútbol, en el fondo, es un juego de niños.

Todos, de niños, hemos soñado con marcar ese gol imposible. Y, algunos, de mayores, han conseguido anotarlo. Por eso, los pequeños siempre imitan a los profesionales. Para mal y para bien. Igual que existen los piscinazos o simulaciones en las categorías inferiores también hay quien emula el culebreo de Messi o los goles imposibles de Ibrahimovic de la misma manera que nosotros en el patio del colegio practicábamos la cola de vaca de Romario, el taconazo de Redondo o la acrobacia de Mendieta en la final de Copa del 99.

El fútbol es magia, es diversión, es un juego de niños. Por eso muchos no olvidarán el penalty a lo Panenka de Pirlo en la Euro’12 pero no recordarán el insulso triunfo de Grecia en 2004.  Por eso, esta noche, cuando Chelsea y Benfica salgan al terreno de juego del Amsterdam Arena muchos miraremos si Aimar está en la alineación lusa.

Y soñaremos con revivir sus gambeteos, sus arrancadas y, por qué no, aquel gol en Tenerife que supuso media Liga de 2002.

Yo, cuando nadie me ve, aun intento imitar ese disparo cruzado de 30 metros.

Pero no me sale. Mecachis.

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