Una primera respuesta

Si digo que los ánimos están bajos, no descubro nada. Menuda putada. Sin comerlo ni beberlo nos vemos metidos en una de esas curvas que tiene la economía. Directa o indirectamente te toca. Con culpa o menos culpa te pilla. Y lo peor, sin saber exactamente si estamos al principio, a mitad o al final de la historia. Eso sí, de aquí muchos años, podremos contar aquello de “aun recuerdo lo mal que lo pasamos cuando la crisis”.

Lo dicho, así estamos todos, de mala leche. Qué he hecho yo para merecer esto. Decía el otro día Iñaki en Buenafuente que estamos en medio de un cambio e, impepinablemente, genera zozobra. Dime tú, tras muchos años de bonanza donde todo era jogo bonito, ahora nos toca aprender que el éxito no es fácil y que hay que saber vivir con lo justo. Pues vaya, menuda gracia. O menuda risa. Porque los que han sido siempre pobres se deben estar partiendo el pecho con nuestras lamentaciones.

¿Y qué hacer si nadie da soluciones fiables?

Venga, yo me animo. Daré una primera respuesta: apretar los dientes, no desanimarse y currárselo. Hagamos de la perseverancia y el esfuerzo un valor fiable. Lamentándonos no le daremos la vuelta a la tortilla. Busquemos nuevas vías, nuevos caminos, nuevas esperanzas. Demos pasos hacia adelante, más grandes o pequeños pero adelante.

Sé que es fácil, bonito e, incluso, ingenuo escribir esto. Pero no nos engañemos, más fácil y estúpido es pensar que los problemas se arreglan solos.

A por ellos.

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