Nosotros sólo pasábamos por allí

Nosotros no lo sabíamos. Habíamos ido hasta allí para hacer unas preguntillas de ná. Sí, sonó el teléfono. Ring, ring. Dígame. Mmmm, vale, correcto, ahora voy. No parecía importante. Algo de un colchón quemado. Al menos, la entrevista continuó. Y, nosotros, seguimos haciéndole preguntas. Los tres tan agustito. Que si los voluntarios. Que si los módulos. Que si los inhibidores. Si sabía lo de las postales de los niños. Nos había costado meses de gestiones llegar hasta allí. La cárcel. Picassent. El despacho del director. Es una pequeña revista parroquial. Y allí estábamos. El morbo fue menos de lo pensado. Ni Celda 211. Ni Prison Break. Ni olimos los presos. Mucha reja, mucho subir y bajar. Pero nada. Mucha seguridad pero poca emoción. Casi que mejor, oigan. Treinta minutos después, acabamos. Majo él, hasta se dejo hacer una foto. Encantados. Un placer. Voy a ver que ha pasado con lo del colchón quemado. Adiosito.

Y, al día siguiente, nos enteramos por la prensa (¡Si nosotros somos la prensa!) que fue algo más que un colchón quemado: hubo que evacuar y aislar un módulo entero, no funcionaron bien las medidas de extinción pero la pericia de los funcionarios lo arregló todo, los bomberos llegaron tarde y hay quejas de los sindicatos por los pocos recursos.

Les prometo que nosotros sólo pasábamos por allí.

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