Palabras

A todos nos ha pasado. De repente, abres los ojos y te descubres descubriendo una verdad verdadera, cierta ciertísima, de tu vida. Lo tienes tan claro que te sorprende que no la hubieras asumido antes.

A mi me pasó, una de esas, no hace mucho. Una de las (pocas) cosas que me daban rabia en NYC era no poder escribir. Sí. Escribir. Ese torrente de imágenes y de sensaciones que veníamos arrastrando necesitaban salir por algún lado y yo no tenía teclado por el que desembocar. Descubrí que las palabras escritas, si ya no, me iban a acompañar el resto de mi vida.

Todas las noches me veía pensando qué hubiera dicho, qué hubiera contado. Mil historias me venían a la cabeza. Artículos redondos, novelas perfectas, crónicas precisas. Palabras que se quedaron allí, en un séptimo piso de la 45th entre Times Square y la Sexta. Eché de menos no haberme llevado el portátil. El twitter robado era insuficiente para mi.

Ahora me ocurre semblante. Temporalmente. Lo que nos cuente normalizar todo. Poder sentarme y escribir.

Darle forma a las palabras.

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